¿Ecosistemas como comunidad moral?



Debemos cuidar de los ecosistemas, en cuanto a esto no cabe duda alguna; pero no los cuidamos porque sean en sí mismos depositarios de valor moral, sino por el valor de la vida que contienen y permiten.

Todo ser vivo vive dentro de un determinado ecosistema. Los ecosistemas están conformados por una comunidad biológica de organismos interrelacionados y su medio ambiente. Todo ser vivo vive en interacción con otras formas de vida y con el mundo físico que le rodea. Cuidar de la vida es cuidar de los ecosistemas, ya que la vida no puede darse fuera de estos. Además,  cualquier alteración en uno de los elementos del ecosistema (ya sea vivo o inerte) puede generar grandes y a veces catastróficos efectos para los seres que lo conforman. Los ecosistemas, a la vez, son sistemas altamente complejos que se auto-regulan logrando una estabilidad sorprendente. Dado todo esto, hay quienes creen que los ecosistemas mismos debieran ser objeto de nuestra preocupación moral. Esta es la postura que en ética ambiental se denomina “ecocentrismo”. Los ecocentristas consideran que los ecosistemas son parte de la comunidad moral, que tienen valor en sí mismos y que poseen intereses que deben ser respetados. Que los ecosistemas son importantes y que debemos cuidarlos, es algo que pocas personas medianamente informadas y conscientes  estarían dispuestas a negar; sin embargo, hablar de respetar los intereses de los ecosistemas es un paso mucho más difícil de dar.   ¿Acaso debiéramos dar este paso? ¿Cuán viable es esta postura? Bueno, esto es lo que trataré de responder en lo que sigue.

Lawrence Johnson en su famoso ensayo “A Morally Deep World” defiende su propia versión del ecocentrismo. Este autor argumenta que dado que los ecosistemas pueden sufrir estrés o ser dañados (es decir pueden ser degradados a menores niveles de estabilidad y complejidad interconectada), los ecosistemas tienen un bien e intereses propios[i].  Para él, los intereses del ecosistema son los intereses agregados de sus componentes. Más allá de esto, afirma que los ecosistemas son procesos vitales que tienen una entidad distinta de la de sus componentes. Debemos tener claro que él no pretende argumentar en contra de la consideración de los intereses particulares de las distintas formas de vida. Para Johnson, el dar cuenta del valor moral de los intereses del todo, la postura holística, no tiene por qué reemplazar la postura atomista -la consideración de los intereses particulares de los distintos seres vivos.  Holismo y atomismo en ética no sólo pueden convivir, sino que deben hacerlo, pues cualquiera de las dos miradas por sí misma es limitada y parcial.  Así escapa a la objeción de Regan, quien califica el ecocentrismo como “fascismo medioambiental”.  Según él, esta postura promueve el sacrificio de los intereses de los  individuos por el bien del ecosistema.  En el sistema propuesto por Johnson en cambio, los intereses del todo (del ecosistema) tendrán que ser sopesados con los intereses particulares. En algunos casos habrá que darle prioridad a los primeros, en otros, a los segundos. Al mismo tiempo, él no propone que nos abstengamos de hacer cualquier daño a un ecosistema; claramente no podríamos ni limpiar nuestro baño si pretendiéramos eso.  Es todo una cosa de grados, postula. Cuando nos enfrentamos a un ecosistema debemos tratar de no amenazar permanentemente los procesos vitales que en él ocurren. Hay que tener especial cuidado con aquellos ecosistemas en que hay formas de vida que no se repiten en ninguna otra parte. En este esquema de pensamiento, hay una abismal diferencia entre alterar el ecosistema de mi baño y el de una selva tropical. Prácticamente todas nuestras actividades afectan algún tipo de ecosistema y esto no puede ni debe ser evitado. Lo que importa es no dañar a tal punto un ecosistema, que su existencia sobre la faz de la tierra se vea amenazada. De esta manera, por mucho que  se elimine la colonia bacteriana en el piso de un baño, ese tipo ecosistema va a continuar existiendo en billones de otros lugares.

Ahora, a mi manera de ver, el ecocentrismo de Johnson tiene algunas virtudes, las cuales conviven con grandes defectos que, en definitiva, lo hacen inviable. Parto por destacar que me parece iluminadora su propuesta de que la postura holista y la atomista debieran coexistir. El argumento que lleva a permitir la caza de ciertos animales porque pueden hacer desaparecer un tipo de hierba vital para un ecosistema me parece correcto. Este tipo de intervenciones pueden ser la única manera de conservar (dado el nivel de degradación ambiental actual) la estabilidad de ecosistemas altamente complejos y escasos. Al mismo tiempo, no creo que en todos los casos debiéramos priorizar el bien del todo (para mí una comunidad de seres vivos)  por sobre los intereses particulares. Depende de qué tipo de vida contenga la comunidad y con qué tipo de intereses entre en conflicto. Como bien dice  Johnson, todo aquello que tiene intereses, tiene tanto intereses capitales, como otros superfluos. No nos podemos decidir a priori por holismo o atomismo. Esto es aplicable a toda ética, no sólo la medioambiental. También concuerdo con que los intereses del todo son una función de los intereses de sus partes (por mucho que puedan darse casos en que los intereses particulares se contradigan entre sí).

Sin embargo, Lawrence Johnson no me logra convencer de que el punto de vista holístico en ética ambiental son los intereses de los ecosistemas. No creo que pueda decirse con corrección que un ecosistema tenga intereses y mucho menos que esté vivo. Debemos recordar que un ecosistema no es meramente un conjunto de seres vivos; éste también incluye la materia inerte en la cual y con la cuál estos seres vivos interactúan. La materia es parte importante del ecosistema y no podemos decir que ésta tenga intereses. Si dijéramos que sí, tendríamos que afirmar, no sólo que los elementos de la naturaleza como el agua, la tierra, las rocas, etc. tienen intereses (lo que puede ser atractivo y hasta poético); tendríamos que admitir que nuestro W.C. también tiene intereses, pues él también es parte de un ecosistema donde diversos organismos vivos, como las bacterias por ejemplo, se desarrollan. Si admitimos que cualquier cosa inerte tiene un bien propio llegamos a un sin fin de absurdos. Si los intereses del todo son el conjunto de los intereses de las partes, entonces ese todo debe estar compuesto por partes con intereses, como la comunidad de seres vivos. No veo cuál es la necesidad de hablar de los intereses del ecosistema, esta manera de entender los intereses del todo solo nos confunde y nos desvía de lo que constituye la base de todo interés: el estar vivo.

Para mí, el punto de vista holistico debe ser el de los intereses de distintos conjuntos de seres vivos que se relacionan entre sí, pero no el ecosistema mismo. La diferencia es sutil, pero importante.   Además, los ecosistemas están lejos de ser formas de vida. Éstos, ni si quiera tienen unicidad. Nosotros, los seres humanos, marcamos donde termina un ecosistema y donde comienza otro, pero lo cierto es que toda la vida en el planeta está interconectada. Los seres vivos en cambio, tienen su unicidad con independencia de las definiciones humanas. Admitir que algo sin unicidad propia, que no pude considerarse como vivo, tiene intereses nos lleva por un camino muy resbaloso. ¿Si los ecosistemas tienen intereses, entonces por qué no los pueden tener otros sistemas como el clima,  Internet o incluso una máquina compleja como un computador? Me dirán que no se puede comparar un computador con un ecosistema, que ninguna cosa hecha por el ser humano puede llegar a ser tan sorprendente. Es cierto que hay algo del todo incomprensible en la intricada red de los ecosistemas, unas fuerzas que nos parecen mágicas, porque sobrepasan nuestros cálculos y nuestras definiciones (como no pasaría jamás con ningún objeto manufacturado). No obstante, lo que hace tan fascinantes e incomprensibles a los ecosistemas es que en su seno la vida se hace posible. Es la vida el enorme misterio que se despliega ante nosotros, por siempre sorprendiéndonos y por siempre generando nuevas preguntas.  Esto es lo que les da su tremendo valor, valor que es, sin embargo, instrumental. La vida es lo único que tiene valor en sí.

Debemos cuidar de los ecosistemas, en cuanto a esto no cabe duda alguna; pero no los cuidamos porque sean en sí mismos depositarios de valor moral, sino por el valor de la vida que contienen y permiten. Nuestra comunidad moral no puede ampliarse para contener ecosistemas, pues no es posible hablar coherentemente de intereses en relación a éstos.

Xaviera Ringeling

Filosofía UC


[i] Lawrence Jonhson, A Morally Deep World: An Essay an Moral Significance and Environmental Ethics, Cambridge University Press, 1991.

  1. Natalia biologa UC

    Es cierto que los ecosistemas no estan vivos, en eso estoy de acuerdo pero me gustaria destacar, la importancia que se les da ya que al unir comunidades de organismos con el medio fisico y abiotico que las contiene se produce un sinergismo y por lo tanto las partes no pueden ser tratadas individualmente de la misma manera en que se trata el conjunto. Creo que hasta ahora ese ha sido muchas veces el problema a la hora de establecer politicas de conservacion. Se basan muchas veces en individualismos y no utilizan la dinamica de los ecosistemas como conocimiento base para lograr los objetivos que se quieren.
    Exelente artículo. Felicitaciones al sitio y todos sus reportajes.

    • Xaviera Ringeling

      Estimada Natalia:

      Gracias por tu comentario. Tienes toda la razón, las políticas de conservación tienen que tener en la mira al ecosistema, sino pues no es posible la conservación de la vida. Eso sí, lo que valoramos, lo que nos lleva a cuidar los ecosistemas ( creo que en esto estarías de acuerdo conmigo) es la vida que contienen y permiten. ¡Que bueno que te haya gustado el artículo! No es fácil plantear este tipo de problemáticas de una forma que no sea inadecuada o incoherente para una científica como tú. ¡Me alegra mucho que te guste el sitio!

      Saludos,

      Xaviera

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