Ciudadano por un día

Para la mayoría de los chilenos y chilenas, la máxima expresión de nuestro derecho de ciudadanos radica en trazar una simple raya en un papel cada cierto número de años. Eso significa ser ciudadano: depositar un papelito rayado en una urna. Sin embargo, la mayoría de nosotros gasta un tiempo precioso para crear nuevas cosas o para compartir un tiempo agradable con nuestros seres queridos, por entrar en discusiones políticas acerca de las propuestas de este o aquel candidato, aun cuando esencialmente proponen lo mismo. Un voto significa muy poco. Casi nada. A lo más nos da la ilusión de que nos escuchan. Como mucho.

Henry David Thoreau, rebelde entre rebeldes, argumentó en 1853 con su propia vida que si él no creía en el gobierno de turno, tenía el derecho a no pagar impuestos. Por esa idea fue encarcelado y vituperado de igual manera por políticos de izquierda y de derecha; pues a ninguno de ellos le gustó siquiera considerar la posibilidad de que se les castigase económicamente por sus errores. Si Thoreau reviviese y postulase la misma idea en nuestro Chile contemporáneo, seguramente sería igualmente vituperado. Ya sea que uno concuerde con la idea de que cada ciudadano pague impuestos según su propio juicio del manejo del gobierno, la idea principal de Thoreau sigue siendo valiosa: uno es ciudadano a diario, y no cada cierto número de años. Uno ejerce su ciudadanía cada día, de la mejor manera posible.

Esto quiere decir que no basta con votar y aceptar el resultado para bien o para mal. Significa terminar con esta costumbre de casarse con el partido antes que con nuestra propia realidad. Significa dejar de votar por la izquierda o por la derecha, dejar de defender a Frei o a Piñera. Significa tomar un compromiso diariamente con tu vecino o con tu compañero de trabajo, con tu familia y con la de tu vecino, para mejorar, de la manera que puedas, tus condiciones de vida y la de las personas que te rodean. La mayoría de nosotros, durante los últimos meses, ha defendido a un candidato o a otro, a un partido o a otro, pero creo que pocos de nosotros nos hemos cuestionado qué está pasando en la casa de nuestro vecino o si nuestro compañero o compañera de trabajo se siente conforme con su vida o necesita ayuda. Tanta marea política no nos permite ver lo que es realmente importantes: nosotros, la gente, no los políticos.

Mi idea del voto como un señuelo y una forma de distracción no es nueva. Alvin Toffler, en su libro La Tercera Ola, ya argumentaba que el voto no servía, y que la democracia era una especie de monarquía temporal que mantenía a la gente más tranquila e inerme, porque se conformaban con la idea de esta participación representativa.  A ninguno de los candidatos presidenciales le he escuchado siquiera sugerir de manera indirecta la posibilidad de una participación más activa aparte del voto. No creo que votar esté mal en esencia, pero creo que está mal pensar que un voto en verdad nos puede representar por cinco años, y está aun más mal despreocuparnos por nuestra realidad para meditar tanto acerca de políticos a quienes poco les importa quién eres tú o quién soy yo. Ellos quieren nuestro voto, no nuestro ser.

Como opción personal yo decido no votar y doy mi opinión a quienquiera que la quiera escuchar. No voto ni lo haré porque no me voy a comprometer por cinco años ni con las ideas de un lado ni con las del otro. Mi compromiso es conmigo mismo y con mis semejantes.  Participo en actividades sociales como muchos otros votantes y no votantes, ayudo a quien puedo cuando puedo, doy lo mejor de mí en mi trabajo, e intento mantener las mejores relaciones con las personas con las que me encuentro a diario. Creo que esto es una expresión bastante más real de ciudadanía que una mera raya cada cierto tiempo y defender las ideas de un lado o de otro con pasión y recelo. Si el día de mañana sale un gobierno que robe ya sin descaro y nos deje secos, comeré el mismo polvo que el resto e intentaré saborearlo y disfrutarlo. Seguiré preocupándome de cultivar estas actividades y seguiré ignorando las discusiones políticas hasta que salga alguien que esté dispuesto a proponer una revolución a la Thoreau: algo realmente radical. Seguiré ejerciendo mi derecho a la ciudadanía a diario con mis semejantes pues prefiero ser ciudadano a mi manera, aunque algunos me consideren como un paria de la sociedad, que ser ciudadano, simplemente, por un día.

Pablo Saavedra

Licenciado en Literatura Inglesa UC

Los profesionales no son los únicos necesarios


Fines de diciembre y comienzos de enero: PSU, postulaciones, créditos y becas son parte de las principales ocupaciones de un número no despreciable de jóvenes chilenos. Entrar a la universidad es algo que, en Chile, significa mucho más que continuar con estudios superiores; para muchas familias la esperanza de que sus hijos e hijas ingresen a la universidad es un paso importante a la hora de pensar sobre un mejor futuro.

Lo anterior es, hasta cierto punto, cierto. En efecto existe una alta relación entre el número promedio de años de estudio y los ingresos monetarios futuros, sin contar, por cierto, el prestigio social asociado a ser profesional versus no contar con algún título universitario.

Ingresar a la universidad, y especialmente finalizar una carrera universitaria, comporta un cúmulo de expectativas no sólo de realización y superación personal sino igualmente de ascenso social. Lo problemático, creo, es que hoy por hoy en Chile no existen plenamente las condiciones para que aquellas expectativas se cumplan y, aun peor, temo que para muchas familias éstas se verán duramente defraudadas.

Nuestro modelo de universidad, cuyo artífice fue Andrés Bello, se comprende desde le herencia napoleónica: una universidad profesionalizante orientada al desarrollo y formación de personas competentes en áreas específicas, capaces, digamos, de actuar en el mundo. El “espíritu” no se halla con mucho fulgor en la tradición universitaria chilena (y latinoamericana) y de esta forma nos situamos más bien ajenos a las tensiones europeas sobre la materia para seguir, sin mayores contratiempos, la vertiente francesa y ulteriormente norteamericana sobre cómo debe ser comprendida la institución educativa de mayor nivel en la sociedad. Lo importante, de todas formas, es que no cualquiera “merece” llegar a la universidad; es necesario contar con cierto grado de formación inicial no menor y una disposición particular a enfrentar lo que significa el desarrollo de una “carrera” universitaria. Nuestro indicador, cuestionado y mucho más cuestionable, para identificar y seleccionar quienes han de entrar a la universidad es –como sabemos- la PSU (que, en este punto no es más que un dato de la causa pero que igualmente es síntoma de lo que ulteriormente trataremos).

En el Chile actual el siempre astuto mercado ha logrado –en parte gracias a la desidia de instancias como el Estado- generar un nicho alternativo para aquellos quienes, sin tener la posibilidad directa de ingresar a las denominadas “universidades tradicionales”, desean acometer con estudios universitarios. Mi problema con ello es el siguiente: no creo que se pueda decir que a quienes no les alcanza el puntaje en la PSU no sean “dignos” de la universidad –pues eso, por cierto, validaría premisas con las que no estoy de acuerdo, tales como la eficacia de la PSU- sino que, pese a los esfuerzos por instaurar una semántica de la “excelencia” en sus discursos, todos sabemos que al final del día las universidades privadas son efectivamente empresas y la cota realmente restrictiva para ingresar a ellas es la capacidad de pago. Me parece adecuado el hecho de que otorguen becas a alumnos “de excelencia” (como sea que eso se mida) pero ¿qué pasa con quienes, sencillamente, pagan? Y peor aun ¿qué pasa con aquellos que sólo les resta pagar, que no pueden hacerlo y toman un crédito en base al potencial beneficio futuro de la “inversión en educación”?

Preguntas como estas no son estrictamente un tema educativo, son propiamente una cuestión social que requiere la ocupación de todos; de quienes tuvimos la suerte de estudiar en la universidad y de quienes no, donde la opinión de cada uno no es menos válida sino sostenida por la propia urgencia del problema y las ramificaciones del mismo a toda la sociedad. Por mi parte temo que hay muchas familias que han sido literalmente engañadas, les han prometido un tránsito por la universidad (muchas veces no garantizado precisamente por la calidad de los planes y programas) que habría de mejorar las opciones de sus hijos. La cuestión es que esto puede perfectamente no suceder, sin saber demasiada economía es posible anticipar la forma en que la propia “astucia” de la oferta y la demanda de profesionales puede restar opciones a profesionales que estudiaron en universidades privadas. Lo anterior, sin embargo, puede ser concebido como un “error de estrategia” de aquellas personas que toman la decisión de ingresar a la educación universitaria, el problema de fondo, desde mi perspectiva, es que como sociedad nos estamos encargando –cada día más- de apuntar como único camino válido de “éxito” y reconocimiento el haber asistido a la universidad. Considero que en torno a la idea de la “profesión universitaria” se generan una serie de expectativas exacerbadas, de un orgullo muchas veces falso: quienes asisten a la universidad no son “mejores personas”, cumplen sencillamente con un rol necesario para la sociedad, pero ¡ojo! Los buenos técnicos son tanto o más necesarios, y lo importante es que nosotros reconozcamos su valía y calidad como sociedad; a los técnicos, a quienes están en el rubro de servicios y a quienes recogen la  basura, tanto como a los ingenieros, abogados –e incluso a los sociólogos, que les prometo que de arreglar un calefón mucha idea no tienen.

Sucede, finalmente, que una cantidad considerable de jóvenes (y sus familias) optan por endeudarse –muchas veces más allá de su capacidad de pago- por ser parte del set de expectativas asociadas a la idea del “profesional”, siendo quizás más aptos para realizar otra ocupación, atendiendo igualmente la forma en la que denostamos otras labores que son imprescindibles para que funcionemos como sociedad. Ante la inexistencia de un respeto por actividades no profesionales caemos en la falacia de pensar que el estudiar en la universidad es el único camino “correcto” y, puesto que más de una universidad pensada antes como empresa que como institución de educación está consciente de ello, se ven embaucados por un sueño que puede no encontrar realización (pero los créditos hay que pagarlos igual).

Creo que debemos retomar una senda en la que se valore el trabajo, como tal, antes que un título que pudo haber sido adquirido allende al mall y pagado con la tarjeta de alguna tienda comercial: la universidad no es un mall, ni la sociedad un espacio para coleccionistas de títulos. Valorar el trabajo y lo que cada uno aporta al que podamos vivir juntos es también, creo, estar conscientes de nuestro lugar aquí junto a otros y junto al mundo.

Patricio Velasco

Sociólogo UC

La Educación Sentimental

Ni la municipalización de las escuelas y liceos en la Dictadura ni el discurso de igualdad de veinte años de Concertación, han logrado hacer mella a la brecha entre los colegios públicos y privados del país.

La noticia acaba de ser portada en los medios nacionales. El Instituto Nacional (IN), un colegio público donde nadie paga lo que no tiene, vuelve a ser el primero en la lista de los mejores colegios del país según los resultados de la última PSU. La noble ironía de esa noticia, al menos para mí, un ex alumno de ese colegio laico, se explica tras leer el ránking con lo diez colegios que acumularon la mayor cantidad de puntajes nacionales: desde el segundo al décimo lugar la partida la ganan las escuelas privadas, en su mayoría bilingües, donde los padres apuestan su peso en oro para que el futuro de sus hijos redima con creces el estipendio invertido.

Que nadie explique lo inexplicable, por favor. El IN es la excepción de una regla llamada educación pública cuya única seguridad la encarnan las protestas anuales de los docentes y pingüinos que no quieren perder la práctica de una catarsis fraternal. No basta con replicar diez o veinte IN como lo anuncia Sebastián Piñera por las emisoras,  ni con las promesas insulsas de Eduardo Frei con el sino de un cambio que él sabe que no representa.

Hoy temprano, sentado en el colectivo rumbo al trabajo, nos entregábamos con el chofer al balido de Mario Waissbluth, representante de Educación 2020, quien criticaba mediante la radio la vergüenza que sentía de nuestro sistema educacional. Las cifras lo apoyaban. En 2008 los estudiantes de los colegios públicos de la Pintana contestaron 0 preguntas en la PSU, los públicos de Chile 12, los subvencionados el doble y los privados el doble más. Realidad que a todas luces volverá a repetirse cuando el Demre entregue el detalle por comunas, ya que a grandes rasgos, la brecha educacional medida por la PSU se mantuvo invariable de acuerdo a los primeros cálculos.

De las promesas de una reforma, lo único que la LGE ha cambiado es el modo de postulación a los colegios subvencionados, prohibiendo todo tipo de discriminación, según Waissbluth, y sería.

¿Qué anda mal? ¿Los profesores o el instrumento? ¿El sistema o la autoridad?

Doscientos años no han bastado para aprehender la réplica de Rousseau al sistema educacional francés, tan lleno de prejuicios e inequidades en ese tiempo ruidoso, a través de su Emilio o De la educación. En el prólogo de esa obra, Mauro Armiño anota que  el filósofo quedó convencido tras un viaje a Venecia de que “todo atañía radicalmente a la política, y de que el hombre del Contrato social resultaba impensable sin una labor educadora por parte del Gobierno que apuntase a un tiempo a la colectividad y al individuo”.

Ha sido irrisorio el empeño histérico del Gobierno de Bachelet por hacer de nuestro país un miembro de la OCDE. Fragua vanidosa e innecesaria el deseo de transformar a Chile en un país desarrollado tan sólo en el papel, cuando la urgencia de las necesidades básicas como ésta de la educación nos muestra la imagen no de un jaguar, sino la de un grifo con cara de tigre y una cola de ratón.

La historia y el sentido común proclaman el apremio de un cambio sustancial. Lo que la Dictadura no logró con la municipalización de los colegios ni los 20 años de aspirinas de la Concertación y su igualdad, dejan un magro margen de esperanza, por no decir fe, para el nuevo gobierno que se avecina.

Haría bien escuchar a los mayores y leer unas cuantas líneas de un clásico como Rousseau:

“La edad pacífica de inteligencia es tan corta, pasa tan rápidamente, tiene tantos otros usos necesarios  que es locura querer que baste para hacer sabio a un niño. No se trata de enseñarle las ciencias, sino de darle el gusto de amarlas y unos métodos para aprenderlas cuando ese gusto esté mejor desarrollado. Ése es, a todas luces, un principio fundamental de toda buena educación”.

Carlos Oliva

Periodista UC

Marcando la Diferencia

Aquí estamos otra vez, las novedades abundan aún cuando puedan ser leídas de formas muy diversas. Ha pasado un año entero donde Chile, sin lugar a dudas, dio muestras de haber cambiado en muchos sentidos, aún cuando faltó un trecho para superar las inercias de tan larga data. Luego de la elección del pasado domingo llega la hora de reflexionar sobre los siguientes pasos del proceso electoral, cuyo ingrediente principal será poder interpretar qué significó el 20% que a pesar de los vapuleos y las descalificaciones marcó por un país posible, más grande y más justo.

El domingo pasado, luego de un día arduo, me senté en un sofá a pensar por un rato en aquello que estaba ocurriendo a un par de pasos. Ya con el segundo cómputo del Ministerio del Interior se terminaba de sellar la suerte de la candidatura por la que durante un buen rato estuve agitando banderas, sin embargo, algo se gestaba en ese salón que nada tenía que ver con el ánimo que una derrota presupondría. El centenar de personas que expectantes se agolpaban para escuchar las palabras de Marco, para mi sin lugar muy buenas personas, se dispusieron luego del shock a rescatar la épica que durante los últimos meses los había unido, recordando los abusos que los habían unido finalmente en semejante arranque de deseo creativo.

Marco realizó un giro lleno de contradicciones para develar las contradicciones que vician a nuestro modelo político. Su candidatura fue muy efectiva en disolver al disciplinado votante de la Concertación que se denomina a si mismo experto en política, puesto que es capaz de declamar sin repetir ni equivocarse el discurso oficialista. Ese “ciudadano-progresista-moralmente-superior-de-centro-izquierda ” que hace propios los miedos y las tesis que les sean propuestas por sus sabios mayores; ese sector de la ciudadanía que defiende a ultranza la democracia pero que hace de este un concepto cargado y asimétrico, desgastando su valor y encargándose de humillar a quienes quieran entrar al juego; ese personaje que si le dicen que es un inmaduro inconsciente e ignorante, asiente sin chistar con la cabeza y luego comenta que los Chilenos no pueden elegir a sus autoridades regionales porque según la voz divina de los partidos no están preparados; ese sujeto que perdona todas las atrocidades de sus representantes porque finalmente las ansias de poder son más fuertes que las convicciones morales o las garantías éticas.

La jibarización de ese monstruo café con negro es una de las mejores noticias de esta elección, puesto que abre las puertas para el replanteamiento de las posiciones de un sector al que las ideas se le están secando, obligándolo a tener que bajar las revoluciones con su pedantería. De pronto la Concertación se ha visto enfrentada a uno de sus miedo mayores, puesto que el ritmo de la política dejó de estar bajo su control, moviéndose el eje a que paradójicamente quienes ellos pretenden representar les estén gritando en la cara cómo los deben representar mientras ellos siguen resistiendo, rogándoles ser sus representantes con un programa que no los represente.

El gran error que aceleró el proceso que terminó en el fracaso electoral de la Concertación en la última elección, fue la imposición mediante burdas maquinaciones de un candidato conservador que representaba lo totalmente opuesto al proceso que se venía desarrollando con anterioridad. Quisieron legitimar una negociación a puertas cerrada, pero finalmente sólo terminaron firmando su ruta al fracaso.

Hoy se abre la posibilidad de que las cúpulas de la Concertación abran las ventanas de su rancio cuartel, de que tengan la habilidad de capitalizar el llamado de atención que ese 20% significa, en términos de la dirección que un amplio sector demanda para la política. Una dirección que no causa daño a nadie más que a los poderosos, y un daño que ni siquiera es una brutalidad mal pensada, sino que tan sólo una apelación a la justicia. Marco llamó a hacer una serie de reformas que podrían cambiarle la cara a Chile, especialmente una reforma tributaria que permitiera diseñar planes más consistentes de desarrollo social de modo sustentable y una reforma política que facilitara el acceso de la mayor cantidad de actores posibles, reforma a la que la Concertación teme y rehuye reiteradamente. Muy probablemente por sus convicciones bañadas en testosterona la Concertación no asumirá estas demandas quedándose en un puro juego de imágenes, simbolismos y efectos que le llevarán directo a la derrota. Frei señaló reiteradamente que el no se arrepiente de nada, hoy su campaña vuelve a dar muestras de la misma posición, muy probablemente la posición que le llevará al fracaso en un par de semanas.

Es muy inusual que en mis escritos me refiera a la Derecha, pero como nota aclaratoria debo señalar que me gusta escribir hacia donde pueda tener eco y siento que con las derechas de hoy es poco lo que se puede lograr en ese sentido. La Derecha en Chile es un mundo aparte con el que poco es posible conversar, aunque no puedo ocultar la tremenda impresión que me deja el constatar que incluso ese sector está más dispuesto a cambiar y escuchar que la misma Concertación. Si hoy la Derecha tiene a la Concertación con una llave firme y boca abajo, es claramente por los errores no forzados de esta última. Muchas veces se sugirió que Marco le hacía el juego a la Derecha o que sus adherentes eran unos traidores que le darían el triunfo a Piñera, pero lo que queda de la ola es que si hay motivos para la condición patológica de la Concertación, ellos deben ser localizados al interior del monstruo y su incompetencia.

Con Marco muchas cosas cambiaron, aunque probablemente ni la mitad de ellas se deban a la persona, un tipo con miles de defectos que afortunadamente fue capaz de reconocerlos abiertamente y estuvo dispuesto a trabajar por superarlos. El nuevo lenguaje que adoptaron incluso los políticos de las derechas tiene mucho que ver con lo que Marco le mostró a los políticos de ayer, los pasos temblorosos que los candidatos dan hoy para tratar de captar los votos que les faltan tienen mucho que ver con que ellos siguen siendo los mismos pero el terreno ha cambiado brutalmente.

Más allá de la consolidación del nuevo referente que se está gestando a partir de las ansias y esfuerzos de miles de personas, gran parte del trabajo ya está hecho. Chile cambió y mientras tanto muchos otros cambios se tendrán que forzadamente seguir dando para que podamos recuperar el gustito graciosos del vivir juntos. Mientras tanto en el corto plazo queda aguardar por el candidato que sea capaz de desatar su osadía y levantar lo que Marco les sirvió en bandeja, haciendo propio un programa beneficioso que denuncia con fuerza la injusticia y le opone los medios para construir un Chile justo. Un candidato que se haga cargo de lo que está ocurriendo en Copenhague, mostrando una mirada de grandes ligas y no una mera sumisión pastoral. Un candidato que se atreva a gritar Patagonia Sin Represas porque tiene una política energética de futuro y la convicción de que podemos ser todos juntos un país de excelencia.

Leonardo Valenzuela

Sociólogo UC

Nosotras las Otras

En Chile las mujeres somos discriminadas. Es un hecho, es un fact, como les gusta decir a los gringos, aunque del que a nadie le gusta hablar mucho muy en serio ni por mucho rato (ni si quiera a nosotras mismas). No me interesa aquí, en este artículo, la denuncia ni la crítica rabiosa. Como dice un amigo, es probablemente un tema estructural. Sin embargo, hace un buen rato que no dejo de preguntarme, ¿cambia eso en algo las cosas? ¿nos sirve de algo? ¿hace alguna diferencia? La verdad pienso que a estas alturas de la historia (no dejo de pensar en mi gurú –y no me avergüenzo de confesarlo- Isabel Allende, escribiendo sobre los famosos y eternos trogloditas en los años 1960s) no las cambia y tampoco las justifica mucho.

Lo peor del síndrome del Club de Toby es que es mujer-observadora-inteligente y crítica excluyente. Algo así como: mientras más patente la amenaza, más potente la exclusión. Y opera, reconozcámoslo, incluso en los más selectos y educados recodos de nuestra sociedad. Sin embargo, es aún peor cuando los dirigentes de tan magno club son verdaderos trogloditas, intuyen el peligro y cierran aún más el círculo. Prácticamente no te ven (es curioso eso sí y tengo que decirlo, por lo general no son malas personas). Ellos no se ven, están demasiado acostumbrados a estar entre ellos. De hecho, han sido los medios de comunicación los que han tenido (será por las cámaras) que mostrarles lo mal que se ven esas fotos y puntos de prensa llenos de pelos, ternos, corbatas, guatas (lamentable síndrome del hombre chileno) y demases. Seamos sinceras, no la llevan, al menos en el discurso.

Mi padre, germano, me lo dijo hace tiempo: en Chile, el rol de la mujer, incluso el de la profesional más top, será siempre el ser la secretaria de. Es obvio. Él piensa, ella ejecuta. He ahí la trampa, el problema de fondo no es la diferencia. Si ella ejecuta mejor que él, qué problema habría en que él, por mientras, piense, planifique, etc. El problema es la sobrevaloración de una cosa por sobre la otra y la absurda separación de tareas. ¿De dónde sacan que la ejecución de un plan no requiere de la elaboración de un plan o idea previa?

Nosotras organizamos, sistematizamos y ejecutamos. ¿Qué valor se le da a eso? ¿En qué momento nos sientan a la mesa de las grandes decisiones? Tampoco hay, por lo general, muchos interesados en adentrarse realmente en serio en estos temas. Es complejo el asunto y es más fácil mirar el piso, evadir el problema o decir que justo en este momento no tenemos tiempo para preocuparnos de ellos, ya vendrá el momento. La otra y genial excusa es el tema de las confianzas y costumbres. Claro, es que es mi amigo de toda la vida, es que nos parecemos, es que sabemos trabajar juntos. Nosotras, las otras, mejor en otro cubículo, en otra área.

¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Cómo nosotras damos (si es que hay que darla) la pelea? Ahí va la pregunta fundamental de este artículo (y les tengo malas noticias, todavía no lo sé, en eso ando). VerDeseo está incompleto si no se hace cargo de temas como este, porque la sustentabilidad, la ecología política de la felicidad, no es posible en un mundo donde una mujer se puede sentir a ratos como una persona negra viviendo en un Apartheid (pensemos que somos ni más ni menos que más del 50% de la población). Y no piensen que exagero, si eres un poco observadora verás cómo sutilmente el círculo se cierra y ahí están ellos, de terno, saludándose y comentando, nosotras afuera mirando.

Ahora el mensaje un poco más político. Se vienen las elecciones y bueno, no puedo dejar el tema para otro artículo, será muy tarde. ¿Qué haré este 13 de diciembre? El 13 de diciembre, a pesar de que jamás me atrevería a decir que la candidatura por la que trabajé hasta hace tan poco no estaba llena de contradicciones, finalmente marcaré por mí y por todas nosotras. ¿Por qué? Porque ahí al menos la contradicción existe y existí yo por un tiempo. Es un promesa por cumplirse, pero una promesa al fin y al cabo. Y más genuina, como siempre he pensado que es Marco, porque no se desprende de la contradicción y el conflicto, sino que los enfrenta, con aciertos y desaciertos, pero los enfrenta al fin y al cabo.

Hablando de nosotras, las otras, hablando de nosotros, los otros y todos estos tantos distintos y diferentes creo que me queda sólo un lugar donde hacer la rayita el 13 de diciembre.

Colombina Schaeffer

Socióloga UC