Verdeseo

Los profesionales no son los únicos necesarios



Fines de diciembre y comienzos de enero: PSU, postulaciones, créditos y becas son parte de las principales ocupaciones de un número no despreciable de jóvenes chilenos. Entrar a la universidad es algo que, en Chile, significa mucho más que continuar con estudios superiores; para muchas familias la esperanza de que sus hijos e hijas ingresen a la universidad es un paso importante a la hora de pensar sobre un mejor futuro.

Lo anterior es, hasta cierto punto, cierto. En efecto existe una alta relación entre el número promedio de años de estudio y los ingresos monetarios futuros, sin contar, por cierto, el prestigio social asociado a ser profesional versus no contar con algún título universitario.

Ingresar a la universidad, y especialmente finalizar una carrera universitaria, comporta un cúmulo de expectativas no sólo de realización y superación personal sino igualmente de ascenso social. Lo problemático, creo, es que hoy por hoy en Chile no existen plenamente las condiciones para que aquellas expectativas se cumplan y, aun peor, temo que para muchas familias éstas se verán duramente defraudadas.

Nuestro modelo de universidad, cuyo artífice fue Andrés Bello, se comprende desde le herencia napoleónica: una universidad profesionalizante orientada al desarrollo y formación de personas competentes en áreas específicas, capaces, digamos, de actuar en el mundo. El “espíritu” no se halla con mucho fulgor en la tradición universitaria chilena (y latinoamericana) y de esta forma nos situamos más bien ajenos a las tensiones europeas sobre la materia para seguir, sin mayores contratiempos, la vertiente francesa y ulteriormente norteamericana sobre cómo debe ser comprendida la institución educativa de mayor nivel en la sociedad. Lo importante, de todas formas, es que no cualquiera “merece” llegar a la universidad; es necesario contar con cierto grado de formación inicial no menor y una disposición particular a enfrentar lo que significa el desarrollo de una “carrera” universitaria. Nuestro indicador, cuestionado y mucho más cuestionable, para identificar y seleccionar quienes han de entrar a la universidad es –como sabemos- la PSU (que, en este punto no es más que un dato de la causa pero que igualmente es síntoma de lo que ulteriormente trataremos).

En el Chile actual el siempre astuto mercado ha logrado –en parte gracias a la desidia de instancias como el Estado- generar un nicho alternativo para aquellos quienes, sin tener la posibilidad directa de ingresar a las denominadas “universidades tradicionales”, desean acometer con estudios universitarios. Mi problema con ello es el siguiente: no creo que se pueda decir que a quienes no les alcanza el puntaje en la PSU no sean “dignos” de la universidad –pues eso, por cierto, validaría premisas con las que no estoy de acuerdo, tales como la eficacia de la PSU- sino que, pese a los esfuerzos por instaurar una semántica de la “excelencia” en sus discursos, todos sabemos que al final del día las universidades privadas son efectivamente empresas y la cota realmente restrictiva para ingresar a ellas es la capacidad de pago. Me parece adecuado el hecho de que otorguen becas a alumnos “de excelencia” (como sea que eso se mida) pero ¿qué pasa con quienes, sencillamente, pagan? Y peor aun ¿qué pasa con aquellos que sólo les resta pagar, que no pueden hacerlo y toman un crédito en base al potencial beneficio futuro de la “inversión en educación”?

Preguntas como estas no son estrictamente un tema educativo, son propiamente una cuestión social que requiere la ocupación de todos; de quienes tuvimos la suerte de estudiar en la universidad y de quienes no, donde la opinión de cada uno no es menos válida sino sostenida por la propia urgencia del problema y las ramificaciones del mismo a toda la sociedad. Por mi parte temo que hay muchas familias que han sido literalmente engañadas, les han prometido un tránsito por la universidad (muchas veces no garantizado precisamente por la calidad de los planes y programas) que habría de mejorar las opciones de sus hijos. La cuestión es que esto puede perfectamente no suceder, sin saber demasiada economía es posible anticipar la forma en que la propia “astucia” de la oferta y la demanda de profesionales puede restar opciones a profesionales que estudiaron en universidades privadas. Lo anterior, sin embargo, puede ser concebido como un “error de estrategia” de aquellas personas que toman la decisión de ingresar a la educación universitaria, el problema de fondo, desde mi perspectiva, es que como sociedad nos estamos encargando –cada día más- de apuntar como único camino válido de “éxito” y reconocimiento el haber asistido a la universidad. Considero que en torno a la idea de la “profesión universitaria” se generan una serie de expectativas exacerbadas, de un orgullo muchas veces falso: quienes asisten a la universidad no son “mejores personas”, cumplen sencillamente con un rol necesario para la sociedad, pero ¡ojo! Los buenos técnicos son tanto o más necesarios, y lo importante es que nosotros reconozcamos su valía y calidad como sociedad; a los técnicos, a quienes están en el rubro de servicios y a quienes recogen la  basura, tanto como a los ingenieros, abogados –e incluso a los sociólogos, que les prometo que de arreglar un calefón mucha idea no tienen.

Sucede, finalmente, que una cantidad considerable de jóvenes (y sus familias) optan por endeudarse –muchas veces más allá de su capacidad de pago- por ser parte del set de expectativas asociadas a la idea del “profesional”, siendo quizás más aptos para realizar otra ocupación, atendiendo igualmente la forma en la que denostamos otras labores que son imprescindibles para que funcionemos como sociedad. Ante la inexistencia de un respeto por actividades no profesionales caemos en la falacia de pensar que el estudiar en la universidad es el único camino “correcto” y, puesto que más de una universidad pensada antes como empresa que como institución de educación está consciente de ello, se ven embaucados por un sueño que puede no encontrar realización (pero los créditos hay que pagarlos igual).

Creo que debemos retomar una senda en la que se valore el trabajo, como tal, antes que un título que pudo haber sido adquirido allende al mall y pagado con la tarjeta de alguna tienda comercial: la universidad no es un mall, ni la sociedad un espacio para coleccionistas de títulos. Valorar el trabajo y lo que cada uno aporta al que podamos vivir juntos es también, creo, estar conscientes de nuestro lugar aquí junto a otros y junto al mundo.

Patricio Velasco

Sociólogo UC

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