Arbeit Macht Frei?


Los campos de concentración de la Alemania Nazi recibían a sus prisioneros con una sentencia tan tétrica como esperanzadora: el trabajo hace libre (Arbeit macht frei). Tras las puertas, como ya todos sabemos, aquella esperanza se diluía y se trastocaba en una de los abusos más sistemáticos y “eficientes” que la humanidad ha presenciado. La bienvenida, sin embargo, permanecía intachable, con aquella rigurosidad y fortaleza germana ajena a toda vacilación, mas no por ello menos nefasta en su realización.

En lo que sigue pretendo problematizar el lugar del trabajo en el Chile actual, intentando vincularlo con una de las cuestiones que más nos ocupa en VerDeseo, la relación de los seres humanos con su mundo, y con él mismo, teniendo en el horizonte la felicidad; mas no una felicidad sostenida en la libre disposición –del mundo y de las personas- sino en la consciente toma de lugar de nuestras vidas junto a otros que, animados y no, conforman la experiencia de estar vivos.

Tiendo a pensar que, de un tiempo a esta parte, el trabajo ha dejado de ser aquello que fue. Durante mucho tiempo el trabajo fue comprendido como lo propio aquello propio del ser humano que, fruto de su acción, permitía alterar el mundo señalando la huella de su habitar de un modo diferencial respecto a, por ejemplo, los animales. Tal noción, bastante clásica, no se hacía cargo de la “cuestión ecológica” ni extensivamente puede ser vista como una consideración del trabajo desde el punto de vista de la sustentabilidad pero otorga, empero, un aporte fundamental que creo trasciende a este tipo de consideraciones -de las que espero ocuparme en otra columna.

Trabajar, efectivamente, es la señal más clara que podemos tener respecto de la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno, al trabajar producimos, traemos frente a nuestros ojos (y los de los demás) algo que naturalmente no existe; trasformando de este modo la potencialidad de lo existente en una nueva actualidad. Bien lo sabe el artesano que desde la tierra húmeda es capaz de formar una vasija e, igualmente, el obrero que con su trabajo diario construye uno de los tantos –demasiados- edificios que cada vez hacen menos visible la cordillera.

Pero, creo, estamos hoy frente a un cambio sustantivo respecto a la relación entre el trabajo y los productos del mismo –ninguna novedad dirá con razón un marxista de la “vieja escuela”, y es cierto, mas aquí se trata de intentar ampliar el espectro e igualmente vincularlo con otras cuestiones como, por ejemplo, el tiempo. Me parece que el trabajo no sólo se ha desvinculado de su producto en términos de la riqueza que este genera sino, y quizás más importante, respecto a la manera en que nos relacionamos con el trabajo atendiendo al tiempo de nuestras vidas. Me explico de mejor forma, en el esquema clásico los productos del trabajo eran intercambiados de forma tal que la producción (ex ante) determinaba el nivel de intercambio posible; actualmente, y más por intensidad que por novedad, la posibilidad de intercambiar los frutos del trabajo no se encuentra vinculada directamente con los productos del mismo gracias a la “magia financiera” del crédito. Todos lo sabemos y no requiere mayor explicación: hoy es posible endeudarse y disfrutar en la actualidad de bienes por los cuales aun no hemos “trabajado” para obtener. El disfrute de los productos del trabajo y el trabajo mismo aparecen entonces escindidos temporalmente gracias a las “garantías” financieras del mercado y las expectativas de pago que se calculan sobre cada uno de nosotros.

Lo anterior no significaría ningún problema, teóricamente, si fuese posible establecer una relación de equivalencia entre el trabajo (y la riqueza efectiva que este produce para quien trabaja) y los bienes susceptibles de adquirir; un ejemplo contrafáctico  sería pensar en que todos quienes pueden adquirir una vivienda de 1.500 UF pagando durante doce años compren una casa de 20.000 UF a doscientos años plazo, una ridiculez a todas luces. Sin embargo, pareciera que para muchas familias chilenas no es una ridiculez el comprar bienes indispensables a crédito sino, muy por el contrario, una necesidad. Creo justo aquí distinguir dos cuestiones, la primera relacionada con la precariedad del trabajo –y posible de leer desde la ideas de la extracción de la plusvalía- y un segundo componente relacionado con lo más “nefasto” que el mercado ha desarrollado en nosotros (en distintos niveles): la ambición de consumo.

Hoy por hoy las tarjetas de crédito son millones de veces más fáciles de obtener que un trabajo, no es necesario trabajar para consumir, solo es necesario ser alguien (presentando el carnet de identidad); creo que esto es un error garrafal que no podemos permitirnos como sociedad. Hemos de garantizar las condiciones estructurales necesarias para un trabajo digno que pueda enriquecer nuestro quehacer y la forma de afianzarnos gracias a los productos del mismo. Hoy no solo hay gente trabajando para lo que consumió ayer, igualmente, consumen sin el asidero de un trabajo futuro. Las vicisitudes del mercado –y las “necesidades de la empresa”- no son capaces de darnos garantía alguna en un mundo riesgoso y la vida cotidiana, de este modo, deviene angustia por un trabajo que sólo garantiza el pasado, no es capaz de afirmar el presente ni, mucho menos, garantizar un futuro próspero.

La “llegada” del crédito a nuestra sociedad ha tenido, creo, consecuencias mucho más importantes de las que ahora podemos ver, y su primer emisario (quien hoy aspira llegar al sillón presidencial) afirmó su emprendimiento en el, quizás único, recurso “no escaso”: la ambición humana. Veo todos los días cómo muchas personas consumen para afirmar su identidad –ejemplo prototípico toda la suerte de “tribus” que garantizan la pertenencia al grupo por medio de evidentes rituales de consumo. Hace muy poco vimos cómo un “desbande” de la economía financiera remeció en gran parte los fundamentos del sistema económico mundial al acordarnos que, al final del día, sí existe un fundamento real de la economía. Sin embargo, creo que existen otro tipo de consecuencias, mucho más vinculadas con la salud mental y la felicidad de las personas que son verificables hoy, antes, durante y después de la crisis; gran parte de la población realiza aquella actividad que anteriormente era la condición determinante de lo característicamente humano sin vínculo alguno a la realidad actual. Atrapados en los créditos del pasado muchas familias chilenas añoran un futuro que ya no se sostiene en el trabajo sino en la posibilidad de seguir consumiendo y reproduciendo el círculo que, difícilmente, podrá afirmar la acción del trabajo que, a la postre, aparece desvalorizado. Vemos cada día como la prensa no parece alarmarse demasiado ante el desempleo como sí frente a los indicadores de consumo y, probablemente, quienes visitan con ansias los centros comerciales el fin de semana y pelean por algo en liquidación no muestren la misma energía al producir en un día laboral.

El trabajo, de este modo, se ha desdibujado en el horizonte del actuar humano. Hoy laboramos para garantizar un ayer que no nos fue posible disfrutar en vistas de las carencias del mañana. La precarización del trabajo se ha extendido más allá de la propia extracción de la riqueza producida hacia una desconfiguración de las expectativas vitales; los sueños de una vida afirmadas en el trabajo difieren radicalmente de los sueños de una vida afirmada en el éxito económico; un éxito que no encuentra su muestra sino en el tráfago de actividades y un consumo express (tal como lo ha reseñado Sennett en su “Corrosión del Carácter”). Mas del mismo modo, y siguiendo la volatilidad de los bienes cuya caducidad se encuentra ya inscrita en su fabricación, como lo señaló Braudillard en su “Sistema de los objetos”, tal consumo no puede ser sino garantía de una contingencia que no se condice con la “necesidad” humana de establecerse y asentarse en el mundo. Hoy se nos llama a “emprender”, a internalizar el riesgo en la actividad que antaño era señal de lo más propio de nuestra existencia como personas en un contexto social; se felicita el arrojo, el “salto al vacío” y la capacidad de recuperarse ante la debacle. Empero, todas aquellas ideas no son capaces de reconocer, igualmente, la necesidad de valoración del trabajo en su propia realización –más allá de sus imágenes de consumo.

Sin duda este es un tema enorme, de muchas ramificaciones y ampliamente estudiado por quienes han enfocado sus esfuerzos en la sociedad “posindustrial”; mas igualmente ha sido señalado con mayor humor en documentales como “What would Jesus buy?”, indicándonos las múltiples formas en las que, cada día más, el trabajo pareciera alejarnos de la libertad actuando, por contraparte, como garantía de un nuevo ciclo de consumo sostenido en las ansias por poseer y, no tanto, en ser (feliz).

Patricio Velasco Fuentes

Estudiante Magíster en Sociología, UC.

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