El desierto blanco de Uzbekistán


 

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Si hace 40 años la ciudad de Moynaq, en Uzbekistán, era un puerto robusto de 20 mil toneladas de pescados anuales, hoy no es más que un cementerio de buques corroídos por la sal del mar de Aral, fuente de vida de Moynaq que, a la fecha, ha perdido más del 75% de su volumen.

El desastre llegó con las políticas de Nikita Khrushchev en la década de los 50, cuando Uzbekistán era una de las joyas del anillo soviético. En ese tiempo, Khrushchev decidió irrigar las tierras del oeste uzbeco como parte de un plan agrícola que transformaría a este país en el segundo exportador de algodón después de EE.UU. y para hacerlo, el líder ruso estaba obligado a cambiar el curso de Amu Darya y Sir Darya, los dos ríos más importantes que nutrían al Aral.

Pero los efectos del plan agrícola no sólo han degradado al otrora cuarto lago más grande del mundo –en rigor, el Aral siempre fue un lago– sino también, a las tierras de cultivo del ex territorio soviético.

“Treinta años atrás, este fue un campo de algodón”, dice un viejo agricultor de Khujayli, vecina ciudad de Moynaq, al New York Times. “Pero ahora no es más que una tierra de sal”.

Si en 1982 la sal de los ríos uzbecos devastó al 38% de las tierras irrigadas, en 2001, según la ONU, el daño alcanzó a un 46%.

Sin embargo, nadie entiende por qué el gobierno uzbeco, 17 años después de recuperada su independencia, se niega a cambiar su infame sistema agrícola. Lo cierto es que los daños producidos por la irrigación ya alcanzaron a las zonas australes. Sin ir más lejos, la región sureña de Bukhara disminuyó el 15% de sus plantaciones de algodón en los últimos ocho años.

Según el diario La Tercera, alrededor de un millón de hectáreas ya se dieron por irreversiblemente perdidas debido a la extrema salinidad de los suelos.

Pero el ciego y terco gobierno no da su brazo a torcer, pese a que los precios del algodón han decaído considerablemente tanto como su producción. Incluso en regiones como Jizzax, en la zona central de este país asiático, los campesinos están obligados a sembrar el blanco material, de otro modo, se les castiga con grandes multas.

Los pobladores de este país no la están pasando bien, porque además de este drama agrícola, los especialistas aseguran que una severa sequía los acecha. Un pronóstico fatal desde todo punto de vista, pues Uzbekistán depende del agua del vecino Kyrgystán, país que además utiliza dicho recurso para generar electricidad.

¿Hay esperanzas para los uzbecos? Para los especialistas en temas agrícolas sí la hay, pues con una adecuada irrigación, aseguran, y con un sistema basado en la sustentabilidad que permita el sembradío de otros productos, tales como el trigo, las tierras de la que fuera la antigua Ruta de la Seda, podrían salvarse.

Carlos Oliva.

Periodista UC.

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