Equidad y Desarrollo



Cuando se habla de desarrollo sustentable a menudo se hace mención al futuro, sin embargo, esa es sólo una dimensión. Parte importante de la evaluación de una estrategia de desarrollo sustentable se juega en el presente.

Si observamos Chile hoy, a las vísperas de su bicentenario nos encontramos con un escenario en donde cerca de un 25,6% de su población puede caracterizarse bajo la etiqueta de pobreza relativa; es decir, que se encuentra 0,6 veces por debajo de la media de ingreso de un ciudadano chileno promedio (Encuesta CASEN 2006, según Infante, R.; Sunkel, O; 2009). Desde otro prisma, vemos cómo entre un 47% y un 59% de la población económicamente activa de Chile se encuentra trabajando en una empresa de baja productividad, régimen que se asocia con una alta inestabilidad laboral y bajas cuotas de protección social (Infante, R.; Sunkel, O; 2009). Por último, una tercera perspectiva es la que versa sobre la tan cuestionada educación chilena; observamos que su calidad varía unidireccionalmente según el tipo de dependencia del establecimiento educacional. Así, los mejores resultados se concentran fuertemente en colegios particulares pagados, los cuales usan como principal filtro el monto del arancel.

Estos tres argumentos conducen a lo que todos ya sabemos: Chile es un país excepcionalmente inequitativo. La exclusión se vive a diario, sobre todo las de las oportunidades de movilidad social.

El contexto político en el que estamos insertos tiene todo un partido por jugar: las elecciones presidenciales y parlamentarias en diciembre. Si bien son sólo un acto cívico, pueden cambiar en gran medida la dinámica de exclusión que se vive, luego de una fuerte crítica a nuestra actual Presidenta, que pese a varias faltas técnicas y políticas, se la jugó por la equidad: la reforma de previsión social, la apertura a discutir nuestro sistema de educación, una red de protección social de altos estándares, probablemente semejante a los sistemas que tienen verdaderos Estados de Bienestar.

Considero que un paso importantísimo para entrar a intervenir nuestra dinámica nacional consiste en definir un Criterio de Ordenamiento Social, es decir, definir a priori qué condiciones debe cumplir un cambio social para que éste sea deseable. Conozco cuatro, de los cuales tres son posibles de identificar en las propuestas de los candidatos presidenciales: uno que apunta a la eficiencia social (a  una torta más grande), otro que apunta explícitamente a los desfavorecidos del sistema social, y un tercero que contiene una ponderación tanto de la eficiencia como de la desigualdad. Así, hay candidatos presidenciales de Renovación Nacional que se inclinan por decir  que el cambio será deseable si es que la eficiencia social aumenta, puesto que eso implica la existencia de una posibilidad (remota) de redistribución de los beneficios sin costos. Por el lado opuesto, se encuentran los candidatos que sostienen que el cambio será deseable sólo si quienes están en peor posición pueden mejorarla, independientemente de lo que les ocurra a los aventajados. Por último, tenemos un criterio que aparentemente se le olvida al candidato de la Democracia Cristiana, quien pareciera contradecir con sus acciones el hecho que existe una tensión entre eficiencia y equidad, por lo que habría cambios sociales que generan eficiencia, pero que no se justifican dada la desigualdad que generan. Casos como estos son los asociados con el tema de las energías alternativas, el Pueblo Mapuche y el sometimiento de comunidades indígenas en el norte minero de nuestro país.

Los tres criterios se tornan imprescindibles al confirmarnos cada día que en nuestra sociedad el poder y la riqueza están fuertemente concentrados en un puñado de hombres aparentemente ilustres. Así, frente a las propuestas de algunos candidatos presidenciales, podemos afirmar que no se justifica un aumento sostenido en el crecimiento económico si es que la distribución del poder y la riqueza seguirán inalterados. No se hace un mejor país a partir del enriquecimiento de unos pocos.

Soy consciente que la utopía marxista, el reino de la justicia y la igualdad, probablemente permanecerá siempre como un ideal, pero centremos la atención en aquellas propuestas que no sólo tienen vagos discursos  que en la práctica no se realizan, sino que fijémonos en aquellas que avanzan aunque sea un paso a la concreción de una estrategia de desarrollo sustentable en nuestro país.

Existe una multiplicidad de frentes que atacar: empezando por la promulgación de una Constitución soberana, ratificada por nosotros mismos; la reformulación tanto de la matriz productiva en el plano económico, como de la legislación acerca de la contratación informal y los derechos civiles; un cambio sustantivo en la educación; y por último, una lucha explícita para lograr aquella inclusión que el mismo sistema neoliberal genera, al ser un sistema tan eficiente de distribución de bienes a quienes pueden pagarlo y de males a quienes no pueden entrar al juego.

La equidad no se asegura con un ingreso ético familiar, ni con mil nuevos empleos poco calificados, aunque a corto plazo haga más holgados los bolsillos. La equidad se asegura cuando se tiene la suficiente altura de miras, y por cierto, la voluntad política, para constatar que la redistribución de los recursos sí genera valor.

Ignacia Arteaga

Sociología UC

  1. Francisco

    Muy buen artículo!

    Explicas con claridad dos visiones que se aplican muchas veces sin reflexión en las discusiónes sobre desigualdad. Simplificaciones forzadas que no hacen más que polarizar el tema.

    Me gusta que términes con “la redistribución de los recursos sí genera valor” pues se relaciona directamente con los temas de desarrollo sustentable, es necesaria esta visión tanto en lo social como lo ambiental.

    De hecho la idea de eficiencia a toda costa, nos ha llevado a construir monstruosos sistemas productivos que ignoran la natural eficiencia sostenible de ecosistemas naturales.

    Mismo problema otras consecuencias…

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