Los Medios como Religión


Los dibujos del hombre en la cueva,  allá en la Edad de Piedra, mostraban la ansiedad de éste por darle sentido a un ambiente hostil. Esa inquietud por expresar la interioridad, llamémosla artística o romántica, surgía ante el entorno ingobernable que este hombre primitivo enfrentaba a diario. Que estos dibujos hayan sido el hito que posteriormente dividiera las aguas de lo profano y lo sagrado, según la conocida distinción de Emile Durkheim, no fue casual. El sujeto primitivo fue trazando así los primeros símbolos con los cuales su grupo poco a poco se identificaría dando origen al ritual, el que aparece una vez que las conciencias del grupo se han fundido en una sola. Así, del ritual a la religión un paso, si se entiende a ésta como “una realidad eminentemente social”, según Durkheim en “Las formas elementales de la vida religiosa”.

En gran medida, el carácter comunitario del ritual nace desde esas representaciones que configuran una realidad para el sujeto y su entorno. Como conducta elemental de los grupos primarios, el rito constituye la materia decisiva que unirá las esferas privada y social del hombre. Si por un lado, el ritual otorga las bases para el establecimiento de una religión, por el otro, va trenzando las costumbres que conforman una tradición. En la práctica, toda religión es una tradición que conforma características propias de una sociedad, lo que necesariamente se traduce, en un orden moral cuyas reglas se justifican en un sistema de valores compartidos.

Cuando el presidente Franklin D. Roosvelt comienza a emitir mensajes radiales en la década del ‘30, con el fin de levantar la moral de su país, la familia americana comenzó a juntarse sagradamente en torno al aparato medial para oír al líder. En un mundo desencantado por la crisis bursátil, los medios de comunicación asumieron el papel de asidero simbólico sobre el que la comunidad satisfizo su desamparo ritual. Como órganos de información, los medios revivieron una de las características primordiales del mundo religioso que la modernidad había olvidado: dar continuidad a un pasado, pero ahora, con el fin de contextualizar un presente fugaz (la noticia). En este ámbito, la necesidad de un rito en torno al cual compartir una misma situación de vida llevó a considerar a estos medios masivos como íconos de la congregación social. Incluso se les elevó al rango de fiscalizadores de la democracia y prueba de ello fue la famosa Comisión Hutchins en los EE. UU., comisión que hizo patente el compromiso del periodismo con la sociedad.

Al investigar las causas que llevaron al fin de la modernidad,  Gianni Vattimo explica que ésta termina porque ya no podemos hablar de la historia como un proceso unitario, debido, principalmente, al surgimiento de los medios de comunicación que han sido la causa determinante de la disolución de los puntos de vistas centrales. Vattimo sugiere que los medios inocularon una multiplicidad de concepciones del mundo, las que llevaron a una fragmentación radical de la sociedad, al surgimiento de las sub-culturas.

Pero más que concepciones del mundo, podría agregarse que lo que estos medios ocasionaron fue la irrupción de un conglomerado de símbolos que el público fue adoptando de acuerdo a sus necesidades. Por ende, si la sociedad se fragmentó, ésta lo hizo por la gama de símbolos que ofertaron modelos de sacralizad.

Es probable que los símbolos de antaño que beneficiaron al ritual hayan desaparecido de la mente del hombre posmoderno. Sin embargo, le necesidad de una religión, o lo que es lo mismo, la necesidad de una tradición, impide al individuo, sea de la sociedad que sea, apartarse del ritual, y en síntesis, de la comunidad. Según Octavio Paz en “Los hijos del limo”, “tanto por ser un modelo continuamente imitado cuanto porque el rito periódicamente lo actualiza, el pasado defiende a la sociedad del cambio”.

 

Carlos Oliva

Periodista UC

Empresa y Desarrollo Sustentable

Hoy quiero presentarles una reflexión acerca de la posibilidad que tiene la empresa capitalista de definir una orientación ecológica en su identidad de organización. Al hablar de este tema, a menudo se piensa que el Desarrollo Sustentable se entendería en Chile como una suerte de concepto límite.

Desde la Teoría Crítica, el concepto límite es aquel que no encuentra una existencia positiva, que está más allá de la historia y de cualquier realización posible en el mismo sentido de una utopía. Así, un concepto como “mercado perfecto” o “sociedad sin clases” nos ayudan a entender lo que falta en la existencia positiva de las cosas. Si el Desarrollo Sustentable se entiende como un fin último objetivo siempre deseable, tendríamos que decir que la distancia entre el mundo real de la empresa y el ideal es siempre infinita.

Sin embargo, yo entiendo este concepto de otra forma; sostengo que es un concepto que puede servirnos para describir ciertos procesos y elementos que se dan en una empresa, puesto que el Desarrollo Sustentable no es un concepto límite, sino que un modo práctico de hacer las cosas, el cual presupone un comportamiento viable económicamente, equitativo socialmente y soportable ecológicamente.

Con el argumento anterior no estoy diciendo que todas las empresas tienen una orientación ecológica, ni si quiera que a todas se les pase por la cabeza algún día tenerla; al contrario, sostengo con bastante certeza que Chile recién está comenzando a preocuparse por el tema.

Sin embargo, a raíz de una investigación que estoy realizando para un curso de la Universidad, me propongo mostrarles algunos elementos del Desarrollo Sustentable que sí se han incorporado en algunas empresas y que es posible observarlas tanto en la cultura de una organización (en los supuestos que tiene) como en su clima organizacional; estos son la seguridad y la innovación.

Una cultura organizacional sustentable significa para las empresas de negocios la adopción de estrategias de negocios y un código ético corporativo (Payne et al; 2001) que atienda las necesidades de la empresa y de sus incumbentes (stakeholders) actuales, mientras que se protegen, sostienen y mejoran los recursos humanos y naturales que serán necesarios en el futuro (Steurer, 2005). Por otro lado, el clima organizacional de facetas específicas se comprende como un aspecto específico del ambiente organizacional que puede influir tanto en los miembros de la organización como en sus resultados (Kuenzi, 2009).

De esta manera, sería posible observar en una organización un clima de seguridad en tanto se cumplan dos requisitos. Por un lado, que los individuos tuvieran comportamientos certeros y no temerarios; y por otro lado, que se obtuviera una minimización de la frecuencia de accidentes ocasionados por errores técnicos y humanos (Clarke, 2000).

Por su parte, y en una relación bastante estrecha con el tópico anterior, la observación de un clima de innovación en la organización sería posible mediante la posesión de una capacidad de absorción de información que se explotara en la empresa, ya sea por medio del aprovechamiento de oportunidades tecnológicas externas, como también por medio de la apropiación de conocimiento externo; todo esto con el fin de maximizar los procesos técnicos de la organización (Cohen et al, 1990).

En el mismo sentido, la innovación y la seguridad también es posible observarla en la cultura organizacional de una empresa, y de manera más específica, en su dimensión de cultura sustentable. Así, una organización con capacidad de absorción de innovación, puede incluir el tópico en cuestión como un supuesto que se contenga en la manera de ser de la organización; como también puede incluirse a un nivel más superficial si existen políticas expresas de innovación y/o departamentos funcionales específicos que tengan como objetivo la innovación. Este sería el caso de la existencia de un departamento de Investigación y Desarrollo en una organización.

Del mismo modo, también es posible formular una cultura de seguridad positiva, la cual estaría compuesta a nivel superficial por normas implícitas y/o reglas explícitas que permitan el manejo de riesgos; a nivel intermedio por las actitudes hacia la seguridad que se fundamenten en la creencia de la importancia de la ésta; y por último, en un nivel más profundo, la autoobservación de las prácticas de seguridad como procedimiento de búsqueda de nuevos significados sobre el riesgo y la incertidumbre (Clarke, 2000).

¿Ahora cómo relacionar toda esta bomba teórica con aquello que nos convoca?

En consideración al Desarrollo Sustentable, la innovación afecta tanto el aspecto económico, al reducir costos de operación y aumentar utilidades que se hacen sostenibles en el tiempo –lo que se ha llamado ventaja competitiva sustentable-, como también incidiría en el aspecto ecológico y social si se considera el supuesto que la innovación reduciría el impacto ambiental por medio de la utilización de tecnologías más eficientes en el gasto de recursos y con menores errores técnicos que provoquen accidentes y por tanto afecten las condiciones de desempeño de los trabajadores.

Relacionar la seguridad con el Desarrollo Sustentable ofrece un impacto en la dimensión económica al reducir los costos de la organización que producen los accidentes o fallas mecánicas, tales como reparaciones, indemnizaciones a las víctimas y el encausamiento de nuevas estrategias para legitimarse ante las audiencias. Además, la seguridad afecta de manera directa la dimensión social al no empeorar las condiciones ambientales del entorno de trabajo y cuidar a sus trabajadores. Por último, la seguridad puede afectar la dimensión ambiental, en tanto haga un esfuerzo consciente por impedir accidentes que dañen el Medio Ambiente, como podría ser el caso de una industria química, energética o el sector de transporte.

A modo de conclusión, puedo decir que el Desarrollo Sustentable sí existe en algunas empresas chilenas, como Metro de Santiago S.A., que es el caso de mi estudio. Ahora bien, si se preguntan por mi motivación al hacer este artículo les cuento que esto lo hago con la intención de demostrar que la supuesta racionalidad económica y el desarrollo sustentable no son dos aspectos irreconciliables en la empresa capitalista. Además, tengo la secreta esperanza que al testimoniar buenas prácticas se puede persuadir a otros.

Ignacia Arteaga

Sociología UC

Bibliografía

Clarke, S. (2000) “Safety culture: under-specified and overrated?” International Jour-nal of Management Reviews 2 1:65-90.

Cohen, W., Levinthal, D. (1990) “Absorptive Capacity: A New Perspec-tive on Learning and Innovation.” Administrative Science Quarterly special issue: Technology, Organizations, and Innovation 35 1:128-152.

Kuenzi, M. y Marshall, S. (2009) “Assembling Fragments Into a Lens: A Review, Critique, and Proposed Research Agenda for the Organizational Work Climate Literature.” Journal of Management 35 3: 634-717.

Payne, D.; Raiborn, C. (2001) “Sustainable development: The ethics support the economics” Journal of Business Ethics 32 2:157-168

Steurer, R.; Langer, M.; Konrad, A y Martinuzzi, A. (2005) “Corporations, stakeholders ant sustainable development I: A theoretical exploration of Business-Society Relations” Journal of Business Ethics 61 3:263-281

Liderazgo Democrático para la Post Transición

Llevamos varios años esperando por promesas de un Chile para todas y todos. Seguimos esperando mientras nuestros representantes se han conformado por arbitrar un partido con reglas injustas. El conservadurismo es un mal profundo que por décadas ha tenido al país comiendo sopa de calcetín. Lo que el país necesita hoy es un líder que, con las herramientas de la Democracia, sea capaz de meter el gol que nos saque del letargo agobiante y desencantado.

La política durante la dictadura de Pinochet fue convertida a un juego de transacciones, donde las ideas y argumentos quedaron reducidos a su más mínima expresión pública. En último término la fuente principal del poder político estaba en la fuerza pura, si no había acuerdo sobraban los palos. Quién más palos pudiese pegar controlaría el rumbo de las fuerzas de cambio o conservación del ordenamiento público.

Esta concepción perversa de la política fue estabilizada a través de la Constitución de 1980, documento que reclama privilegios para grupos particulares. Estos privilegios fueron empleados como fundamento de la negociación que dio forma a la Transición. De este modo el retorno a la Democracia nunca fue pensado bajo las condiciones de una Democracia pura, sino más bien como un híbrido, sometido a los caprichos de quienes no se sienten cómodos teniendo que discutir, luego de haberse habituado por mucho rato a imponer.

Los gobiernos que dirigieron el retorno a la democracia nunca fueron modelos de liderazgo político, más bien se convirtieron en una especie de árbitro entre las demandas de las mayorías democráticas y los requerimientos de las minorías poderosas. Los gobiernos de Transición conservaron el tamaño que los herederos de la dictadura se adjudicaban y les dieron en el gusto hasta el borde del ridículo.

No es vano recordar que la Concertación nace de la asociación entre partidos socialdemócratas, más una Democracia Cristiana que participó de la orquestación de la dictadura y en bastantes casos siguió tocando los vientos mientras se favorecieron de las medidas de ese período. Y esta lealtad a grandes intereses de la elite no se detiene en el poder económico, sino también en su sumisión frente a los requerimientos y condicionamientos de la Iglesia Católica.

Sin lugar a dudas el gobierno de Transición más parecido a la dictadura que hemos experimentado fue el de Eduardo Frei. Llegó al poder de la mano de fuerzas democráticas, pero su rol se restringió a la administración gerencial de los recursos del país en beneficio de grupos económicos de gran poder. Frei siempre fue un defensor intenso del chorreo como la más genial política económica que podría desarrollar una nación. El desarrollo cultural del período fue bastante reducido y más bien insípido, mientras que las discusiones pendientes fueron dejadas en pendiente.

Ricardo Lagos era la promesa de un país que aspiraba a la madurez, sin embargo, de la mano de una personalidad autoritaria nos vimos forzados a soportar el descaro de sus volteretas. Lagos fue abandonado por sus pares políticos, para salvarse no encontró nada mejor que cambiar su agenda de cambios políticos por la agenda de inversiones del empresariado. Lagos infantilizó a Chile y sus promesas de crecimiento y equidad fueron patéticamente confrontadas al terminar su período con indicadores que sólo mostraban inmovilismo y una reforma constitucional con sabor a sopa de calcetín.

Michelle Bachelet prometió participación ciudadana, la oportunidad para que voces múltiples se hicieran públicas. Sin embargo, esto no ha sido efectivo, puesto que su gobierno ha sido un carnaval de expertos y patriarcas. Bachelet no ha puesto nuevos temas, sólo ha re agendado la seguridad social con una marca exitosa. La protección social de Bachelet también tiene sabor a sopa de calcetín, puesto que es sólo una campaña descafeinada que elude los cambios tributarios o los arreglos laborales que son necesarios para alcanzar una protección social sustentable.

La elección de este año nos pone frente a nuevas disyuntivas frente a la posibilidad superar el inmovilismo conservador que ha caracterizado los últimos 20 años de experimento democrático. Hoy en día ya no es tolerable la idea de que quien se quiera convertir en el líder del país pose de árbitro. Francamente creo que no hay personaje más conservador que la figura del árbitro, quien no hace ni deshace las leyes, sólo las interpreta “arbitrariamente” y vela por su cumplimiento.

Claramente el rol que pretende asumir Eduardo Frei en esta segunda candidatura presidencial es la de un árbitro. Frei no pone temas, sólo recoge las sobras de uno que otro focus group. Frei no establece posiciones con claridad, sólo recurre a la ambigüedad protegiéndose en las voces de terceros. Frei señala que en su gobierno se discutirá una serie de asuntos, sin embargo no revela su postura frente a esos asuntos, suprimiendo las garantías que entregaría saber cuál es el posible marco de discusión. Aún peor, cuando Frei señala que todos los temas se discutirán no explica dónde, él nunca estuvo disponible para discutir nada y se ha caracterizado por las negociaciones silenciosas y los acuerdos tras bambalinas.

Un árbitro no da emoción ni alegrías, sólo cumple con un libreto. Bien sabemos que un mal árbitro puede echar a perder un partido, no hay peor partido que aquellos que te obligan a estar pendiente del árbitro. Chile debe darse la oportunidad de superar estas lógicas medianas y mediocres que han caracterizado gran parte de la política de los últimos años, abriéndose a liderazgos auténticamente democráticos, en lugar de optar por quienes restringen los espacios a los líderes.

Seriamente debemos superar la exclusión, pero al decir eso no me refiero al tipo de exclusión que tanta propaganda le hace la Concertación y el PC. Superar la exclusión a mi entender  tiene que ver con la posibilidad de que los derechos de todas las personas sean considerados de modo equivalente. Dejar atrás las concepciones esencialistas que detienen la discusión abierta y le pone trancas ficticias. Aspiro a un país donde el reconocimiento reemplace a toda forma de exclusión y la libertad sea liberada a su sentido más amplio, desatando la creatividad de una nación que lleva casi cuatro décadas obedeciendo con la cabeza gacha, a quienes saben mejor que ella misma lo que es más conveniente para su felicidad.

Leonardo Valenzuela

Sociólogo UC

Volvamos a No-Obrar

Uno de los factores que nos condujo a la crisis ecológica del presente es netamente cultural y tiene que ver con la cosmología antropocéntrica. Ante esto proponemos rescatar el ideal Taoista del no-obrar de aquí extraeremos lo que consideramos una suerte de antídoto cultural para la crisis actual: una cosmología que impulsa a una vida coherente y humilde.

Nos encontramos como humanidad ante la tremenda contradicción de estar destruyendo (más allá de toda posibilidad de recuperación)  aquello de lo que somos sólo una parte, aquello que nos sostiene que nos permite existir: la naturaleza. ¿Por qué y cómo llegamos a esto? Exactamente no lo sabemos y no lo sabremos jamás, pero sí podemos marcar ciertas tendencias históricas; ciertos errores del pasado y del presente que han de una manera u otra aportado a esta crisis (aunque ninguno de ellos agote la explicación).

Aquí queremos argumentar que uno de los factores que nos condujo a la crisis ambiental y que nos mantiene en ella es netamente cultural y tiene que ver con la visión de mundo antropocéntrica y enfocada en el progreso que caracteriza a occidente desde el los albores de la ciencia moderna, pero que hoy se ha expandido por todo el globo como la más peligrosa de las enfermedades. Creemos que esta visión de mundo debe ser matizada y domada por principios de cautela y de cuidado, por las fuerzas receptivas yin que han sido pisoteadas y olvidas a favor de la civilización y el “progreso”. Estos valores y perspectivas olvidadas las encontramos en las culturas originarias, es una sabiduría ancestral compartida por aquellos pueblos que vivieron en contacto directo y constante con la naturaleza. No centraremos en esta ocasión en una de estas culturas en particular, la Taoísta de la China ancestral. De aquí extraeremos lo que consideramos una suerte de antídoto cultural para la crisis actual: una cosmología que impulsa a una vida coherente y humilde.

Lo que buscamos dejar atrás es ese exacerbado ego de especie que hemos ido cultivando por milenios. Somos quizá, bajo muchas de nuestras clasificaciones, la más racional de las especies; pero no somos de ninguna manera la más imprescindible (sin nosotros la mayoría de los ecosistemas perdurarían, pero no sin plancton, por ejemplo).  Sin duda tenemos un gran poder, pero eso no nos da un derecho especial por sobre los demás seres.  ¿Por qué sino por mero egoísmo y conveniencia nos pusimos a nosotros mismos como el centro de todo? ¿Qué podría justificar una postura tal? Lynn White cree poder dar una respuesta a estas interrogantes.

En 1967 Lynn White Jr. escribió un polémico artículo (The Historical Roots of Our Ecologic Crisis)  en que culpaba a la cosmología antropocéntrica de las religiones cristianas de la crisis ambiental. White postula que “[l]a ecología humana está profundamente condicionada por nuestras creencias acerca de nuestra naturaleza y nuestro destino –es decir, por la religión” (White, 1967, p. 44).  A esto agrega que “[e]specialmente en su forma occidental, el cristianismo es la religión más antropocéntrica que el mundo haya visto” (White, 1967, p. 44). Para los cristianos Dios crea al hombre a su imagen y semejanza y luego en la figura de Jesucristo, Dios mismo se hace hombre. Esto lleva a creer  que el ser humano comparte la trascendencia y la divinidad del ser supremo. Así se establece un dualismo, una separación entre el hombre (sagrado, divino) y la naturaleza (dada al hombre para su uso y explotación). Esta cosmología es contrastada por el autor con aquella de las religiones ancestrales animistas de los pueblos originarios. Para estos pueblos, cada árbol, cada primavera y cada cerro tenía su propio genios loci, su espíritu guardián (cf. White, 1967, p. 45).  Esta descripción calza con lo que sabemos de culturas arcaicas americanas como la Moche (Perú 100 al 800 dc) por ejemplo,  ésta postulaba la divinidad de los cerros pues se creía que en ellos rondaban espíritus.  Bajo este paradigma, cada vez que se tomaba algo de la naturaleza había que hacerlo con respeto y alabanza a aquellos espíritus. Más aún, los dioses se expresan en los fenómenos naturales por esto se le reza y rinde culto a la naturaleza, pues esta es entendida no sólo como el sustento de la vida animal en general, sino que como una fuerza superior y trascendente. White cree que la corriente cristiana monoteísta empujó en un sentido contrario, postula que el cristianismo desacralizó la naturaleza poniendo a la divinidad fuera de esta, fuera del mundo sensible y más allá de él. El ser humano, única criatura realmente sagrada, tiene a su disposición  al resto de la naturaleza que existe para ser manejada en función del beneficio humano. White cree que esta manera de pensar impulsó  una nueva manera de relacionarse con el entorno: la de la ciencia moderna. Bajo el nuevo paradigma la naturaleza pasa a ser un mero objeto de estudio. Mientras más se sabe sobre ella más puede ser utilizada y transformada por el hombre.

Ahora, debemos entender que lo que White critica no es cristianismo en sí, sino antropocentrismo que fue promovido por sus adherentes. Podría postularse que la lectura antropocéntrica no es verdaderamente fiel al mensaje cristiano. Cabe destacar que el mismo White rescata una corriente más inclusiva dentro del cristianismo, a saber: la vía de San Francisco de Asís, quien de manera implícita postulaba que todos los seres animados tenían almas (panpsiquismo)  y se comunicaban con Dios (cf. White, 1967, p. 47). Mas allá de esto, también vale la pena apelar a la interpretación del mito del paraíso (capítulos II y III del Génesis) de Gastón Soublette. Aquí según este autor se muestra que “la vida, básicamente como Dios la da, en contraste con la inventiva humana, es perfecta” (Soublette, 1990, p. 15)  y que “el pecado por excelencia… consiste en seguir la escuela de la sabiduría de los dioses civilizadores del paganismo por cuyo mandato e inspiración se han levantado gloriosos imperios”(op. cit., p. 15). En este sentido el cristianismo en sí mismo no impulsaría al progreso por medio de la ciencia, sino que sólo una mala interpretación de ese progreso.

De todas maneras este es un problema teológico que nos supera y el espíritu de este estudio no es crítico, ni tampoco estamos en busca de los supuestos culpables de la crisis actual. El esfuerzo de este ensayo es el de afirmar un nuevo ideal, una nueva cosmología que nos permita trascender las limitaciones y las contradicciones del antropocentrismo actual. Para esto iremos lejos en el tiempo hacia un pasado remoto y lejos también en el espacio hacia la otra faz de la tierra. Nos concentraremos en el principio del no-obrar de la sabiduría China Taoísta de Lao Tse que se encuentra en su obra el Tao Te King (Libro del Tao y su Virtud).

Como bien explica Soublette, este libro fue escrito en una época crucial para la historia china, “en los siglos de decadencia del antiguo Imperio, y más exactamente, de la civilización creada por la dinastía Tchu (1122-255 a. C.)” (Soublette, 1990, p. 3). Fue esta la caída de un tremendo gigante, pues el antiguo Imperio era algo así como lo que hoy llamaríamos una  “gran potencia” (cf. op. cit., p. 3).

En este contexto Lao Tse recupera la sabiduría de los reyes ancestrales, aquellos que vivieron en un pasado mítico y paradisíaco. El va a promover un ideal de vida humilde en comunión con la naturaleza y al mismo tiempo va a denunciar el carácter disociador de la empresa civilizadora que rompe con el orden natural (cf. op. cit., p. 6). Conjuntamente, la cultura Taoísta es cosmocéntrica, “defiende una visión inclusiva y holista de todas las formas de existencia” (Lai, 2001, p. 27). Se postula que la jerarquía no es una característica inherente al orden natural, la imposición ésta en la naturaleza es presentada como arbitraría, dañina y engañosa (cf. Lai, 2001, p. 33). Así se abre una atmósfera de respeto para con todos los seres. Este ideal es precisamente el principio del no-obrar. Aquí nos apoyamos en la elocuente explicación de Soublette:

Inserto en el orden nativo del mundo, el hombre tiene como supremo imperativo conocer ese orden e integrarse a él. En eso consiste el verdadero conocimiento. En ese sentido el comportamiento sabio es lo que Lao Tse llama no-obrar, vale decir, el no interferir, pues en el supuesto de que el orden nativo es perfecto, ningún expediente de la inventiva humana puede igualarlo o remplazarlo… (Soublette, 1990, p. 10)

El no-obrar es entonces un principio de modestia, del reconocimiento de lo superfluas e insignificantes que son las construcciones humanas frente la naturaleza. Más aún, la actitud humilde es enaltecida como una verdadera fuente de grandeza: “El sabio realiza grandes cosas/ y por eso alcanza la grandeza” (Lao Tse, 1990, LXIII).  Esta manera de ver las cosas también se enfatiza la fragilidad del mundo natural: “El imperio es un vaso sagrado/ que nadie tiene el derecho de manipular./ Quien lo manipula lo arruina… (Lao Tse, 1990, XXXIX)  como bien explica Soublette estos versos expresan que el mundo “es un organismo o complejo de vida extremadamente delicado en su justo equilibrio. Delicadeza que se acentúa ante la posibilidad de que el hombre lo interfiera y desarticule” (Soublette, 1990, p. 105). Toda alteración a este orden “trae consigo confusión, sufrimiento y muerte” (Soublette, 1990, p. 10). Hay a la vez un rechazo al exceso, a la extravagancia y a la grandeza, a esto se oponen los ideales de mesura y  la ausencia de deseos (cf. Lao Tse, 1990, XXXIX).

Proponemos retomar esta cosmología pues hemos visto como sus advertencias no eran vanas, no hay cómo negar la confusión, el sufrimiento y la muerte que las empresas civilizadoras han traído consigo. Sin duda no creemos que sea posible ni aconsejable que como humanidad volvamos a vivir como nuestros ancestros, por un evidente tema de proporciones eso ya no es siquiera posible. Lo que proponemos es traer al momento presente, al mundo de hoy los valores del pasado. Matizar nuestra necesidad de progreso con un principio precautorio, con un principio de respeto para con otras formas de vida; partiendo de la base de que no sólo el ser humano tiene valor en sí mismo, sino que lo comparte con las demás formas de vida. Suavizar a la vez nuestro afán consumista con la valoración de aquello que tenemos, de lo simple, de lo pequeño por sobre de lo grande y lo excesivo. Sobretodo queremos rescatar la humildad que llama a no-obrar, a deshacerse de la fantasía de que la tecnología humana puede mejorarlo todo y debe entrar a manipular y alterar  cada parte del universo que esté a su alcance. La idea es que como humanidad podamos mejorar nuestras condiciones de vida (y con esto me refiero a las condiciones de vida de los menos aventajados), sin acabar con otras formas de vida, progresando de manera coherente y conciente. La energía y creatividad de la ciencia y la tecnología actual debe ser acompañada de un principio precautorio de cuidado y de respeto. Esta es la única manera en que encontraremos armonía en nuestro actuar.

Para terminar nos quedamos con esta simple reflexión: solíamos simplemente ser, en comunión con el entorno, ser sin tratar de llegar más allá con esa insaciable hambre de más y más aún, que hoy nos domina. Solíamos ser. Ahora vamos, vamos y vamos. Volvamos. Volvamos a no-obrar.

Xaviera Ringeling

Filosofía UC

Bibliografía:

1)                  Lao Tse, Tao Te King, versión castellana y comentarios de Gastón Soublette, Cuatro vientos editorial, Santiago, Chile, 1990.

2)                  Dale Jaimison, Guia de estudio del curso Environmental Ethics de la NYU, dictado el 2007

3)                  Lynn White, The Historical Roots of Our Ecological Crisis (1967), en  Frederik A. Kaufman, Fundations of Environmental Philosophy, Mc Graw Hill, New York City, USA, 2003.

4)                  Karlyn L. Lai, Clasical China, en  A companion to environmental philosophy, Editated by Dale Jamieson, Blackwell, Malden, USA, 2001.

Los Días Mundiales con Auto

Hace unos días se celebró el “Día mundial sin auto”, una iniciativa que buscaba poner en tensión la dinámica habitual de la ciudad y plantear alternativas a la forma de movilizarse y llegar a nuestros destinos usuales. En esta columna quiero adentrarme, intuitivamente por cierto, en qué es lo que sucede los “otros” días, aquellos donde las bocinas reinan a eso de las 18:30.

Tengo, antes que todo, que hacer una suerte de disclaimer sobre mi posición en lo referente a las formas de moverse por la ciudad. Lo primero es señalar que me movilizo cotidianamente y la mayoría de las veces en transporte público y, algunas veces, en bicicleta; lo segundo –y más importante- es que no me llama la atención en lo absoluto la idea de manejar, al contrario (y honestamente), me da miedo.

Habiendo aclarado eso, me gustaría esbozar brevemente cuál es la función que socialmente cumplen las “festividades”: muchas veces apuntan a “recordar” la existencia cotidiana de algo, caben aquí desde los onomásticos hasta el recién pasado “18”; otras se orientan más bien a “invertir” cierto orden presente en la sociedad para de esta forma legitimarlo en su práctica cotidiana, esto es, en carnaval podemos hacer lo que queramos pues todos los demás días respetamos sin quejas las nomas que nos permiten vivir juntos. La pregunta que nace ahora es: ¿qué tipo de celebración es el día mundial sin autos? Tiendo a pensar que, hasta ahora, la celebración se enmarca más bien en el segundo tipo arriba esbozado –tipología por cierto que no agota todas las celebraciones y es por cierto discutible.

En efecto, el día mundial sin autos aparece como un paréntesis entre el tráfago cotidiano de los tacos por llegar a casa. Una bengala lanzada al aire para decir “oye, sí se puede dejar el auto en la casa y sobrevivir”. Bueno, la cuestión es la siguiente:  sí, se puede sobrevivir y, creo, aún más, es hasta mejor. ¿Mejor? Pero si el auto te lleva a todos lados, a todas horas, es más cómodo.

Lo siento pero, de verdad, no puedo compartir ninguna de esas posiciones. Primero que todo, uno puede llegar a todos lados también caminando, en bici, en micro o en metro, el diferencial –es cierto- es el del tiempo (eficiencia dirá un ingeniero), pero por eficacia la cosa no es problemática. Respecto al tiempo, personalmente no me caracterizo por llegar tarde a todos lados –me disculparán los profesores que me hacen clases en la mañana, si llego tarde no es por otra razón que no sea sueño- pero si uno planifica un poco más su tiempo, si toma razón de dónde está y adónde requiere llegar es perfectamente posible ser un peatón “on time”, y sin la necesidad de buscar estacionamiento.

Sobre la comodidad, y siendo honestos, este sí puede ser un punto a favor del auto: es cierto, tener que estar en el centro a las nueve de la mañana y llegar allí en metro no es precisamente cómodo, pero no siempre es así, la gran mayoría de las veces puedo moverme por la ciudad (esfuerzos de planificación mediante por cierto) con relativa facilidad y, de paso, aprovecho de leerme una buena novela y disfrutar aproblemáticamente algún buen disco. Cuestión no imposible en auto, mas sí sumamente irresponsable.

Recuerdo, de hecho, que cuando aun estaba en el colegio, que queda en pleno centro, me levantaba media hora antes para tomar una micro desocupada, me iba sentado leyendo y nunca llegué tarde –sin considerar que, por llegar tan temprano libraba de las revisiones de los inspectores a la entrada y podía entrar sin el vestón. Por contraparte recuerdo cuando era niño y los trayectos en auto se volvían eternos por los tacos, cuestión que si no fuera por el pseudo estado zen que mi padre tomó al respecto habría sido bastante insoportable.

Creo, en suma, que la cuestión estriba en lo siguiente: en Santiago hemos naturalizado el uso del automóvil, y hasta las familias con menos ingresos se endeudan en sesenta meses plazo para conseguir su citycar; la compra del auto se asume como algo obvio, necesario y ya ni siquiera funciona como un criterio de distinción social (que ahora se trasladó al tipo de auto y marca, es suficiente con constatar la ridícula cantidad de SUV’s, es cierto, las calles de Santiago no son una Autobahn pero ¡por favor!). Sostengo, además, que tal proceso que ocurre con la compra de automóviles no es por cierto único, sin embargo, las consecuencias y los costos directos e indirectos para el habitar cotidiano en la ciudad son fácilmente evidenciables.

Cada día más amigos y amigas conductores me señalan problemas relacionados con el tráfico, con los estacionamientos y sus potenciales soluciones; quiero destacar aquí una sola, hoy por hoy muy felicitada: las autopistas urbanas. Vivo a menos de una cuadra de una de las mentadas autopistas, personalmente no me molesta, mas sí hay algo que de todas formas es muy claro: las autopistas cambian la escala de la ciudad y la “suben” al nivel de los autos, tensionando todo el espacio circundante. Como resultado el peatón, nosotros, todos, en al menos algún momento, quedamos desplazados. Y no sólo eso, sino que de forma muy patente se nos muestra cómo la ciudad ya no está hecha ni pensada para personas, sino para autos (el que sean conducidos por personas pasa aquí a no ser más que una nota al pie).

Este fenómeno puede ser fácilmente constatado por quienes hayan viajado hacia Estados Unidos (suerte que no he tenido, pero algo conozco del caso): los peatones terminan desligados de la ciudad, sin siquiera contar con aceras en muchos casos. No adentraré en las consecuencias ambientales del moverse en auto, que por cierto no son menores, sino únicamente en lo que refiere a aquello que se relaciona directamente con nuestras formas de movilizarnos por la ciudad.


Pero no se trata sólo de ser un apologeta del peatón, no estoy contra los autos: estoy contra el uso indiscriminado (irracional) del auto. Estoy contra el ir en auto por el ir en auto, porque no se piensa en otra alternativa. Sin duda, y por ejemplo, instancias como las vacaciones familiares pueden ser motivo suficiente para ir en automóvil pero, ¿de verdad lo necesitan todos los días? Creo que si todos nos hiciéramos esta pregunta en serio, y realmente creo que todos tenemos la opción de reflexionar al respecto, evidenciaríamos que es posible salir sin el auto. Aún más, quizás sería posible (con el tiempo por cierto), que esto poco a poco constituyese la norma y no la excepción. Aquel día me sumaré feliz a la celebración del día mundial con auto.

Patricio Velasco

Sociólogo UC