Verdeseo

Lo Común


Hoy por hoy nos hallamos en medio de todo el tráfago eleccionario: entrevistas con don Francisco, caravanas de candidatos triunfantes, franjas presidenciales, calles atestadas de palomas destruidas –además de los “cuidadores” de las mismas- y, cómo no, las siempre oraculares encuestas. Lo que más me llama la atención es que aun considerando todo el fulgor hay un tema que no parece salir usualmente a la luz en las discusiones. Creo que muchas veces se olvida (o se suprime) hasta qué punto las decisiones políticas conllevan una toma de posición respecto a qué es lo que queremos como sociedad. No sólo ante tal o cual materia, sino como forma de pensar(nos) en la cotidianeidad de lo que significa ser parte de algo que es superior a los intereses personales; aquello que nos es común y que, en tanto tal, nos moviliza y reúne ante ciertos ejes normativos.

En más de una vez he escuchado a personas, muchas veces mayores, que se ha perdido el “sentido común”. Independientemente de todas las consideraciones que aquello pueda conllevar, subrepticiamente sostengo que más allá del “sentido común” hemos perdido la orientación hacia “lo común”: aquello que finalmente no es mío ni tuyo, pero que en su particularidad permite reconocer la existencia de aquello que es diverso, ayudando con ello a la propia afirmación del “mí” y del “tú”. Pero esto finalmente no refiere (ni requiere) un nivel de abstracción tal. Se trata sencillamente de reconocer que el vivir en sociedad no es algo “natural” y que una de las formas mediante las que se articula es a través de ciertos principios normativos, que se pueden llegar a formular en sentencias que justamente buscan reunirnos en torno a aquellas orientaciones.

Observo cómo las ideas y discursos relativos a las elecciones exaltan la dimensión “personal” del voto. Una exaltación de que la mentada decisión es personal y que no puede ser imputada por orden de partido alguna. Evidentemente no puedo estar en desacuerdo con tales posturas, sin embargo, me parece que “se quedan cortas” en lo que refiere a las dimensiones e implicancias del participar del proceso eleccionario. No se trata aquí de la “fiesta de la democracia”, se trata, sencillamente, que debiéramos recordar que en momentos como estos no sólo elegimos aquello que creemos será mejor para nosotros mismos o para grupos de interés particulares. Decidimos en razón de ciertos conceptos más “profundos” -no por su densidad sino por lo poco visibles que aparecen- que sentencian con meridiana claridad cuál es el modo de “lo común” en el que queremos vivir, qué ideas son aquellas que buscan explicarse y, en último término, aquello que nos lleva a pensar que el vivir en sociedad se justifique –incluso en términos de los costos que esto comporta para quienes pagan impuestos.

Momentos como estos son un excelente “caldo de cultivo” para preguntarnos respecto a lo planteado más arriba. Recuperar la idea que vivimos juntos y que formamos parte de una sociedad en la que todos podemos aportar por un mejor pasar de todos –o por el contrario socavar aquellos principios- me parece que es algo fundamental a la luz de la coyuntura política. Más allá de los acuerdos de partido, las cuotas, los doblajes y los empates estadísticos están escondidas aquellas ideas que justifican el hecho que tomemos decisiones vinculantes, que nos “obliguen” ante tal o cual cuestión a actuar de modos determinados. No se trata, a estas alturas, de plantear una postura ingenua respecto a la política; no se postula, precisamente, la búsqueda de la felicidad en la polis. Sí se trata, por contraparte, de reconocer las implicancias de la política fuera del mero cálculo de la Real Politik, señalando que más allá de la administración del Estado y la defensa de los límites nacionales existe en la política un horizonte que nos permite hallar aquello que nos aglutina y que puede mostrarnos la valía de vivir juntos. Pudiendo justificar en último término, la existencia de una sociedad que aparece cada vez más diluida en medio de la exaltación de una individualidad -a la que ya bastante le cuesta sostenerse sin psicotrópicos por las noches.

Actualizar la pregunta por “lo común” comporta, igualmente, reconocer la existencia del otro, del extraño y del disímil con quienes pese a todas las diferencias nos integramos –sea a fines particulares y contingentes o a otros más estables. De este modo nos obligamos a repensar “la diferencia” y con ello potencialmente nuestro propio lugar dentro de la sociedad. Finalmente, creo, el poner estos temas sobre la mesa eleva la pregunta por la valía de nuestro aporte a la sociedad y la importancia de los demás para realizar nuestros propios fines –cuántas voluntades deben ser articuladas, por ejemplo, para poder disfrutar de los bienes a los que la sociedad nos permite acceder, lamentablemente no en igualdad de condiciones para el caso chileno.

Por todo lo anterior considero de suma importancia pensar sobre las elecciones sin reducirse al mero trazo sobre el voto: hay mucho más tras ello, independiente que no aparezca usualmente en las campañas, los debates o los “sesudos” análisis en los noticieros. Al final del día, cuando decidimos afirmamos que vivir juntos sigue valiendo la pena, aun cuando eso no sea portada en LUN.

Patricio Velasco

Sociólogo UC

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