Verdeseo

Literatura y Poder



 

Los políticos de hoy pasarían como grandes personajes literarios de no ser porque son de carne y hueso, y claro, porque sus ambiciones terminan por afectarnos inevitablemente.

Hace rato que Latinoamérica dejó de ser un bastión de dictadores. Pero a pesar de las diferencias entre esos líderes autocráticos y los demócratas de hoy, las ambiciones políticas de antaño no distan mucho de las detentadas por personajes como Chávez,  los Kirchner, el mismo Frei y Piñera; personajes que, por nombrar a los más cercanos, hacen lo imposible por ampliar sus tentáculos o ganarse el aprecio popular asistiendo a velorios de gente vulnerable, coartando la libertad de expresión con un fin “social” u ocultando las cifras de pandemias recientes para no afectar su poder en los comicios electorales.

Pero ¿qué puede faltarle a un hombre titulado de Harvard, senador por casi diez años y dueño de la tercera fortuna más grande de un país?; ¿o a un ex presidente que tras seis años de administración y casi diez en el parlamento vuelve a pelear por la banda republicana?; ¿o a otro, que tras su gobierno, luchó porque su mujer asumiera el mismo rol y que buscó en vano un puesto en el congreso argentino hace unos días?

Una respuesta abrupta sería la ambición o el poder, por cierto. Pero carezco de una respuesta concreta para la pregunta formulada y por eso acudo a Thomas Hobbes, quien nos explica que el poder consiste en los medios de un hombre para conseguir bienes en un corto y largo plazo, y que a través de los poderes de tipo natural (belleza, riqueza, nobleza, etc.) es posible conseguir poderes instrumentales y con éstos, los bienes anhelados por el hombre:

“El mayor de los poderes humanos es el que se integra con el poder de varios hombres unidos por el consentimiento de una persona natural o civil, y tal es el poder del Estado”.

El pathos de las figuras políticas mencionadas y sus símiles (Bush, Ahmadinejad y otros más) demostrado en la carrera por el poder, los hace condignos caracteres shakespeareanos y personajes panfletarios de la Rusia del siglo XIX. No por nada en el epígrafe de Conversación en La Catedral, Vargas Llosa cita a Balzac afirmando que “la novela es la historia privada de las naciones”.

Para quienes nos preguntamos, sucesivamente, qué hace al poder detentar más poder, nos basta con consultar clásicos como Macbeth, Animal Farm, el ciclo tebano de Sófocles o a los mismos novelistas del Boom y su larga meditación de la soledad latinoamericana.

Es curioso darse cuenta que al príncipe Hamlet, el personaje literario más inteligente de la historia, sólo le importa derrocar a Claudio (su tío paterno) para vengar la muerte y restaurar la honra de su progenitor. A este príncipe le importa un carajo recuperar su trono, haciendo valer su linaje ante el usurpador. Completo como era, inteligente como era, solitario como era, Hamlet afirma que bien podría “estar encerrado en una cáscara de nuez y tenerme por rey del espacio infinito, de no ser porque tengo malos sueños”.

Hamlet no carecía de nada, salvo de intelectos que supieran escucharlo. No así el malhadado Macbeth, personaje solitario y figura política de excelencia.

Sin hijos, relegado a una nobleza de sangre que así mismo era su orgullo y su condena, Macbeth es uno de los personajes más carentes de cuantos Shakespeare escribiera. Símbolo de su soledad, la carencia que lo perturbaba antes los ojos gélidos de su mujer, lo llevó a asesinar a sus propios amigos, parientes y servidores con tal de encarnar un poder que supliera sus vacíos de padre y esposo.

Es probable que si Macbeth hubiese vivido en democracia y no en una monarquía tan rigurosa, la sangre no hubiera manchado sus manos. Su ambición e ingenio le hubieran bastado para trepar en la vertiginosa senda de la pirámide política. Si no fuera por sus crímenes, el monarca hubiera sido ese político carismático tan apreciado hoy por hoy. No es trivial que William Hazzlitt nos recuerde a un  rey Macbeth franco, sociable y generoso en su análisis de la obra, “pero parado dubitativamente en el mundo de la realidad y de la fantasía”.

Como este monarca escocés, la fantasía de los políticos de ser valorados los lleva a practicar un mesianismo anacrónico; como el cerdo patrón de Animal Farm, los políticos de hoy tienden a mudar su piel en pos del triunfo popular, pues según Hobbes, “el éxito es poder, porque da reputación de sabiduría o buena fortuna, lo que hace a los hombres temer o confiar en él”.

Carlos Oliva

Periodista UC

Un Comentario

  1. Ignacia

    Será porque me inclino más a la idea de los ilustrados, pero mi problema con Hobbes y su conceptualización del poder, es que niega la posibilidad del consenso, y por lo tanto, rechaza la posibilidad estructural de crear un orden social basado en el acuerdo. Por eso Habermas es tan lindo (y utópico).

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