Un futuro negro


Que el chancho esté mal repartido –la tesis de mi abuelo octogenario para explicar la desigualdad social– no me parece tan grave como enterarme que quien debe afilar el cuchillo no sepa dónde cortar. Y eso le pasó a Obama durante la discusión del plan monetario que abonará cerca de US$ 800 millones a la rota economía yankie.

Según The Economist, el afroamericano cedió a las presiones demócratas al aceptar la peligrosa cláusula del “Buy American” (compre sólo lo americano) sobre los beneficiarios del plan. Un blindaje ultra nacionalista que no sólo mermará el empleo dado por las firmas exportadoras, sino que también, hará ver al mundo que el garante del libre mercado sólo cubre sus espaldas.

Pero este acercamiento al nacionalismo económico no debiera sorprendernos. El mismo Bush comenzó a coquetear con esta medida cuando intervino los bancos con plata fiscal para frenar el huracán bursátil de los subprime (créditos hipotecarios de alto riesgo). Los mismos créditos que acabaron con el banco Lehman Brothers y carcomieron los fondos del American International Group, la aseguradora más grande del mundo. Por consiguiente, tampoco debiera asustarnos que el mismo The Economist coteje la impericia de Tim Geithner (actual Secretario del Tesoro), con las timoratas soluciones de sus predecesores:

«Su plan para un fondo de inversión público-privado para comprar activos tóxicos fue vago. Y la vaguedad, a su vez, llevó a la incoherencia. Y así, ¿cómo puede someter al test del esfuerzo a los bancos si no sabe cómo tratará a sus activos con problemas y a qué precio?»

No está mal “que cada uno mate su toro”, como reza el dicho. Pero en esta crisis financiera de escala global las soluciones de la Casa Blanca debieran apuntar más allá del Atlántico. Pero la realidad es otra, “porque en las recesiones todos somos keynesianos”, dice el ínclito Francisco Rosende, decano de la Facultad de Economía de la UC, para justificar los efectos del libremercado.

Y no se equivoca. Basta echar un vistazo al mundo y comprobar cómo la racha de medidas proteccionistas que la mayoría de los países está aplicando a sus economías está sembrado la desconfianza en el sistema neoliberal: India está elevando los aranceles al acero; Rusia ordenó cobrar peaje a los camiones de la Unión Europea; esta última, para no ser menos, decidió aplicar aranceles antidumping a los tornillos de China, mientras que EE.UU. hará lo suyo, según The Wall Street Journal, “con aranceles al agua italiana y el queso francés en represalia por las restricción a las importaciones de la UE a la carne americana”.

Mientras la Organización Mundial del Comercio (OMC) espera que las transacciones decaigan en un 2,1%, el Fondo Monetario Internacional (FMI) es menos auspicioso al creer que la economía de 2009 crecerá en un 0,0%, si es que el manejo estatal no la lleva a cifras adversas.

La situación del libremercado resulta paradójica. Sobre todo porque la política de proteccionismo estatal atacada por Reagan y Thatcher en los ’80 para llevar adelante la liberalización económica, es hoy el suero para mantener con vida este contradictorio sistema financiero.

Pero, ¿es la nacionalización tan antiamericana como parece? Para Paul Krugman, Nobel de Economía 2008, no lo es: “Es tan americana como un pie de manzana”, dice en su columna del New York Times. “Porque lo que aquí hay, es un socialismo cítrico: donde los bancos siempre ganan y los contribuyentes pagan el precio de los riesgos”.

Carlos Oliva Vega

Periodista UC.

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