“No hagas tú lo que no quieres que otros hagan”


Mucho se habla últimamente de modos de vida sustentable y de buena calidad de vida. También han tomado fuerza los conceptos de responsabilidad empresarial y social. Han surgido múltiples alarmas que nos advierten de lo poco sustentable de nuestra forma de vivir, por lo que mucha gente se está preocupando de su relación con el medio natural y social. Sin embargo me pregunto, ¿qué es lo que marca la pauta de nuestra forma de vida? ¿Cómo debemos comportarnos?

Para algunos esto estaría regido por la religión. Para otros lo que importa es la búsqueda de la satisfacción personal y familiar, manteniendo un comportamiento socialmente aceptable. Sin embargo, al parecer, lo anterior no nos asegura un futuro estable y libre de problemas ambientales, sociales y económicos. Muchas personas preocupadas de las consecuencias que tienen sus acciones han buscado mitigar o disminuir los efectos negativos de sus decisiones de consumo y estilo de vida. Usar eficientemente la energía, reciclar y otras acciones similares son importantes, pero no estamos seguros que sean suficientes, ya que no pueden considerarse por sí solas al evaluar nuestro estilo de vida. Tenemos que incluir todas los aspectos de ésta. Si tomamos, por ejemplo, a una persona que recicle todos sus desechos (un modelo de ambientalista dirían algunos), pero que consume una gran cantidad de productos, tenemos que considerar todos los impactos de ese consumo, como los gases emitidos por el transporte de esos productos. En cambio una persona que consume considerablemente menos productos, pero que no los recicla, podría tener un impacto menor en el medio ambiente.

Lo que quiero proponer en este artículo es una reflexión sobre nuestra forma de vida. Si bien la propuesta es cualitativa y requiere de mayor detalle, esta es un bosquejo para iniciar una metodología que nos guíe en la búsqueda de un modo de vida que realmente traiga los cambios que requiere un desarrollo sustentable y una buena calidad de vida para todos. Voy a partir con una conocida frase asociada al cristianismo; “no hagas a los otros, lo que no quieres que te hagan a ti”, cambiándola por “no hagas tú lo que no quieres que otros hagan”. Lo que propongo es que nos preguntemos; ¿que pasaría si todo el mundo viviera como yo lo hago? Al igual que Kant, podemos suponer qué pasaría si elevamos nuestras acciones a una máxima universal. Por ejemplo, si yo uso un vehículo grande, cuatro por cuatro, para andar en la ciudad, me imagino el caso hipotético en el cual cada habitante de la ciudad, que esté en edad de conducir, tenga el mismo tipo de auto. ¿Cabrían éstos en las calles? ¿Cómo sería el tráfico en esa situación? ¿Me gustaría una ciudad así? Lo mismo me puedo preguntar con otros aspectos de mi forma de vida, como la cantidad de energía que consumo, la cantidad de basura que genero y muchos otros.

Desde de un punto de vista empático nos podemos preguntar también, ¿deseo que todo el mundo pueda tener el nivel de vida que yo tengo? ¿Qué pasaría si esto fuera así? Ciertamente nuestro mundo no sería igual (obvio que va a depender del nivel de vida de quien se lo pregunte). Además, ¿qué pasaría con los sirvientes, basureros y otros? Tendría que implicar otro sueldo y estatus para que alguien quisiera hacerlo, si todos tenemos el mismo nivel de vida. ¿Es bueno que haya gente que haga esas funciones en la sociedad, en las condiciones que lo hacen actualmente, o simplemente es como funciona el sistema? ¿Deseamos que todos puedan tener lo que uno tiene o nos beneficiamos de que algunos tengan menos que otros?

La primera crítica que me surge de plantear este análisis, donde se busca imaginar nuestro modo de vida como si todos los habitantes del planeta lo tuvieran, es que no todos podemos hacer las mismas cosas, y alguna actividad excesiva puede ser compensada por otra. Puede que alguien utilice, por ejemplo, un cuatro por cuatro, pero al mismo tiempo, nunca viaje en avión. Para cuantificar nuestro modo de vida y evaluar si es sustentable que todos mantengan uno similar existe un concepto que puede ayudar a definir una unidad común para medir nuestras acciones. Este concepto es él de “Huella Ecológica”, donde se contabilizan las hectáreas del planeta necesarias para producir y recibir los desechos que implica nuestra forma de vida. Importante es considerar todos los aspectos de ésta, así como las implicancias directas e indirectas, lo cual no es fácil de medir.

Si consideramos que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, creo que también deberíamos evaluar si es posible que todos tengan la misma forma de vida que llevamos. Esto también debe ser evaluado por la gente que promueve un modo de vida sustentable y pretende vivir en un mundo próspero con una alta calidad de vida.

Robert Petitpas

Ingeniero Forestal (e) UC

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