Verdeseo

Los Días Mundiales con Auto


Hace unos días se celebró el “Día mundial sin auto”, una iniciativa que buscaba poner en tensión la dinámica habitual de la ciudad y plantear alternativas a la forma de movilizarse y llegar a nuestros destinos usuales. En esta columna quiero adentrarme, intuitivamente por cierto, en qué es lo que sucede los “otros” días, aquellos donde las bocinas reinan a eso de las 18:30.

Tengo, antes que todo, que hacer una suerte de disclaimer sobre mi posición en lo referente a las formas de moverse por la ciudad. Lo primero es señalar que me movilizo cotidianamente y la mayoría de las veces en transporte público y, algunas veces, en bicicleta; lo segundo –y más importante- es que no me llama la atención en lo absoluto la idea de manejar, al contrario (y honestamente), me da miedo.

Habiendo aclarado eso, me gustaría esbozar brevemente cuál es la función que socialmente cumplen las “festividades”: muchas veces apuntan a “recordar” la existencia cotidiana de algo, caben aquí desde los onomásticos hasta el recién pasado “18”; otras se orientan más bien a “invertir” cierto orden presente en la sociedad para de esta forma legitimarlo en su práctica cotidiana, esto es, en carnaval podemos hacer lo que queramos pues todos los demás días respetamos sin quejas las nomas que nos permiten vivir juntos. La pregunta que nace ahora es: ¿qué tipo de celebración es el día mundial sin autos? Tiendo a pensar que, hasta ahora, la celebración se enmarca más bien en el segundo tipo arriba esbozado –tipología por cierto que no agota todas las celebraciones y es por cierto discutible.

En efecto, el día mundial sin autos aparece como un paréntesis entre el tráfago cotidiano de los tacos por llegar a casa. Una bengala lanzada al aire para decir “oye, sí se puede dejar el auto en la casa y sobrevivir”. Bueno, la cuestión es la siguiente:  sí, se puede sobrevivir y, creo, aún más, es hasta mejor. ¿Mejor? Pero si el auto te lleva a todos lados, a todas horas, es más cómodo.

Lo siento pero, de verdad, no puedo compartir ninguna de esas posiciones. Primero que todo, uno puede llegar a todos lados también caminando, en bici, en micro o en metro, el diferencial –es cierto- es el del tiempo (eficiencia dirá un ingeniero), pero por eficacia la cosa no es problemática. Respecto al tiempo, personalmente no me caracterizo por llegar tarde a todos lados –me disculparán los profesores que me hacen clases en la mañana, si llego tarde no es por otra razón que no sea sueño- pero si uno planifica un poco más su tiempo, si toma razón de dónde está y adónde requiere llegar es perfectamente posible ser un peatón “on time”, y sin la necesidad de buscar estacionamiento.

Sobre la comodidad, y siendo honestos, este sí puede ser un punto a favor del auto: es cierto, tener que estar en el centro a las nueve de la mañana y llegar allí en metro no es precisamente cómodo, pero no siempre es así, la gran mayoría de las veces puedo moverme por la ciudad (esfuerzos de planificación mediante por cierto) con relativa facilidad y, de paso, aprovecho de leerme una buena novela y disfrutar aproblemáticamente algún buen disco. Cuestión no imposible en auto, mas sí sumamente irresponsable.

Recuerdo, de hecho, que cuando aun estaba en el colegio, que queda en pleno centro, me levantaba media hora antes para tomar una micro desocupada, me iba sentado leyendo y nunca llegué tarde –sin considerar que, por llegar tan temprano libraba de las revisiones de los inspectores a la entrada y podía entrar sin el vestón. Por contraparte recuerdo cuando era niño y los trayectos en auto se volvían eternos por los tacos, cuestión que si no fuera por el pseudo estado zen que mi padre tomó al respecto habría sido bastante insoportable.

Creo, en suma, que la cuestión estriba en lo siguiente: en Santiago hemos naturalizado el uso del automóvil, y hasta las familias con menos ingresos se endeudan en sesenta meses plazo para conseguir su citycar; la compra del auto se asume como algo obvio, necesario y ya ni siquiera funciona como un criterio de distinción social (que ahora se trasladó al tipo de auto y marca, es suficiente con constatar la ridícula cantidad de SUV’s, es cierto, las calles de Santiago no son una Autobahn pero ¡por favor!). Sostengo, además, que tal proceso que ocurre con la compra de automóviles no es por cierto único, sin embargo, las consecuencias y los costos directos e indirectos para el habitar cotidiano en la ciudad son fácilmente evidenciables.

Cada día más amigos y amigas conductores me señalan problemas relacionados con el tráfico, con los estacionamientos y sus potenciales soluciones; quiero destacar aquí una sola, hoy por hoy muy felicitada: las autopistas urbanas. Vivo a menos de una cuadra de una de las mentadas autopistas, personalmente no me molesta, mas sí hay algo que de todas formas es muy claro: las autopistas cambian la escala de la ciudad y la “suben” al nivel de los autos, tensionando todo el espacio circundante. Como resultado el peatón, nosotros, todos, en al menos algún momento, quedamos desplazados. Y no sólo eso, sino que de forma muy patente se nos muestra cómo la ciudad ya no está hecha ni pensada para personas, sino para autos (el que sean conducidos por personas pasa aquí a no ser más que una nota al pie).

Este fenómeno puede ser fácilmente constatado por quienes hayan viajado hacia Estados Unidos (suerte que no he tenido, pero algo conozco del caso): los peatones terminan desligados de la ciudad, sin siquiera contar con aceras en muchos casos. No adentraré en las consecuencias ambientales del moverse en auto, que por cierto no son menores, sino únicamente en lo que refiere a aquello que se relaciona directamente con nuestras formas de movilizarnos por la ciudad.


Pero no se trata sólo de ser un apologeta del peatón, no estoy contra los autos: estoy contra el uso indiscriminado (irracional) del auto. Estoy contra el ir en auto por el ir en auto, porque no se piensa en otra alternativa. Sin duda, y por ejemplo, instancias como las vacaciones familiares pueden ser motivo suficiente para ir en automóvil pero, ¿de verdad lo necesitan todos los días? Creo que si todos nos hiciéramos esta pregunta en serio, y realmente creo que todos tenemos la opción de reflexionar al respecto, evidenciaríamos que es posible salir sin el auto. Aún más, quizás sería posible (con el tiempo por cierto), que esto poco a poco constituyese la norma y no la excepción. Aquel día me sumaré feliz a la celebración del día mundial con auto.

Patricio Velasco

Sociólogo UC

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