Verdeseo

Nostalgias del 11


La conmemoración del golpe en la población La Legua se resiste a morir. ¿Dónde? En cada una de sus esquinas rotas por el fuego de la resistencia.

Probablemente ya había cumplido los seis años − un año antes del término de la dictadura − cuando los neumáticos comenzaron a arder en mi memoria. Fue la primera imagen de una tradición que por años asocié a las fiestas patrias, pero que con el tiempo se fue haciendo más autónoma y precisa y más aún cuando empecé a participar codo a codo con mis tías en las marchas callejeras.

A 36 años del golpe, en la población La Legua los neumáticos del 11 y los apagones de las diez (pm) son los únicos sobrevivientes de una tradición peregrina.

Ya no hay caravanas gritando el “va a caer y va a caer” ni el vespertino “se siente, siente…”. Tampoco pancartas con imágenes de los desaparecidos ni consignas valerosas firmadas por el FPMR. Apenas la hoz oxidada del “partido” en alguna esquina sin ley y el fuego donde los pobladores recuerdan y queman los viejos trastos y colchones de sus casas enfermas.

Al principio, nunca entendí el pathos de mi tía Edith entre la ardiente turbamulta. La tía que con su diestra tomaba una vela y con la otra mi mano izquierda apenas caído el apagón precipitado por el “Frente”. En ese tiempo, apenas me cuestionaba las cosas. Simplemente las disfrutaba. Sobre todo las marchas por la fría Pedro Alarcón desde donde veíamos los gupos de la calle San Gregorio esperando unirse a nuestra caravana.

Me gustaba ver a mi vecina Alicia con su mezclilla ochentera o a los hippones de la plaza Allende con sus boinas del Che.

Lo más curioso de esa algarabía era su libertad para conducirse. Al parecer, la autoridad de la Comisaría 11 se ausentaba deliberadamente para ceder a la catarsis su espacio vital. Caminábamos en espiral rodeando la población para acabar en su centro, en la plaza mencionada. Luego había cantos y arengas al general perdido en su laberinto y bromas por un gobierno al que todos responderían que no en los comicios del año siguiente.

Con los años, las cosas cambiarían. Los del “frente”, ya desarmados, según mi abuela, cada vez aparecían menos. Y parece que fue verdad. Yo no los conocí, salvo a uno, que hoy es un feliz padre y animador de eventos benéficos y parrandas culturales, pero la influencia de esos guerrilleros se sentía en la calidez de las caravanas y en los gritos de barítono con que azuzaban los espíritus. Desaparecidas las marchas, como esos vecinos que nunca nadie volvió a ver desde la fecha impar, sus ecos sobreviven en los fogonazos de medianoche que los narcos percutan frente al fuego peregrino.

Me intriga saber cómo será este primer 11 fuera de La Legua. Viviendo tan lejos, me pregunto si en esta nueva comuna en donde estoy el apagón se hará presente, o si el fuego en las esquinas se encenderá despacio como en mi vieja población.

Carlos Oliva

Periodista

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