Síndrome Camboya


Visitar Camboya es agotador, un escenario miserable, deteriorado, plagado de personas mutiladas, niños abandonados, motos y basura se mezcla con uno que otro vehículo blindado último modelo, un palacio dorado con jardines franceses, y uno que otro emergente centro comercial. Los espectadores son primermundistas que maravillados tratan de explicarse la eterna sonrisa de aquellos que en apariencia no tienen razón alguna para sonreír.

La historia reciente de Camboya tiene de vinagre y agraz, episodios de intensa violencia, un traumático genocidio y el intento cínico de levantar la moral de una nación que fue devastada por uno de los más crueles experimentos sociales de la historia de la humanidad. En 1975 Pol Pot, un revolucionario formado en la academia francesa y el maoísmo chino, dio inicio al loco proceso de transformación radical que dejó al país en cenizas. Durante 4 terroríficos años el Khmer Rouge de Pol Pot llevó adelante un proceso de ruralización que buscaba forjar al “hombre nuevo” made in Camboya.

Las ciudades fueron vaciadas, las familias separadas y todo el mundo obligado a trabajar la tierra por jornadas absurdas; el alimento fue racionado en porciones ridículas y un cuarto de la población masacrada. No se toleraba el disenso, el cansancio o las emociones; cualquier muestra de debilidad moral era castigada con la muerte y los hijos eran responsables de mantener bajo observación a sus “moralmente” corruptos padres. Mención aparte merece el asesinato de todo aquel que fuese un potencial intelectual, sospechoso de saber leer. La muerte a balazos era un lujo de pocos, dado el alto precio de las municiones; la gran mayoría fue destrozada a culatazos o electrificada en camas estilo parrilla que tan famosas fueron hace un par de años en Chile.

Pol Pot buscaba la independencia alimentaria de Camboya, y para ello puso a trabajar como esclavos a toda la población en la explotación agrícola intensiva. Se arrasaron miles de hectáreas de bosque tropical, exponiendo un frágil suelo al sol y la erosión, mientras millones de camboyanos trataban infructuosamente de sacar alguna producción de esos suelos incapaces de acoger semejante abuso. Mientras más trabajaban la tierra, más se iba deteriorando, más se agotaban los trabajadores, y menos alimento disponible existía para el total de la población.

Mientras tanto, la comunidad internacional permaneció muy tranquila, viendo la pintoresca imagen de aquel tipo exaltado que andaba buscando los valores tradicionales en el campo con su grupito de famélicos hombrecitos. Nadie reaccionó, y tuvo que ser Vietnam, quien recién se venía recuperando de la guerra, quien liberara a los camboyanos de ese horrible genocidio.

Luego de la liberación los vietnamitas se quedaron un tiempo prestando asistencia, hasta que los camboyanos volvieron a ejercer soberanía. Para sorpresa de muchos, quienes volvieron al poder fueron los mismos hombres de Pol Pot; los muchachos del Khmer Rouge volvían en gloria y majestad, cambiando el traje de guerrilleros por caros trajes y enormes autos. Esa misma comunidad internacional que hacía unos años miraba con indiferencia veía una oportunidad de negocios en este país que ahora debutaba en la democracia. A los empresarios del mundo no les importaba con quienes estaban tratando y estrechaban sin remordimientos las manos de criminales de guerra de la peor calaña para abrir talleres de fabricación de zapatillas. Esos talleres son los tristemente famosos cuarteles de trabajo esclavo de la globalización.

Poco a poco los turistas empezaron a llegar a esta tierra, pese al riesgo de las minas y los secuestros que en los 90s todavía seguían ocurriendo. Los fines de estas visitas eran sumamente culturales, primero visitar las ruinas de Angkor Watt, las mismas de la película Tomb Raider, y luego contratar un par de niñas o niños prostitutas al valor de una botella de refresco.

Estas eran las bondades del nuevo modelo neoliberal y “democrático”, había más plata circulando, pero al mismo tiempo menos alimentos disponibles. Los familiares del Primer Ministro Hun Sen, y hasta el mismísimo Primer Ministro, se dedicaron a privatizar y explotar los recursos del país, a la vez que a punta de bazucas mantenían la democracia a su favor. En esta democracia no existen alternativas u opciones, si surgen dudas sobre por quien votar un funcionario militar bien apertrechado siempre ayuda con la decisión. La gente vota, pero de poco sirve cuando las decisiones políticas de verdad las toman los inversionistas y quienes tienen el control económico de la nación. Esto se torna más grave aún al constatar que la principal exportación de la nación es la madera, y quienes la explotan forman parte de los ministerios y la familia de Hun Sen, el líder democrático. Así, tanto el poder económico como el político se encuentran en las mismas manos.

La tala de bosques en Camboya se aceleró al punto de arrasar en menos de 20 años con más de un tercio de la cobertura de bosques tropicales del país. Este arrase acabó con ricos ecosistemas al punto que especies tan comunes como el elefante han sido barridas por completo. Sin embargo, la terquedad de los “emprendedores” sólo ha acentuado este proceso; hoy en día los empresarios forestales siguen talando pese a la prohibición impuesta. De las enormes extensiones de bosque tropical se ha dado paso a plantaciones de árboles de goma o aceite de palma.

Las comunidades rurales, que descienden de los sobrevivientes del genocidio, han tratado de retomar sus vidas en el campo. Pero la normalidad que ellos buscaban se ha mostrado como inalcanzable, puesto que el progreso se les vino encima. Estas comunidades se dedican a la recolección de resina, una actividad sustentable que permite la conservación de los bosques nativos y la provisión de alimento.

Este tipo de situación tiene sin cuidado a los empresarios forestales, quienes quieren el mayor crecimiento económico en el menor plazo posible. Han talado ilegalmente miles de hectáreas de los bosques que daban el sustento a estas comunidades, y la madera la disfrazan de leña para evitar todo pago de impuestos. Las comunidades ya no poseen sus bosques sagrados, en lugar de ellos han recibido algunos árboles de goma como mitigación. Sin embargo, el temor de muchos de estos campesinos está en que estos árboles recién empiezan a producir a los 3 años de plantados, plazo durante el cual se verán privados de alimento e ingresos. Yendo aún más lejos, lo que estas comunidades más temen es la venganza del espíritu del bosque, del espíritu de la tierra, que como bien sabemos deja convertido en una cucaracha al espíritu del dinero. Esta última idea no es lo supersticiosa que puede parecer a primera vista, sino más bien la constatación de que sin una base material sustentable todo análisis o proyección económica carece de sentido.

En Camboya los empresarios siguen buscando el crecimiento económico sin importar el costo, incluso con el riesgo de dejar sin alimento a todo el resto de la población. Neoliberalismo, democracia, ajuste estructural y mercado en estas tierras no ha significado libertad, sino más bien el desplazamiento de un amo por otro. Es más, en último término, la degradación de las fuentes de sustento, la miseria y las muertes por hambre de hoy son tan inaceptables como el genocidio de ayer. Aunque las transacciones parezcan cada vez más limpias, estas siguen estando tan bañadas de sangre como los métodos revolucionarios del Khmer Rouge. Síndrome Camboya!!!

Leonardo Valenzuela.

Sociología UC.

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