Resultados (in)esperados


No me considero alguien que adhiera a una postura ecologista, a veces (muchas más de una para ser exacto), me cuesta entender el concepto en su amplitud y sacarlo de una semántica únicamente medio ambiental y biologicista. Por ende mi prisma será distinto, más que propositivo -por falta de ingenio- pretenderá ser descriptivo, y probablemente, fatalmente descriptivo.

Si existe una causa para que hoy nos cuestionemos respecto a los límites de la utilización y re-utilización de nuestro entorno creo que hemos de referir lo que situó aquella utilización en el límite de la disponibilidad; aquella operación que codificó el mundo como un lugar no sólo accesible sino también susceptible de dominación y disponible a los intereses de la gloria del individuo. Independientemente de estar a favor o en contra de la noción anterior existe, creo, un hecho que innegablemente anula, hoy por hoy, la valía de un juicio ético sobre éstas materias, a saber: la imposibilidad de un cálculo racional de la acción humana.

Puedo anticipar la negación de la sentencia anterior, de ahí que brevemente intentaré explayarme sobre el particular. El “sistema”, “modelo”, “jaula” o como quieran llamarle ha sostenido sus bases en la posibilidad del cálculo racional de las consecuencias de la acción humana utilizando como modelo paradigmático el ejemplo del actuar económico, esto es, la posibilidad de anticipar racionalmente la existencia de pérdidas o ganancias ante la existencia de, digamos, una alternativa de inversión. Mi acento radica aquí en la imposibilidad “real” del cálculo racional de las consecuencias a largo plazo de una acción que pretende ser categorizada como racional. Teorías contemporáneas, como la del Caos, han puesto especial énfasis en la imposibilidad de determinar un espacio de observación adecuado en vistas de contemplar la cadena efectiva de causalidades que puede derivar un actuar determinado, o de forma más basta, que no tenemos real conciencia (racional) de las consecuencias que nuestro actuar presente puede tener en el futuro. Esta noción aleja toda orientación normativa, de modo que no sabemos si las consecuencias serán “buenas” o “malas” puesto que, sobre la marcha, tampoco conocemos cuándo termina aquella cadena de causalidades.

Evidentemente la aceptación de una propuesta como la planteada tendría nefastas consecuencias no sólo para el orden social y económico -en atención a la dificultad asociada en el establecimiento y aseguración de expectativas-, sino que igualmente comportaría un cambio general de la manera en que contemplamos nuestra pertenencia a los criterios que nos agrupan y asimismo en la forma misma de participar de nuestros días. Una respuesta, agobiante, se inclinaría por una parálisis total que sería negaría cualquier punto de orientación otorgado por la razón. Otra respuesta, no más esperanzadora mas quizás plausible, se orienta en la aceptación de los límites de nuestro actuar y, con ello, con la renuncia a cierto tipo de ambición: la de la disponibilidad de los elementos de nuestro entorno (y refiero aquí a todo tipo de elementos, “subjetivos” y “objetivos”). Esta orientación, menos mía que borgeana y menos borgeana que budista, entrega la posibilidad de pensar, por un instante, que cada uno de nosotros es todos los hombres y mujeres que son, han sido y serán; de ahí que los medios disponibles han de ser actualizados sin perder el horizonte de la cadena de causalidades infinitas que, no por observancia pero quizás por temor, hemos de considerar. No hablo aquí de un temor limitante en un sentido negativo sino una conciencia de nuestros propios límites que, en tanto tal, permita la añoranza de superarlos.

Progreso, Desarrollo y Futuro son ya conceptos que se nos escapan de las manos como granos de arena; mas tampoco considero que la aceptación ciega del riesgo y la deriva sea una solución. Mi humilde reflexión apunta a superar los móviles colectivizantes de acción y los modos individualizantes de defensa; el mar de Aral y las inseguridades del “mundo libre” deben ya operar como lección suficiente. Creo que hemos de cambiar la escala, no por una “escala humana” (ridículo grito al aire desde las alturas del olvido de lo humano) o un revival de una concepción personal que muchas veces me aparece demasiado contaminada de normatividad. Somos seres humanos, hijos de otros seres humanos y padres de los futuros habitantes de nuestras calles, no más. Tampoco menos.

Patricio Velasco F.

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