Kiribatinianos aguafiestas


Kiribati es lo que llamo “países islas”, esos extraños grupos de islas (a veces sólo una) ubicadas en Oceanía, en el Océano Pacífico; todas tan pequeñas y diseminadas y que agrupadas llamamos Kiribati, Papúa Nueva Guinea, Islas Cook, Samoa, etc. Aunque parezca increíble y poco plausible, conforman, a su manera, una unidad territorial y nacional.

Kiribati posee un área total de 717 km2, lo que equivale a cuatro veces el tamaño de la ciudad de Washington D.C. Su superficie oceánica, sin embargo, equivale al total de la parte continental de EE.UU. En total son 33 atolones dispersos por el mar.

Lo que hoy en día se conoce como Kiribati fue descubierto por los ingleses en el s. XVIII, quienes allí establecieron un protectorado y luego una colonia. Durante la Segunda Guerra Mundial Japón invadió algunas islas. Tarawa, la actual capital de Kiribati, fue el escenario de lo que algunos describen como una de las batallas más sangrienta de los marines estadounidenses en 1943. Luego, una vez finalizada la guerra, durante los años 1950s, los británicos realizaron tres pruebas nucleares en la zona. A partir de los años 1970s, diversas islas y archipiélagos empezaron a declarar la independencia. Así, en 1979 Kiribati se establece como un estado independiente.

Esta turbulenta historia no ha estado exenta de consecuencias. En los años 1980s la ONU establece que Kiribati es uno de los países más pobres del mundo. Esto desencadenó una oleada de recursos humanitarios, y dada la constante falta de recursos del país, en los últimos años la ayuda financiera internacional (especialmente del Reino Unido y Japón) ha significado entre el 25-50% del PIB de la nación. El problema reside, en parte, en que Kiribati no posee muchos recursos naturales, y las reservas de fosfatos fueron acabadas por los países colonizadores antes de la independencia. El terreno es bajo y calcáreo, lo que dificulta mucho la agricultura en el país. Por otra parte, Kiribati es un país superpoblado, con tasas de crecimiento poblacional de más de un 2%.

En 1989 un informe de la ONU señalaba que de seguir aumentando el nivel del mar producto del calentamiento global, Kiribati sería uno de los primeros países del mundo en desaparecer. Hoy en día Kiribati ya comienza a hundirse, y no deja de sorprenderme la imagen (bastante popular a estas alturas) del Primer Ministro del país, Anote Tong, quien estuvo de gira por el mundo hace pocos meses buscando estados nacionales que se comprometieran a ayudarlos cuando mar inunde las tierras de Kiribati. De hecho, el nivel del mar ya ha aumentado los suficiente como para que algunas de las ya escasas tierras cultivables hayan tenido que ser abandonadas.

El tema de Kiribati me llama la atención por muchas razones. En primer lugar, el evidente y extraño hecho de que Kiribati efectivamente va a desaparecer. Es decir, un lugar en el mundo, un grupo de personas que se ha autodenominado Kiribati, un país, una historia, se hundirá bajo las aguas del mar. Así, sin más, no en mucho tiempo más (se pronostican 50 o 60 años), Kiribati dejará de existir. Es verdad que el país queda lo suficientemente lejos y es lo suficientemente desconocido como para que esto pueda incluso pasar, por así decirlo, desapercibido. ¿Alguien conoce algún kiribatiano? Es más, ¿dónde ubico a esos pequeños atolones dispersos en el mapa? Sin embargo, Kiribati es un país y existe. Personas lo habitan, allí hay una historia, un mundo.

En segundo lugar, y más concreta y prácticamente relevante, me llama la atención el tema por todo lo relativo a la reubicación de los kiribatianos. ¿Quién se hará cargo de esto? ¿Quién los recibirá? ¿Debe alguien recibirlos? Y esto nos lleva a preguntarnos, ¿quién es responsable de que los kiribatianos “desaparezcan”? Es más, ¿existe algún responsable? Y de hecho, la respuesta aquí (cosa rara), sí tiene existe: todos. El calentamiento global lo producen, y han producido, los seres humanos; si bien es cierto, no todos por igual, para qué decir los kiribatianos. Si somos todos responsables, ¿debiésemos todos hacernos cargo? ¿Quién paga el traslados y los costes de reubicar a aproximadamente 110.000 personas (la población de Kiribati)? ¿Debiesen, acaso, ser los kiribatianos indemnizados? De ser así, ¿quién debiese hacerlo?

Finalmente, hay un tercer elemento que creo va aun más lejos y que compete a los mismos kiribatianos. ¿Tienen ellos aquí algún derecho involucrado? Me refiero no sólo al derecho a no morir ahogados cuando las aguas suban, sino que al derecho a elegir dónde serán reubicados. Porque no es lo mismo irse a vivir a Suecia, que a Alemania, Nueva Zelanda, Mozambique, Nigeria o Brasil. No es lo mismo portar un pasaporte de la Comunidad Europea que uno de Irán. Por ende, ¿quién decide la nueva nacionalidad de los kiribatianos? ¿Quién decide su futuro estatus en el concierto mundial? Es más, ¿pueden ellos decidirlo? ¿Les compete? ¿O simplemente se deben ir a dónde les toque? Algo así como “bueno, es lo que hay”. ¿Qué sería lo justo?

No está de más mencionar que el único país que se ha pronunciado, y que se ha comprometido a ayudar, a la fecha, es Nueva Zelanda. En este sentido, y hablando de planificar, no estaría de más que desde ya se definiera el futuro de los habitantes de Kiribati, ya que emigrar, adaptarse e integrarse a un país no es cosa que se haga en un segundo, y trae consecuencias tanto para los recién llegados como receptores.

Kiribati es sólo, finalmente, un “punto en el mapa” (literal y metafóricamente hablando). Ahora son los kiribatianos, pero sabemos que en el futuro próximo (cada vez más próximo), muchas otras zonas del mundo, en algunas de las cuales no viven 100 mil, sino que millones de habitantes (por ejemplo, esa pequeña puntita de la India que sobresale en el mar), se sumergirán bajo el mar. ¿Qué pasará con los de entonces refugiados ambientales (ya existe el concepto y todo)? Lo preocupante no es que los kiribatianos vengan a aguarnos la fiesta, sino que no son ni serán los últimos.

Colombina Schaeffer.

Sociología UC.

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