Verdeseo

Andes ¿Empire?


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Todas las mañanas, cuando salgo de mi casa, tengo la suerte de observar aquella parte de la ciudad donde está la cordillera. A veces lo hago escuchando la canción de Leo Quinteros que lleva como título aquello que corona estas letras. Otras, las más, con alguna otra buena canción.

Salir y mirar hacia el oriente es más que un ejercicio de posicionamiento: es un esfuerzo por situarme y contemplar una referencia que en su majestuosidad se torne absoluta. Y me sitúe. Yo aquí. La montaña allá.

No soy un admirador ferviente de la naturaleza (alguna vez esgrimí el no ser “ecologista”), pero sí declaro mi fascinación por habitar esta ciudad. Me agrada ubicarme siguiendo hitos naturales: caminar hacia la cordillera, a dos cuadras del río, cerca del cerro. Puede ser pueril, pero me agrada mucho más que decir “a tres cuadras de tal o cual estatua”.

¿El problema? Muchas veces, cuando salgo de mi casa por las mañanas, no puedo ver la cordillera. El aire está contaminado. Demasiado como para admirarla. La pregunta que me hago entonces es la siguiente: ¿será que un día olvidemos que allí está la cordillera? ¿Llegará un momento en que tengamos que cambiar la orientación; aquel sentido de caminar a un “hacia allá” sin referencia a los Andes?

En más de una oportunidad he constatado cómo la voluntad humana, enarbolando discursos modernos de eficiencia, ha alterado el horizonte de nuestra cotidianeidad, incidiendo en el modo de pertenencia del espacio común.

Menciono un caso: el del embalse La Paloma, en la cuarta región, camino al Valle del Elqui. Allí hubo un pueblo que ahora se haya sepultado bajo el agua. Mientras, el municipio de Monte Patria se enorgullece del embalse diciendo que es “un espectáculo magnífico y que en él se puede practicar la pesca del pejerrey y distintos deportes náuticos”.

¿Qué pasó con la historia de las personas de aquel pueblo? Ahora, nadie hace referencia al pueblo. Lo que ahí existe es el embalse. Y esa es la nueva referencia.

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En Santiago la cosa no es distinta. Día a día muchas casas, con historias familiares incluidas, son derrumbadas en pos de otras nuevas. Torres eficientes que, es cierto, cobijan a más personas, pero sólo una vez que se ha arrasado con la gente que habitó la ciudad.

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Los muros, parafraseando al Borges de “Los dos reyes y los dos laberintos”, nos sirven para orientarnos. Para llegar hacia algún punto. Si seguimos destruyendo o encubriendo aquellos referentes que nos permitían orientarnos -murallones que la naturaleza impone a nuestra voluntad- no sabremos cómo llegar a nuestro destino. Y temo que cuando eso ocurra, no nos quedarán ya destinos que seguir.

Patricio Velasco F.
Sociología UC.

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