Persona precavida vale por dos… o por toda una nación (quizás un planeta)


Hace algunos días, en clases, me enteré que la Comisión Nacional de Energía (CNE) estaba considerando la posibilidad de incluir dentro de sus prioridades el tema de la planificación energética. En ese momento me di cuenta de que mi pregunta, “¿Acaso Chile no lo ha hecho nunca?” estaba fuera de lugar. Hasta la fecha, increíblemente, Chile jamás se había preocupado por planificar en temas de energía, más allá de proyectar una demanda energética esperada mediante pobres modelos de predicción hídrica. Modelos, dicho sea de paso, llenos de supuestos que manejaban personas sin la amplia y necesaria visión para generar planificaciones efectivas en estos temas. Por lo visto, Chile no se había preocupado por su futuro, dado que al no pensar en el mañana a conciencia; en el fondo no nos estamos preocupando en absoluto por él.

Politica energética

Política energética

Al mirar nuestra historia reciente y no tan reciente, vemos que no nos hemos preocupado responsablemente por lo que nuestras acciones producirán en el futuro. Ya lo vivimos a fines del siglo XIX, cuando José Manuel Balmaceda intentó dejar algo del capital del salitre que las empresas inglesas se estaban llevando fuera del país, para futuros desarrollos de la nación; o, cuando observamos atónitos como los excedentes del cobre en la década de los noventa no se usaban para nada más que elevar los estándares de lujo y no para contribuir al desarrollo tecnológico y social del país. Finalmente lo vemos hoy cuando sin titubeos relegamos el acto de pensar y planificar a conciencia al final de la cola, reemplazándolo por un simple y fácil “pongamos una mega central hidráulica, si al final nos sobra el agua”.

Arguyendo con débiles sentencias como: “es algo muy difícil para pensar siquiera en tratarlo”, o “realmente no tiene relevancia en el corto y mediano plazo”, Chile, y para ser sinceros gran parte del mundo, se ha hecho el loco en lo que a temas de planificación en el uso de recursos se refiere; desestimando el uso de modelos para determinar los efectos de ciertas acciones de gran envergadura en el entorno. Y es que no nos gusta pensar en el futuro, puesto que nos arruina los negocios y hace que nuestras panaceas económicas no sean tan fabulosas y óptimas como uno esperaría que fueran. “Es complicarse de más”, dirían muchos eruditos entendidos en estas materias; “es tener una actitud pesimista”, dirían otros; es herir el valioso crecimiento económico con discursos impopulares, argumentarían tanto otros.

Si meditamos un poco, lo anterior parece ser una conducta natural en todos nosotros, el futuro tiene poco valor, y dada nuestra estrecha visión como los seres finitos que somos, asumir los riesgos de no planificar a nivel macro y de basar nuestras decisiones en supuestos pobretones y simplones parece la opción más natural. Al fin y al cabo, difícilmente veremos lo que suceda en el futuro debido a nuestras acciones como sociedad. En ese distante futuro estaremos muertos, y ya no nos preocupará qué diantres pase, mal que mal, hemos sido buenos padres/madres; hemos dejado una buena herencia, educación y herramientas con los cuales nuestra progenie deberá lidiar con todos los cachitos que dejemos como legado para la humanidad. Una lógica simple… demasiado simple para ser sinceros.

Lamentablemente, el día a día se está encargando de mostrarnos que no podemos vivir más sin pensar ni meditar las consecuencias de nuestros actos. Casi como resultados obtenidos de laboratorios in vitro podemos ver por todas partes en el mundo regadas las consecuencias concretas de nuestros actos. Desde el temido y afamado cambio climático, hasta ejemplos duros y concretos, como la desaparición de Kiribati debido a los efectos de las variaciones de la temperatura a nivel mundial; o la aniquilación social y ambiental de Nauru debido a su falta absoluta de planificación efectiva y consciente.

Si bien estos ejemplos son sólo muestras pequeñas de un universo más extenso (nuestro mundo) -y bajo esa perspectiva están faltos de muchos de los componentes y relaciones, interacciones y procesos, que son subyacentes a un macro sistema como la biósfera-, son una muestra clara de lo que puede suceder si actuamos sin usar el mayor talento que la evolución nos concedió: la capacidad de pensar. Kiribati, Nauru, el mar Aral, todos ellos macabros experimentos involuntarios, nos muestran las consecuencias de un uso indiscriminado de los recursos, y de un abuso de la famosa expresión económica que en toda clase de economía se deja escuchar: “ceteris paribus”… todo lo demás constante.

Danilo Jara.
Ingeniería UC.

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