¿De qué nos sirve el horizonte?


Preguntarse por el horizonte implica preguntarnos por desde dónde nos presentamos ante él. Una breve reflexión que intenta responder hacia la pregunta primera, aquella que permite el movilizarnos de forma tan honesta como “crítica”.

Habitamos el mundo, estamos situados en él, y muchas veces lo cercamos –por medio de muros y rejas- tanto como a nuestro propio andar cotidiano. De lo anterior se sigue que no sólo estamos situados en el mundo; aquel estar situado implica una consecuencia asociada sobre el reconocimiento de los límites del mundo. Así, no estamos únicamente situados en el mundo, sino igualmente sitiados por/en él. Tanto como nuestro propio cuerpo tiene límites –que más de una vez hemos de haber bordeado en razón de alguna semana de pruebas y/o juerga– estamos situados y sitiados en medio de un mundo que nos contiene, nos retiene (y en más de una vez, esperamos, nos explica).

Estar en el mundo puede significar, del mismo modo, que tenemos un punto de observación, un lugar desde donde –las más de las veces– nos contemplamos como situados y –las menos– como sitiados en él. Aquel lugar es la respuesta al ¿desde dónde? No atiende así a responder por el por qué ni el cómo. Es aquel hito que se invisibiliza en el tránsito cotidiano y que, de cuando en vez, aparece al observar las azoteas de los edificios o, mejor aún, la inmensidad de aquello que nos contiene. ¿Puede el desde dónde determinar el cómo o el por qué? Considero que sí, el responder por el lugar que ocupamos da cuenta tácitamente del modo en que habitamos y puede así orientarnos en los venideros pasos.

En caso que el punto anterior sea concedido hemos de llegar a un momento ulterior. El dar cuenta de nuestra situación (situada y sitiada en el mundo) comporta necesariamente la ocupación por responder hacia lo que observamos. Conocemos atendiendo a lo que no somos y así, tomamos razón de nuestro Standpunkt, de la posición que nos orienta. De este modo se torna tan problemático lo que observamos como nuestra propia posición. La cuestión radica entonces en qué es lo que vemos cuando nos reconocemos como situados en el mundo, como aquello que dará pie a la constitución de nuestra propia imagen.

Los artículos del presente número de Verdeseo nos ilustran respecto al modo en que hemos alterado aquello a lo que atendemos cuando nos detenemos a observar(nos). El horizonte alguna vez azul del “mar” de Aral hoy se haya trastocado en el más fértil de los desiertos –tanto que, incluso, florecen en él barcos de pesca; Kiribati poco a poco se sume en sus propios límites y desaparece en las aguas que parecen haberse trasladado desde el Aral. Allí no es posible ya situarnos, reconocernos y darnos el espacio para ser increpados por la inmensidad del horizonte, en el modo que sí lo fue hace menos años de los que nos gustaría recordar. ¿Es este un fenómeno propio de la alteridad, de la lejanía? Mi respuesta es, quizás urgente, mas no por ello menos negativa. ¿Qué es posible ver hoy al situarnos a la salida del Campus Oriente? ¿Cuáles son nuestros referentes, que conforman el horizonte, al intentar admirar la cordillera desde algún puente en la Costanera? ¿Cómo vemos hoy la bahía de Valparaíso desde avenida Altamirano? Todos aquellos espacios que alguna vez pudieron ser la referencia situacional de un momento íntimo de reflexión –solitud, o como quiera llamarse– de cualquiera de nosotros, hoy ya no existen del modo que lo hicieron. Han desaparecido y, con ellos, la conformación del horizonte que definió nuestra situación.

¿Es lo anterior una crítica sin miramientos hacia el progreso/desarrollo/emprendimiento? Sí e igualmente no; la respuesta requiere de la aclaración de ciertos puntos. Leopold ha señalado que “una ética, en términos ecológicos, es una delimitación a la libertad de acción en la lucha por la existencia”; se argumentará que aquel componente limitante de la acción es evidentemente una contraveniencia al principio individualista de libre determinación y, por demás, es una crítica cierta. La pregunta correcta es referente a “la existencia” de quién nos referimos, ahí está, creo, el diferencial capital respecto a la crítica ilustrada y la paradoja respecto al discurso “esperanzador”. En efecto, segunda guerra y estalinismo mediante, no considero plausible seguir orientando la respuesta a la pregunta respecto a la existencia de quién hacia una respuesta que sentencie, sencillamente: el sujeto. Lo que sostengo no es nuevo mas no por eso, creo, menos acertado. Ejemplos como el de Aral, Kiribati, Camboya, etc. dan cuenta de cómo una errada respuesta a la pregunta por el quién tiene nefastas consecuencias: somos seres humanos en el mundo y, ante el mundo y su inmensidad, y de la que sólo nosotros podemos dar cuenta. Nuestras acciones, así, deben estar determinadas –quizás incluso más que limitadas– por la preservación de nuestra existencia pero, precaución, nuestra existencia se da aquí, sucede en el mundo. Lo anterior supone aceptar un defensa férrea de lo humano tanto como de aquello que permite el aparecimiento de tal fenómeno, esto es, el mundo que nos (con)tiene.

¿De qué nos sirve, entonces, el horizonte? El horizonte nos sirve para caminar, es cierto, mas igualmente hemos de saber primero desde dónde lo hacemos para luego preguntar por el hacia dónde. Situarnos ante el horizonte nos da pistas sobre nosotros mismos y alterar tal horizonte olvidando quienes somos deforma igualmente nuestra propia situación. Nos movemos, así, hacia la pretensión de alcanzar un punto cuya finalidad no es la de apropiación sino la de reconocimiento. Volver a enarbolar un discurso esperanzador sobre el futuro no es entonces imposible, sólo debiese construirse desde un punto cierto de nuestra propia situación y ante la admiración de un horizonte que de cuenta de nuestra propia finitud. Ya no entonces “quietismo” sino movimiento, dando el “primer paso”: observar dónde se afirman nuestros pies.

Patricio Velasco F.

Sociología UC.

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