Motos, neoliberalismo y reflexiones sobre el medio ambiente


Hanoi al atardecer

En Ho Chi Minh City (ex Saigón) hace mucho calor. Un calor asfixiante, propio de una ciudad ubicada muy cerca de la línea del Ecuador. En invierno lo normal es sumergirse en unos 31° Celsius. El calor se te pega a la piel y hace que todo sea sol, transpiración y humedad. Pero en Saigón no solo hace calor: hay motos, muchísimas motos. Desde que llegas a la ciudad guías y panfletos informativos te harán saber que estás en la “ciudad de las motos” (con el tiempo el visitante entenderá que esta frase es cien por ciento literal). Con una población de 7 millones de habitantes, la ciudad alberga cerca de 4 millones de motos.

Lo interesante para el recién llegado será constatar que no solo hay motos como hormigas en un hormiguero. A las motos se suma la curiosa falta de semáforos y regulación. Recién a finales del 2007 se dictó una ley que obliga a los motociclistas a usar casco y a no transportar más de dos adultos y un niño por moto.

Importante para el visitante será también aprender a navegar en este mar de tráfico. Hay un orden, claro está, dentro del caos. Un orden que se rige por el siguiente principio (regla de oro que pude asegurar la supervivencia del viajero): el más grande y fuerte siempre primero (o si ustedes prefieren “la ley de la selva”). El tamaño del vehículo lo decide todo. Por lo tanto, primero pasa el bus o camión más grande, luego los autos, después las bicicletas, y finalmente el peatón. Así, cruzar la calle se transforma en toda una aventura (para quien disfrute de la adrenalina). Es recomendable hacerlo la primera vez junto a algún “local”. De hecho, basta con ponerse a su lado y seguir sus movimientos. Éstos consistirán en ir avanzando dando minúsculos pasos, pero ganando terreno. Hay que confiar, porque sucederá la mayoría de las veces, en que ellas te rodearán y esquivarán rápidamente y a escasos centímetros. Siempre hay que cuidarse de darles la pasada si la situación lo amerita. Luego de algunos minutos podrá el transeúnte encontrarse efectivamente cruzando la calle.

El sistema antes descrito opera de forma similar en varios lugares en el Sudeste Asiático. Pero en Saigón, dada la magnitud, se torna un monstruo motorizado que hace temerle a las calles. Dada la falta de semáforos se recurre a la bocina. Como todos quieren pasar primero y al mismo tiempo, las bocinas sonando son la regla, la música de fondo de ciudades como esta. Los tacos son increíbles, moverse en la ciudad pude tomar horas.

Países como Vietnam han vivido en años recientes una rápida apertura al mercado internacional. Si bien siguen siendo un país “socialista”, el capitalismo penetra de a poco, como régimen de organización e ideología, en los más variados ámbitos de la vida social, política y económica de los vietnamitas. Las motos son solo un ejemplo. El precio de las mismas es muy bajo (en comparación con un auto) en relación al poder adquisitivo actual de los vietnamitas. Son, claro está, pequeñas y de dudosa calidad. Adquirir una moto en una ciudad con 7 millones de habitantes y en donde todo ocurre cada vez más rápido y sin la infraestructura necesaria, se ha transformado en una necesidad. Antes, cuando eran solo unas cuantas -como ocurre hoy en día en Camboya- el asunto no era tema. ¿Pero qué ocurre cuando éstas se transforman en miles y luego millones? El sistema antes funcionaba, tenía una lógica. Pocas motos, ellas pasan primer y punto. No hay regulación ni infraestructura, pero tampoco importa mucho. En cambio ahora, que tenemos 4 millones de motociclistas, todos intentando pasar primero, el asunto se transforma en un caos, en una locura. Se hace imposible circular, los accidentes se hacen numerosos. Las calles se llenan de humo, la gente empieza a usar máscaras para manejar y caminar. Todos empujando, todos como hormigas, todos quieren pasar, todos quieren llegar primero. Son miles de bocinas, todas sonando al unísono, todo el tiempo. Esta es la “ley de la selva”, de la competencia “libre” y pura (sin regulación alguna), esta es la “ley del más fuerte”.

Pero las motos simbolizan algo más y nos acercan al corazón de uno de los grandes temas y problemas del mundo moderno: la relación de los hombres con su medio o entorno. La Tierra no es infinita, los recursos tampoco. El deterioro es alarmante, querámoslo o no. Y el modelo imperante (llámesele de mercado, neoliberalismo o como sea) simplemente no es sustentable. Es un modelo que funciona como las motos en Vietnam y que implica personas sin relación alguna con su medio ambiente. Implica también la falta de reflexión sobre las consecuencias de la acción individual. Y no es que se solo cosa de ponerse a pensar en términos de externalidades. No estamos ante una “falla del mercado”, sino que a las consecuencias de un mercado desregulado y de un individualismo desmedido.

Las motos en Vietnam me llamaron la atención por la similitud de lo observado con lo que sucede en materia ambiental. Si todos queremos llegar siempre primero y agotamos los recursos al mismo tiempo (en este caso el espacio, la calle), terminamos llenado todo de humo, ocupando todo el espacio y viviendo nosotros mismos en la contaminación. El motociclista piensa en sí mismo a la hora de comprar una moto, al igual que todos quiere y tiene que llegar rápido a distintos lugares. Entonces todos, sin consideración alguna, nos subimos al mismo tiempo a la moto. Así pasa y ha pasado con el medio ambiente. Yo no sé si nos gustaría ver al fascinante planeta Tierra convertido en algo similar a Saigón: un hirviente, sonoro y humeante lugar, en donde el más fuerte y grande pasa primero, mientras los más pequeños van dando pequeños pasos esquivando y evitando ser aplastados, tratando de llegar a la otra vereda.

Colombina Schaeffer.

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