Terminemos con la infantil noción de Justicia Divina


El problema de la legislación sobre el medio ambiente en nuestro país no se encuentra en si existe o no un espacio de discusión sobre medio ambiente. Tampoco está en el hecho de que hayan intereses económicos o ecologistas fanáticos incapaces de medir las consecuencias de sus actos. Incluso tampoco está en una falta de recursos intelectuales, estudios, recursos económicos o personas interesadas en ocuparse objetivamente de estos temas. Es un problema de institucionalidad. Es un problema de indefinición, de querer solucionar con parches una enfermedad que es más profunda que una herida. Un problema que es en si mismo nada más que pura negligencia en las prácticas y no una esencia cultural o divina.

Todo lo que tenga que ver con recursos, disposición política o incompetencia de los aparatos técnicos para las evaluaciones medioambientales no es más que una excusa para apartarnos de lo que es verdaderamente importante. Terminar con el particularismo que caracteriza el quehacer de los actores relevantes de nuestro país. Terminar con el anonimato que esconde las verdaderas relaciones de poder, porque estas relaciones se han mostrado injustas. Sobre todo, terminar con la inimputabilidad de aquellos que se deben hacer responsables por los agravios causados en la miopía de un país que es hasta ahora incapaz de definirse. Porque el único culpable es aquel que sale perjudicado, nosotros mismos.

El mayor de todos los errores es tratar como una discusión ideológica una realidad que escapa a los cálculos irracionales de las conciencias con intereses personales. Es imposible, por lo demás, escapar de la irracionalidad de los prejuicios. Por lo mismo,  es una irresponsabilidad nacional el entregar a las manos de la autoridad de turno la total capacidad de decidir sobre materias que se extienden más allá del horizonte de su acción ejecutiva. En la medida que son personas particulares, y sus relaciones informales las que deciden que es lo que se debe y no se debe hacer, dejamos el destino al arbitrio ideológico.

En último término no podremos jamás escapar de la ideología, pero al menos sí es posible declararla, de modo tal que sea susceptible de corregirse y avanzar en el tiempo. Al contrario, tenemos ante todo una visión política y económica del medio ambiente que es casuística, pero en ningún caso estructural. Es como querer formar un Estado acomodándose a las personas que gobiernan -llámese absolutismo o autoritarismo-, y no una estructura a la cual las personas se deben acomodar. Así de manipulable es la concepción que tenemos del medio ambiente, al punto tal que nos es casi imposible declararlo como una realidad concreta, con ciclos y variaciones reales, con una importancia real, independiente de lo que creamos que es conveniente para nuestra especie en este momento o en el futuro.

Cuando afirmo que el problema es institucional me refiero a que es momento de declarar de una vez por todas un proyecto de márgenes y relaciones legales para la acción humana hacia lo que invariablemente hemos llamado recursos medioambientales. Dejar de lado la casuística y establecer un marco legal. Porque no podemos seguir creyendo que el destino de las obras políticas y económicas del país, como las industrias o cualquier otra infraestructura invasiva, estén en manos de los intereses particulares de individuos particulares. No corresponde que sea así porque perdemos la imputabilidad, y con ello todo sentido de responsabilidad real. Al contrario, el Estado debe estar al servicio de su Nación (y eventualmente del mundo). Hoy por hoy cualquier persona puede suspender proyectos millonarios, con todo el beneficio que pueda ejercer, con una simple apelación a las  normativas municipales. Hoy por hoy cualquiera puede pasar por alto estas mismas normativas con buenos contactos en el gobierno (tener en cuenta el rol del ministro Pérez Yoma frente a las centrales termoeléctricas y los cambios en los Planos Reguladores). Porque no existe una definición clara de las materias de las que estamos tratando. Hoy por hoy el medio ambiente es más una materia de opinología y manipulación que una realidad política unificada.

En mi opinión, la palabra clave en todo este asunto es la de justicia. Es esto lo que nos falta por montones, es esto lo que se ha diluido a los ojos de quienes vivimos en un país que nos parece ajeno. Tener justicia con el medio ambiente no es otra cosa que tener justicia con las personas. La naturaleza no nos habla, y aunque lo hiciera no todos la oímos. Son las personas las que hablan y las que se deben hacer responsables de lo que la naturaleza les dice por boca de otras personas. Somos nosotros los que debemos escucharnos. La justicia es ese esfuerzo sobrehumano por conciliar las diferencias. No caer en la violación, no caer en la paralización. Pero de la misma forma, para que haya justicia entre las personas no basta con que haya sólo una justa, sino al menos dos en orden que emerja la comunidad de justos. Cuando se trata del medio ambiente no basta con que haya personas justas, se requiere de una Nación justa (en primer lugar), y no hay otra forma de establecer esto que mediante una Ley Orgánica Constitucional seria y acabada del medio ambiente.

El objeto que inspira este artículo es la reciente aprobación de un Ministerio del Medio Ambiente. Bajo ningún concepto vamos a creer que la creación de este ministerio es algo equivocado. Es bueno que se mantenga la preocupación, exista motivación para explorar materias medioambientales y se destinen recursos a mantener al Estado informado y consciente de las intervenciones con el medioambiente. Como he declarado en un principio, jamás debemos creer que estemos en problemas porque nos “falta” alguna cualidad de las personas. Este es un típico error del chileno (hasta donde mi experiencia me ha enseñado) de creer que las personas deben estar más motivadas. De creer que con solo un 54% de votantes se acaba la democracia, de querer siempre ser distinto a lo que se es. De vivir en un estado de alarma constante que paraliza la acción, como acechados por un rey invisible, una autoridad maldita y un mundo que nos mira en menos. Todo eso es falso y son puras excusas. Porque somos un país que construye su destino aunque sea de forma pasiva. El peligro del recientemente promulgado Ministerio del Medio Ambiente es aumentar esta pasividad civil, generando la ilusión de que se ha avanzado en materias medioambientales, cuando en realidad lo único que se ha hecho es darle un marco formal a las decisiones particularistas y políticas de las redes personificadas de poder. Nada ha cambiado en nuestra relación con la naturaleza. Ha habido una manifestación de buenas intenciones pero no ha habido un avance concreto y decidido en términos de nuestra relación con la naturaleza y con las consecuencias que tiene para las personas esa relación.

La política y la economía chilena es una red de personas, que por la densidad de nuestra población, y la conformación histórica de una elite gobernante, tiene altos niveles de relaciones informales. Esto no va a cambiar, sin importar si estamos hablando de la derecha o la izquierda, de la rancia aristocracia o las nuevas generaciones. Tales relaciones tienden a cerrarse y excluir a las personas de participación política o económica por criterios y códigos altamente sofisticados que intentan hacerse irreproducibles en aquellos que no pertenecen a la elite. Lamentablemente materias fundamentales para la nación como la educación y la cultura se han ido entremezclando  y ocultándose con esta diferenciación estratificada que hemos heredado. Esto debe ser corregido. Aunque las diferencias vayan a seguir existiendo, es importante para nuestro país que tanto el rico como el pobre, el aventajado como el desaventajado entiendan la importancia de la justicia como aquel marco que nos hace convivir como iguales. Y aunque se vea tan difícil lograr vivir como hermanos, porque nuestra historia nos ha separado de una forma ridículamente desigual, el medioambiente es un nuevo elemento a nuestra conciencia ante el cual somos todos iguales. La justicia con el medio ambiente es justicia con las personas y por eso debemos rescatarla del estado en que se encuentra actualmente. Institucionalizarla.

José Tomás Guzmán

Estudiante del Magíster en Sociología UC

Un Comentario

  1. clschaef

    Felicitaciones por el artículo Gato. De verdad excelente. Totalmente verdeseante en su perspectiva, una buena e interesante argumentación, me encantó.

    Saludos!

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