¿Yes we can?


Cada cierto tiempo me empiezo a sentir como asfixiada, como totalmente limitada y hasta cierto punto predeterminada viviendo en Chile. Por supuesto no todo es color rosa en otros lados. Pero siento que aquí, en nuestra pequeña nación latinoamericana (no hay que olvidarlo), es como si a veces misteriosas fuerzas conspiraran para que en un país tan largo y tan angosto al mismo tiempo, sobraran muchas cosas, menos espacio para actuar, lugares desde donde desempeñarse y realizarse.

Cada cierto tiempo me empiezo a sentir como asfixiada, como totalmente limitada y hasta cierto punto predeterminada viviendo en Chile. En esos momentos me dan ganas de no cabecearme más, no seguir peleando, no seguir nadando en contra de la corriente y simplemente irme. Irme a otro país, a otro lugar. A algún sitio con más espacio.

Puede que no se entienda bien a qué me refiero, ni tampoco el por qué mis problemas claustrofóbicos en un país como este. Puede también que muchos digan que el pasto siempre es más verde en el jardín del vecino. Es cierto, y por supuesto no todo es color rosa en otros lados. Pero siento que aquí, en nuestra pequeña nación latinoamericana (no hay que olvidarlo), es como si a veces misteriosas fuerzas conspiraran para que en un país tan largo y tan angosto al mismo tiempo, sobraran muchas cosas, menos espacio para actuar, lugares desde donde desempeñarse y realizarse.

En Chile, al leer el diario y poner un poco de atención es fácil notar cómo curiosamente los apellidos y los cargos importantes coinciden y se repiten. Desde hace un buen rato ya que los periodistas descubrieron este pequeño truco y le suelen sacar harto partido. No es extraño leer que el Ministro X, ex Director Ejecutivo de la Empresa X, tiene a su yerno trabajando ahora en esa misma Empresa X, la cual necesita un permiso que debe conceder la Subsecretaría X, cuya Directora es justamente la esposa del Ministro X. Luego, “alguien” reclama que se está violando la institucionalidad vigente al otorgar el famoso permiso. Si en el caso está en juego la ciudadanía plana y llana, la ciudanía “común y corriente”, contra esta red estatal-privado-familiar, probablemente el asunto llegue hasta ahí no más. Otras veces, resultará que existe una Persona Importante de Apellido Y, cuyos intereses se ven vulnerados por la entrada en operación del proyecto de la Empresa X. Esa Persona Importante de Apellido Y puede contar a lo mejor con un hijo o hija trabajando en algún ministerio, o quizás en algún importante medio de comunicación. Quizás cuenta solamente con un amigo, con el cual solía jugar fútbol su primo, cuando iban juntos al colegio donde van personas como la Persona Importante de Apellido Y. En ese caso tendremos los intereses de los personajes X enfrentados a los de los personajes Y, por ende, controversia (y de paso noticias) para rato. En algunos medios la controversia será abordada desde la óptica de la normativa vigente, en otros desde la necesidad (o no necesidad) “técnica” del proyecto de la Empresa X. Sin embargo, hace algún tiempo, siempre, después de un breve lapso de tiempo, saldrá por ahí un tímido reportaje mostrando las extrañas redes que al final unen de punta a cabo a esta pequeña elite.

El ejemplo anterior es agotador. Y es así como a veces uno se siente. Y no me puedo quejar tanto tampoco. Tuve la suerte de ir a una de las llamadas “universidades de elite” y de pertenecer a uno de los sectores de la población en los que sí tenemos bastantes oportunidades. Sin embargo, igual me asfixio. Me asfixio por el egoísmo y el descaro, por ese afán de siempre, siempre querer más y más. A veces me llegan e-mails con invitaciones a eventos o noticias sobre la premiación de personajes distinguidos. Y adjuntan su currículum. El personaje en cuestión suele estar en al menos 5 directorios, participar de no sé cuantos comités directivos y/o ejecutivos y,  además (¡por qué no!) de ser gerente general de una gran Empresa Z. Yo me pregunto, ¿es posible que alguien haga bien todas esas cosas al mismo tiempo? Probablemente no. ¿Por qué no entonces echar un pie atrás y simplemente dejarle a otro el espacio? Porque no. Porque el ego manda y siempre, siempre, quiero más, quiero más. Probablemente tiene un séquito de asistentes jóvenes y mal pagados, los cuales ahora deben demostrar que se la pueden y deben, si es necesario, tragar polvo y sacrificar horas de sueño y de tiempo libre. En unos cuantos (varios) años más, alguno de ellos también logrará ocupar muchos, muchos espacios. Y ahí repetirá el patrón, ya que “se lo merece”, luego de tantos sacrificios.

Es triste y agotador ver como al final eso del “pituto” y el contacto es bastante cierto y no ha cambiado mucho (dicen que antes era peor). Es cierto que ahora hay más oportunidades, no lo voy a negar, ¿pero están las oportunidades para estar dónde uno quiere estar? ¿Hay espacio en esos lugares privilegiados? ¿Se puede llegar sin tener un amigo que sea hijo/sobrina/nieto del jefe o persona a cargo?

No voy a abogar por lo imposible, es cierto que esta forma de relacionarnos y repartir la torta tiene algunos beneficios. Es más fácil contratar a alguien conocido o recomendado que ir probando hasta dar con la persona indicada. Es cierto que a veces es hasta útil y necesario designar así los “lugares” dentro de la sociedad. El problema es que para variar esto en Chile se lleva al extremo y para los que no alcanza la crème de la crème no hay mucho a lo que aspirar más abajo.

Lo anterior me obliga a remitirme al caso australiano. No dudo que allá el hijo o hija de… no sea relevante para algunos lugares y puestos. Pero al menos han tenido la decencia de dejar algo más de espacio libre, además dejar el que dejan disponible bastante limpio, algunas veces hasta reluciente, y con alguna suerte de aire respirable. Pensemos que hasta los asiáticos se han hecho un lugar en esa sociedad (y de paso pensemos en cómo se las arreglan y arreglarán los peruanos por acá… ¿imaginamos si quiera el tener a una peruana o peruano de ministro?).

Siguiendo con el ejemplo australiano me gustaría compartir una experiencia que ilustra bastante bien a lo que me refiero. Estando allá de intercambio me tocó tomar algunos cursos y opté por uno llamado “Antropología y Turismo”, el cual era dado por un bastante excéntrico profesor en guayabera que se había paseado por todo el mundo, incluso por Chile (Isla de Pascua). Resulta que uno tenía que escribir ensayos y hacer investigaciones empíricas, además de participar en las discusiones de las clases para aprobar el curso. A mí me fue muy bien, me encantó el curso y me dediqué “pernamente” a él. Mi sorpresa fue notar que no se hacía ni había diferencias. Solía sacar siempre las mejores notas y tener las mejores intervenciones en la clase. Como buena chilena, acostumbrada desde el colegio a recibir galletitas y premios en público, a que te alaben y digan: “muy bien ELLA, muy mal el resto”, me sorprendió ver cómo, a pesar de todo el desplante y los brillos académicos, era una más. Sin embargo, no era indiferencia lo que había hacia mí de parte del profesor. Al contrario, siempre me hizo sentir motivada y me felicitaba e instaba a continuar en esa línea mi trabajo académico. El punto era otro: mis ensayos podían ser muy buenos, mucho mejores, tengo que reconocerlo, que los de mi esforzado compañero y amigo de Singapur, también sociólogo, pero al cual le costaba mucho digerir esta otra forma de pensar (en Singapur estudiar sociología era simplemente OTRA cosa). Sin embargo, YO no era ni mejor, ni peor, ni más, ni menos que mi compañero. Nuestra categoría como personas no se veía alterada por nuestro desempeño académico.

Ahora bien, me dirán que esto es obvio y que siempre es así. Sin embargo, tengo que replicar y decir que no es cierto. Pongamos atención a las frases de los profesores en las universidades, a los comentarios en los medios respecto a estos personajes tan loables, exitosos, inteligentes y por ende cuasi dioses portadores de la verdad y no sé cuánta otra virtud. Inteligente equivale prácticamente a buena persona, a mejor persona. Ser exitoso lo es todo. El resto no sólo está mal y es flojo, sino que también merece, desde los que estén un poquito más arriba, otro trato. Basta pensar en cómo tratamos a los meseros en Chile o a cualquier persona que nos “atienda”.

Tengo otro ejemplo que me gustaría comentar aquí. El otro día fui a almorzar con una compañera de diplomado a su lugar de trabajo (una institución pública). Fuimos al casino de la institución pública en cuestión y nos sentamos con algunos de sus compañeros de trabajo. Lo primero que hicieron fue preguntarme si era muy mala la comida,  lo que pensaba de ella, etc. Yo dije que no estaba mal, a lo que ellos replicaron que era porque no comía lo mismo todos los días. Pasó un rato y pregunté si almorzaban ahí todos juntos, todos los departamentos y personas de la institución pública en cuestión. Me dijeron que sí. Y yo pregunté si también el jefe máximo, ya que me parecía fantástico que todos se juntaran en ese lugar. Ahí me miraron sonriendo con un dejo e ironía e inmediatamente me contaron de cómo los jefes máximos no almorzaban ahí mismo exactamente. O sea, sí era ahí, pero en una salita aparte, la cual era atendida por mozos y en donde había “aceite de oliva y vino para acompañar”. Nunca se me va a olvidar esa frase, era como si el aceite de oliva y el vino pudieran hacer la diferencia. La verdad no lo entendí, ¿por qué hacer algo así, tan… burdo? Les pregunté y ellos se encogieron de hombros. Yo no pude dejar de preguntarme, ¿acaso el trabajo realizado por aquellos notables implica o requiere comer mejor que el resto? ¿Alcanzar puestos más altos acaso implica también el derecho a comer mejor, a ser tratado distinto, etc.? ¿O sea que el esfuerzo diario de todo el resto de las personas de dicha institución no es equivalente y por ende a la hora de algo tan básico como alimentarse es justo comer algo distinto y ser tratado de otra forma?

Sinceramente me parece descarado, feo, incluso “chanta”. Me gustaría escuchar los argumentos de esos directivos públicos tan notables para sentarse en una salita aparte y ser atendidos por mozos, comer ensalada con aceite de oliva y tomar vino. Más encima, estamos hablando de una institución pública…

Últimamente he observado como varias campañas presidenciales están tratando de chilenizar o traer a nuestras tierras (y cultura) el famoso YES WE CAN de Obama. Estuve pensando también la forma de hacerlo y me pareció imposible traducir el YES WE CAN literalmente al español poniendo “Nosotros Podemos”. En Chile hay tantas diferencias y hay tan poco de “nosotros”, que cuando un partido o candidato diga “Nosotros Podemos” sólo se entenderá que ellos, sí ellos, pueden, pero no todos nosotros, no todo el resto. Creo que sería más atingente algo así como un YO PUEDO o un TÚ PUEDES. Claro que el último deja de gustarme por ese dejo de asistencialismo y paternalismo que tiene. El YO PUEDO me gusta más, pero la primera persona le pone mucho ego al asunto, cosa que falta en Chile, pero no en ese sentido ególatra y egoísta. Al final creo que me quedo con el TODOS PODEMOS, ya que empodera en una relación más uno a uno, refiere a todos, y a todos juntos hasta cierto punto. ¿Yes we can? ¿O no?

Colombina Schaeffer

Socióloga UC

  1. en mi opinión tiene mucho que ver la forma en que somos criados.
    como bien dices es difícil que alguien logre hacer participe a la masa cuando acá la masa no existe, son varias masitas chuquititas que poco y nada interactúan con las otras.

  2. Diego R.

    Así es vivir en un país tercermundista, con todos los costos y, porqué no decirlo, beneficios que ello implica. El sentimiento que describes también lo sintieron los criollos hace más de 200 años; también grupos de otras latitudes que hoy son reconocidos por todos los avances que han logrado en sus respectivas culturas.
    Lo que sí me hace reflexionar, en esta misma línea, es que estos mismos países avanzados que hoy han superado la exclusión de la cual das cuenta y que te asfixia, provengan de pasados tremendamente sectarios, tremendamente estamentales y, aún así, hayan logrado sortear esas barreras y hayan podido enarbolar una nueva nación, una nueva cultura. Emblemático es el caso de Japón, cuyo pasado imperial haya transmutado en un nuevo ordnamiento social y productivo que les ha permitido acceder a un mayor bienestar y del cual hoy son admirados por todo el concierto internacional.
    Parece que el único derrotero que nos queda por seguir es sufrir los tremendos procesos que ellos ya vivieron y esperar que el tiempo haga su trabajo.

    sl2

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