La Educación Sentimental

Ni la municipalización de las escuelas y liceos en la Dictadura ni el discurso de igualdad de veinte años de Concertación, han logrado hacer mella a la brecha entre los colegios públicos y privados del país.

La noticia acaba de ser portada en los medios nacionales. El Instituto Nacional (IN), un colegio público donde nadie paga lo que no tiene, vuelve a ser el primero en la lista de los mejores colegios del país según los resultados de la última PSU. La noble ironía de esa noticia, al menos para mí, un ex alumno de ese colegio laico, se explica tras leer el ránking con lo diez colegios que acumularon la mayor cantidad de puntajes nacionales: desde el segundo al décimo lugar la partida la ganan las escuelas privadas, en su mayoría bilingües, donde los padres apuestan su peso en oro para que el futuro de sus hijos redima con creces el estipendio invertido.

Que nadie explique lo inexplicable, por favor. El IN es la excepción de una regla llamada educación pública cuya única seguridad la encarnan las protestas anuales de los docentes y pingüinos que no quieren perder la práctica de una catarsis fraternal. No basta con replicar diez o veinte IN como lo anuncia Sebastián Piñera por las emisoras,  ni con las promesas insulsas de Eduardo Frei con el sino de un cambio que él sabe que no representa.

Hoy temprano, sentado en el colectivo rumbo al trabajo, nos entregábamos con el chofer al balido de Mario Waissbluth, representante de Educación 2020, quien criticaba mediante la radio la vergüenza que sentía de nuestro sistema educacional. Las cifras lo apoyaban. En 2008 los estudiantes de los colegios públicos de la Pintana contestaron 0 preguntas en la PSU, los públicos de Chile 12, los subvencionados el doble y los privados el doble más. Realidad que a todas luces volverá a repetirse cuando el Demre entregue el detalle por comunas, ya que a grandes rasgos, la brecha educacional medida por la PSU se mantuvo invariable de acuerdo a los primeros cálculos.

De las promesas de una reforma, lo único que la LGE ha cambiado es el modo de postulación a los colegios subvencionados, prohibiendo todo tipo de discriminación, según Waissbluth, y sería.

¿Qué anda mal? ¿Los profesores o el instrumento? ¿El sistema o la autoridad?

Doscientos años no han bastado para aprehender la réplica de Rousseau al sistema educacional francés, tan lleno de prejuicios e inequidades en ese tiempo ruidoso, a través de su Emilio o De la educación. En el prólogo de esa obra, Mauro Armiño anota que  el filósofo quedó convencido tras un viaje a Venecia de que “todo atañía radicalmente a la política, y de que el hombre del Contrato social resultaba impensable sin una labor educadora por parte del Gobierno que apuntase a un tiempo a la colectividad y al individuo”.

Ha sido irrisorio el empeño histérico del Gobierno de Bachelet por hacer de nuestro país un miembro de la OCDE. Fragua vanidosa e innecesaria el deseo de transformar a Chile en un país desarrollado tan sólo en el papel, cuando la urgencia de las necesidades básicas como ésta de la educación nos muestra la imagen no de un jaguar, sino la de un grifo con cara de tigre y una cola de ratón.

La historia y el sentido común proclaman el apremio de un cambio sustancial. Lo que la Dictadura no logró con la municipalización de los colegios ni los 20 años de aspirinas de la Concertación y su igualdad, dejan un magro margen de esperanza, por no decir fe, para el nuevo gobierno que se avecina.

Haría bien escuchar a los mayores y leer unas cuantas líneas de un clásico como Rousseau:

“La edad pacífica de inteligencia es tan corta, pasa tan rápidamente, tiene tantos otros usos necesarios  que es locura querer que baste para hacer sabio a un niño. No se trata de enseñarle las ciencias, sino de darle el gusto de amarlas y unos métodos para aprenderlas cuando ese gusto esté mejor desarrollado. Ése es, a todas luces, un principio fundamental de toda buena educación”.

Carlos Oliva

Periodista UC

Marcando la Diferencia

Aquí estamos otra vez, las novedades abundan aún cuando puedan ser leídas de formas muy diversas. Ha pasado un año entero donde Chile, sin lugar a dudas, dio muestras de haber cambiado en muchos sentidos, aún cuando faltó un trecho para superar las inercias de tan larga data. Luego de la elección del pasado domingo llega la hora de reflexionar sobre los siguientes pasos del proceso electoral, cuyo ingrediente principal será poder interpretar qué significó el 20% que a pesar de los vapuleos y las descalificaciones marcó por un país posible, más grande y más justo.

El domingo pasado, luego de un día arduo, me senté en un sofá a pensar por un rato en aquello que estaba ocurriendo a un par de pasos. Ya con el segundo cómputo del Ministerio del Interior se terminaba de sellar la suerte de la candidatura por la que durante un buen rato estuve agitando banderas, sin embargo, algo se gestaba en ese salón que nada tenía que ver con el ánimo que una derrota presupondría. El centenar de personas que expectantes se agolpaban para escuchar las palabras de Marco, para mi sin lugar muy buenas personas, se dispusieron luego del shock a rescatar la épica que durante los últimos meses los había unido, recordando los abusos que los habían unido finalmente en semejante arranque de deseo creativo.

Marco realizó un giro lleno de contradicciones para develar las contradicciones que vician a nuestro modelo político. Su candidatura fue muy efectiva en disolver al disciplinado votante de la Concertación que se denomina a si mismo experto en política, puesto que es capaz de declamar sin repetir ni equivocarse el discurso oficialista. Ese “ciudadano-progresista-moralmente-superior-de-centro-izquierda ” que hace propios los miedos y las tesis que les sean propuestas por sus sabios mayores; ese sector de la ciudadanía que defiende a ultranza la democracia pero que hace de este un concepto cargado y asimétrico, desgastando su valor y encargándose de humillar a quienes quieran entrar al juego; ese personaje que si le dicen que es un inmaduro inconsciente e ignorante, asiente sin chistar con la cabeza y luego comenta que los Chilenos no pueden elegir a sus autoridades regionales porque según la voz divina de los partidos no están preparados; ese sujeto que perdona todas las atrocidades de sus representantes porque finalmente las ansias de poder son más fuertes que las convicciones morales o las garantías éticas.

La jibarización de ese monstruo café con negro es una de las mejores noticias de esta elección, puesto que abre las puertas para el replanteamiento de las posiciones de un sector al que las ideas se le están secando, obligándolo a tener que bajar las revoluciones con su pedantería. De pronto la Concertación se ha visto enfrentada a uno de sus miedo mayores, puesto que el ritmo de la política dejó de estar bajo su control, moviéndose el eje a que paradójicamente quienes ellos pretenden representar les estén gritando en la cara cómo los deben representar mientras ellos siguen resistiendo, rogándoles ser sus representantes con un programa que no los represente.

El gran error que aceleró el proceso que terminó en el fracaso electoral de la Concertación en la última elección, fue la imposición mediante burdas maquinaciones de un candidato conservador que representaba lo totalmente opuesto al proceso que se venía desarrollando con anterioridad. Quisieron legitimar una negociación a puertas cerrada, pero finalmente sólo terminaron firmando su ruta al fracaso.

Hoy se abre la posibilidad de que las cúpulas de la Concertación abran las ventanas de su rancio cuartel, de que tengan la habilidad de capitalizar el llamado de atención que ese 20% significa, en términos de la dirección que un amplio sector demanda para la política. Una dirección que no causa daño a nadie más que a los poderosos, y un daño que ni siquiera es una brutalidad mal pensada, sino que tan sólo una apelación a la justicia. Marco llamó a hacer una serie de reformas que podrían cambiarle la cara a Chile, especialmente una reforma tributaria que permitiera diseñar planes más consistentes de desarrollo social de modo sustentable y una reforma política que facilitara el acceso de la mayor cantidad de actores posibles, reforma a la que la Concertación teme y rehuye reiteradamente. Muy probablemente por sus convicciones bañadas en testosterona la Concertación no asumirá estas demandas quedándose en un puro juego de imágenes, simbolismos y efectos que le llevarán directo a la derrota. Frei señaló reiteradamente que el no se arrepiente de nada, hoy su campaña vuelve a dar muestras de la misma posición, muy probablemente la posición que le llevará al fracaso en un par de semanas.

Es muy inusual que en mis escritos me refiera a la Derecha, pero como nota aclaratoria debo señalar que me gusta escribir hacia donde pueda tener eco y siento que con las derechas de hoy es poco lo que se puede lograr en ese sentido. La Derecha en Chile es un mundo aparte con el que poco es posible conversar, aunque no puedo ocultar la tremenda impresión que me deja el constatar que incluso ese sector está más dispuesto a cambiar y escuchar que la misma Concertación. Si hoy la Derecha tiene a la Concertación con una llave firme y boca abajo, es claramente por los errores no forzados de esta última. Muchas veces se sugirió que Marco le hacía el juego a la Derecha o que sus adherentes eran unos traidores que le darían el triunfo a Piñera, pero lo que queda de la ola es que si hay motivos para la condición patológica de la Concertación, ellos deben ser localizados al interior del monstruo y su incompetencia.

Con Marco muchas cosas cambiaron, aunque probablemente ni la mitad de ellas se deban a la persona, un tipo con miles de defectos que afortunadamente fue capaz de reconocerlos abiertamente y estuvo dispuesto a trabajar por superarlos. El nuevo lenguaje que adoptaron incluso los políticos de las derechas tiene mucho que ver con lo que Marco le mostró a los políticos de ayer, los pasos temblorosos que los candidatos dan hoy para tratar de captar los votos que les faltan tienen mucho que ver con que ellos siguen siendo los mismos pero el terreno ha cambiado brutalmente.

Más allá de la consolidación del nuevo referente que se está gestando a partir de las ansias y esfuerzos de miles de personas, gran parte del trabajo ya está hecho. Chile cambió y mientras tanto muchos otros cambios se tendrán que forzadamente seguir dando para que podamos recuperar el gustito graciosos del vivir juntos. Mientras tanto en el corto plazo queda aguardar por el candidato que sea capaz de desatar su osadía y levantar lo que Marco les sirvió en bandeja, haciendo propio un programa beneficioso que denuncia con fuerza la injusticia y le opone los medios para construir un Chile justo. Un candidato que se haga cargo de lo que está ocurriendo en Copenhague, mostrando una mirada de grandes ligas y no una mera sumisión pastoral. Un candidato que se atreva a gritar Patagonia Sin Represas porque tiene una política energética de futuro y la convicción de que podemos ser todos juntos un país de excelencia.

Leonardo Valenzuela

Sociólogo UC

Nosotras las Otras

En Chile las mujeres somos discriminadas. Es un hecho, es un fact, como les gusta decir a los gringos, aunque del que a nadie le gusta hablar mucho muy en serio ni por mucho rato (ni si quiera a nosotras mismas). No me interesa aquí, en este artículo, la denuncia ni la crítica rabiosa. Como dice un amigo, es probablemente un tema estructural. Sin embargo, hace un buen rato que no dejo de preguntarme, ¿cambia eso en algo las cosas? ¿nos sirve de algo? ¿hace alguna diferencia? La verdad pienso que a estas alturas de la historia (no dejo de pensar en mi gurú –y no me avergüenzo de confesarlo- Isabel Allende, escribiendo sobre los famosos y eternos trogloditas en los años 1960s) no las cambia y tampoco las justifica mucho.

Lo peor del síndrome del Club de Toby es que es mujer-observadora-inteligente y crítica excluyente. Algo así como: mientras más patente la amenaza, más potente la exclusión. Y opera, reconozcámoslo, incluso en los más selectos y educados recodos de nuestra sociedad. Sin embargo, es aún peor cuando los dirigentes de tan magno club son verdaderos trogloditas, intuyen el peligro y cierran aún más el círculo. Prácticamente no te ven (es curioso eso sí y tengo que decirlo, por lo general no son malas personas). Ellos no se ven, están demasiado acostumbrados a estar entre ellos. De hecho, han sido los medios de comunicación los que han tenido (será por las cámaras) que mostrarles lo mal que se ven esas fotos y puntos de prensa llenos de pelos, ternos, corbatas, guatas (lamentable síndrome del hombre chileno) y demases. Seamos sinceras, no la llevan, al menos en el discurso.

Mi padre, germano, me lo dijo hace tiempo: en Chile, el rol de la mujer, incluso el de la profesional más top, será siempre el ser la secretaria de. Es obvio. Él piensa, ella ejecuta. He ahí la trampa, el problema de fondo no es la diferencia. Si ella ejecuta mejor que él, qué problema habría en que él, por mientras, piense, planifique, etc. El problema es la sobrevaloración de una cosa por sobre la otra y la absurda separación de tareas. ¿De dónde sacan que la ejecución de un plan no requiere de la elaboración de un plan o idea previa?

Nosotras organizamos, sistematizamos y ejecutamos. ¿Qué valor se le da a eso? ¿En qué momento nos sientan a la mesa de las grandes decisiones? Tampoco hay, por lo general, muchos interesados en adentrarse realmente en serio en estos temas. Es complejo el asunto y es más fácil mirar el piso, evadir el problema o decir que justo en este momento no tenemos tiempo para preocuparnos de ellos, ya vendrá el momento. La otra y genial excusa es el tema de las confianzas y costumbres. Claro, es que es mi amigo de toda la vida, es que nos parecemos, es que sabemos trabajar juntos. Nosotras, las otras, mejor en otro cubículo, en otra área.

¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Cómo nosotras damos (si es que hay que darla) la pelea? Ahí va la pregunta fundamental de este artículo (y les tengo malas noticias, todavía no lo sé, en eso ando). VerDeseo está incompleto si no se hace cargo de temas como este, porque la sustentabilidad, la ecología política de la felicidad, no es posible en un mundo donde una mujer se puede sentir a ratos como una persona negra viviendo en un Apartheid (pensemos que somos ni más ni menos que más del 50% de la población). Y no piensen que exagero, si eres un poco observadora verás cómo sutilmente el círculo se cierra y ahí están ellos, de terno, saludándose y comentando, nosotras afuera mirando.

Ahora el mensaje un poco más político. Se vienen las elecciones y bueno, no puedo dejar el tema para otro artículo, será muy tarde. ¿Qué haré este 13 de diciembre? El 13 de diciembre, a pesar de que jamás me atrevería a decir que la candidatura por la que trabajé hasta hace tan poco no estaba llena de contradicciones, finalmente marcaré por mí y por todas nosotras. ¿Por qué? Porque ahí al menos la contradicción existe y existí yo por un tiempo. Es un promesa por cumplirse, pero una promesa al fin y al cabo. Y más genuina, como siempre he pensado que es Marco, porque no se desprende de la contradicción y el conflicto, sino que los enfrenta, con aciertos y desaciertos, pero los enfrenta al fin y al cabo.

Hablando de nosotras, las otras, hablando de nosotros, los otros y todos estos tantos distintos y diferentes creo que me queda sólo un lugar donde hacer la rayita el 13 de diciembre.

Colombina Schaeffer

Socióloga UC

Lo Común

Hoy por hoy nos hallamos en medio de todo el tráfago eleccionario: entrevistas con don Francisco, caravanas de candidatos triunfantes, franjas presidenciales, calles atestadas de palomas destruidas –además de los “cuidadores” de las mismas- y, cómo no, las siempre oraculares encuestas. Lo que más me llama la atención es que aun considerando todo el fulgor hay un tema que no parece salir usualmente a la luz en las discusiones. Creo que muchas veces se olvida (o se suprime) hasta qué punto las decisiones políticas conllevan una toma de posición respecto a qué es lo que queremos como sociedad. No sólo ante tal o cual materia, sino como forma de pensar(nos) en la cotidianeidad de lo que significa ser parte de algo que es superior a los intereses personales; aquello que nos es común y que, en tanto tal, nos moviliza y reúne ante ciertos ejes normativos.

En más de una vez he escuchado a personas, muchas veces mayores, que se ha perdido el “sentido común”. Independientemente de todas las consideraciones que aquello pueda conllevar, subrepticiamente sostengo que más allá del “sentido común” hemos perdido la orientación hacia “lo común”: aquello que finalmente no es mío ni tuyo, pero que en su particularidad permite reconocer la existencia de aquello que es diverso, ayudando con ello a la propia afirmación del “mí” y del “tú”. Pero esto finalmente no refiere (ni requiere) un nivel de abstracción tal. Se trata sencillamente de reconocer que el vivir en sociedad no es algo “natural” y que una de las formas mediante las que se articula es a través de ciertos principios normativos, que se pueden llegar a formular en sentencias que justamente buscan reunirnos en torno a aquellas orientaciones.

Observo cómo las ideas y discursos relativos a las elecciones exaltan la dimensión “personal” del voto. Una exaltación de que la mentada decisión es personal y que no puede ser imputada por orden de partido alguna. Evidentemente no puedo estar en desacuerdo con tales posturas, sin embargo, me parece que “se quedan cortas” en lo que refiere a las dimensiones e implicancias del participar del proceso eleccionario. No se trata aquí de la “fiesta de la democracia”, se trata, sencillamente, que debiéramos recordar que en momentos como estos no sólo elegimos aquello que creemos será mejor para nosotros mismos o para grupos de interés particulares. Decidimos en razón de ciertos conceptos más “profundos” -no por su densidad sino por lo poco visibles que aparecen- que sentencian con meridiana claridad cuál es el modo de “lo común” en el que queremos vivir, qué ideas son aquellas que buscan explicarse y, en último término, aquello que nos lleva a pensar que el vivir en sociedad se justifique –incluso en términos de los costos que esto comporta para quienes pagan impuestos.

Momentos como estos son un excelente “caldo de cultivo” para preguntarnos respecto a lo planteado más arriba. Recuperar la idea que vivimos juntos y que formamos parte de una sociedad en la que todos podemos aportar por un mejor pasar de todos –o por el contrario socavar aquellos principios- me parece que es algo fundamental a la luz de la coyuntura política. Más allá de los acuerdos de partido, las cuotas, los doblajes y los empates estadísticos están escondidas aquellas ideas que justifican el hecho que tomemos decisiones vinculantes, que nos “obliguen” ante tal o cual cuestión a actuar de modos determinados. No se trata, a estas alturas, de plantear una postura ingenua respecto a la política; no se postula, precisamente, la búsqueda de la felicidad en la polis. Sí se trata, por contraparte, de reconocer las implicancias de la política fuera del mero cálculo de la Real Politik, señalando que más allá de la administración del Estado y la defensa de los límites nacionales existe en la política un horizonte que nos permite hallar aquello que nos aglutina y que puede mostrarnos la valía de vivir juntos. Pudiendo justificar en último término, la existencia de una sociedad que aparece cada vez más diluida en medio de la exaltación de una individualidad -a la que ya bastante le cuesta sostenerse sin psicotrópicos por las noches.

Actualizar la pregunta por “lo común” comporta, igualmente, reconocer la existencia del otro, del extraño y del disímil con quienes pese a todas las diferencias nos integramos –sea a fines particulares y contingentes o a otros más estables. De este modo nos obligamos a repensar “la diferencia” y con ello potencialmente nuestro propio lugar dentro de la sociedad. Finalmente, creo, el poner estos temas sobre la mesa eleva la pregunta por la valía de nuestro aporte a la sociedad y la importancia de los demás para realizar nuestros propios fines –cuántas voluntades deben ser articuladas, por ejemplo, para poder disfrutar de los bienes a los que la sociedad nos permite acceder, lamentablemente no en igualdad de condiciones para el caso chileno.

Por todo lo anterior considero de suma importancia pensar sobre las elecciones sin reducirse al mero trazo sobre el voto: hay mucho más tras ello, independiente que no aparezca usualmente en las campañas, los debates o los “sesudos” análisis en los noticieros. Al final del día, cuando decidimos afirmamos que vivir juntos sigue valiendo la pena, aun cuando eso no sea portada en LUN.

 

Patricio Velasco

Sociólogo.

Política Verde: Los Desarrolladores del Desarrollo

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial el Desarrollo se convirtió en la solución unánime para todos los males del mundo. Sin embargo, a poco andar el mundo entendió que la Modernización si bien entregaba muchas soluciones también creaba males inéditos para el mundo. Esto dio lugar al nacimiento de los movimientos verdes alrededor del mundo, proceso del cual Chile no ha estado ajeno.

La imposición de un modelo de desarrollo que contribuye a la explotación de la naturaleza con el fin de obtener mayor “progreso”, contiene una serie de puntos ciegos que impide observar la crisis de la modernidad en la que nos sumergimos. Más aún, la inexistencia de una institucionalidad medioambiental consistente, sumado con una precarísima cultura de desarrollo sustentable, hace que estos puntos ciegos sean generalizados. Es que no se percibe la relevancia de ser parte y depender de un ecosistema que en varios aspectos se agota, se corrompe, se muere por la acción (ir)racional del supuesto sujeto maximizador (Homo Oeconomicus)  que termina por ser preso de sus propias acciones.

Según mi parecer, es por esta razón que aparecen los movimientos y organizaciones verdes, los cuales cumplen la función de llamar a la reflexión y la acción respecto a las condiciones de posibilidad del desarrollo, al menos como estaría ocurriendo en Chile. Como lo dijeron ya algunos académicos, “los movimientos sociales actúan como un espejo en el que se mira la sociedad y le hace consciente de sus problemas y limitaciones”.

Esta operación se articula en las organizaciones verdes mediante la construcción de una retórica, la cual actualmente se conoce como enfoque de la justicia ambiental. Esto es, un discurso que cumple la función de proporcionar elementos de reconocimiento, para que civiles adhieran a la causa que se persigue. Además, permite dramatizar las causas medioambientales y construir lo que algunos llamarían un debate cultural, en donde se encarna una lucha por la institucionalización de nuevos significados que no corresponden a los oficiales.

Las organizaciones verdes en un entorno más especializado tiende a intervenir mediante argumentos técnicos, los cuales muchas veces no son escuchados por ser contrarios a los intereses de los que tienen poder (entiéndase como Pascua Lama e HidroAysén por sólo mencionar un par). Frente a esta situación, no queda otra que entrar en el juego de los intereses, y defender las propias convicciones políticamente de modo explícito.

Espero que llegue el día en que los movimientos verdes ya no sean necesarios para cumplir esta función. Mientras tanto, estoy convencida que no se puede votar y elegir el mal menor, debemos hacernos cargo de una crisis que nosotros mismos hemos generado. En definitiva, debemos actuar y proponer, y en ese sentido, ser conscientes que la modernización no es sólo la clave del proceso de degradación del medioambiente, sino que también porta gran parte de los elementos útiles para darle solución, mediando una relectura. Nuevamente, la elección es un asunto de voluntad.

Ignacia Arteaga

Sociología UC