Aquellas Consecuencias


¿Has pensado alguna vez en como será tu vida una vez que egreses de la Universidad? Por estos días la Universidad se repleta de nuev@s futur@s alguien y doy por seguro que much@s de ell@s tienen algo así como un proyecto de vida. Pero tú que piensas en tu vida futura, ¿te has detenido alguna vez a analizar las consecuencias y condiciones que este proyecto tendrá para ti y para tod@s y todo aquello que te rodea?

Una familia con hijos, una casa, un patio grande, una nana, un trabajo exitoso, un perro y vacaciones internacionales. Claramente esto tiene consecuencias, incluso aquello más cotidiano, que damos por absolutamente sentado, tiene fuertísimas consecuencias y esta fundado en otras tantas decisiones. ¿Como estará constituida tu familia? ¿Cuanto le cuesta a la sociedad en total una enorme casa ineficiente con gran patio y piscina? ¿Cuantos otros tienen que fracasar para que uno pueda ser considerado exitoso? ¿Cuanta gente será enterrada bajo los efectos del cambio climático que se desencadenan en países pobres y no tan pobres alrededor del mundo, fenómeno del cual las vacaciones en avión son un importantísimo agente proveedor?

¿Crees por algún segundo que esto no tiene nada que ver con política, te sientes una persona a la que no le interesa la política o lisa y llanamente se declara apolítica? Aunque parezca improbable para much@s, es la política la que configura y configurará en gran medida hasta las condiciones más elementales de nuestra vida cotidiana. Y dado que hablamos de vida, son nuestro entorno próximo y todos sus sucesivos ecosistemas los actores primordiales de la política de este siglo.

Porque preocuparse del medio ambiente no es tan solo reciclar o comprar orgánico. Preocuparse exige una acción política concreta, darse cuenta de que el modelo económico, al que le damos tanto espacio y mérito, no es óptimo en sus fines para nuestro medio ambiente y por tanto menos para nosotr@s mism@s. Y este darse cuenta implica reflexividad, operar sobre nuestros errores para enmendarlos y cambiar nuestra vida misma. Un cambio que no implica necesariamente disminuir la calidad de vida, pero cuestionar ese supuesto modelo de calidad de vida actual, esa competencia desmesurada por el triunfo y la adquisición, un cambio que implica renovar el concepto mismo de vida y sentido. Esto puede parecer ambicioso o irreal, pero significa al fin y al cabo desenamorarnos del poder siendo políticos.

La nueva política nos lleva por el camino de la consideración: considerar a l@s otr@s y considerarnos a nosotr@s, pensar en varias dimensiones de consecuencias y ser capaces de llegar hasta donde nuestra mente nos permita con la voluntad de ejercer una vida ética. Una vida que busque lo mejor para mi que coincida con lo mejor para tod@s. He ahí donde reside la clave del juego, porque debemos de una vez dar vuelta el tablero y sacudir la interpretación normativa de l@s economistas que indican que buscamos la maximización del beneficio individual en un juego de suma cero, implicando esto que much@s deberán perder para que yo esté mejor, en el mejor de los mundos posibles.

No podemos ser jóvenes desencantad@s culpando al cielo o al suelo de que no haya verdades absolutas. Es ya momento de actualizar las luchas cotidianas y reconciliarnos con el ser human@s, con la reflexividad y la bondad. Momento de darle espacio a lo verde y a lo vivo y terminar de una vez por todas con la carrera por el desarrollo apresurado y aniquilador, cuyo único futuro es la impotencia de un camino sin salida.

Leonardo Valenzuela.

  1. Aníbal Fuentes

    Felicitaciones por el contenido de su blog (ya lo agregué a mi RSS) y sobre todo por el concepto de Ecología política de la felicidad.

    Al fin un buen llamado a dejar de comer placebos.

  2. A mí, la verdad, me importa un carajo… ni siquiera tengo proyecto de vida aún, así que no he pensado en a quién me cagaré con mi supuesto estilo de vida hype.
    Y me da lata estar pensando en un prójimo que no piensa en mi. A la mierda el San Alberto Hurtado. Yo no voy a dar hasta que duela. Trataré de zafarme antes.

    Saludos!!!

  3. El artículo me hizo recordar la discusión que tuvo Georges Faurè y Brontë Parrish (Green Card – 1990), sobre si valía la pena conservar el verde en la cementada New York:

    G: No sirve de nada
    B: Dile eso a los niños, ellos viven el caos, la desesperación…

    Me parece que nuestra voluntad se ve doblegada, agobiada, afixiada, a tal punto, que no nos parece plausible regalar a otros la oportunidad que nosotros no hemos tenido, y que ya creemos perdida.

    Es curioso, yo no sueño con la casa de patio grande, no obstante, me entusiasmo con una “escapada” al Cajón del Maipo o al Campo. Y es que el fatalismo de la generación a la que pertenezco se apoderó por completo de mi: mis aspiraciones van desde no estresarme “tanto” hasta poder “arrancarme” un rato y sentir naturaleza. La posibilidad de vivir un “segundo” de realidad que no es la mía.

    Entonces, si creemos que para nosotros la oportunidad está perdida, ¿por qué no pensar en la decendencia?, por último como instinto de conservación de la especie, pero de una forma más llevadera.

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