Verdeseo

El Contrato Natural Ahora / Feliz Día de la Tierra


Éste se vuelve un día importante para reflexionar, reflexionar particularmente por las motivaciones para que exista este día de reflexión. Tal como las mujeres, el corazón, el amor u otros dispositivos en amenaza, el Día de la Tierra viene a ser una suerte de punta pie inicial para avanzar hacia la simetría, el primer recurso de un esclavo para alcanzar su emancipación. Concuerdo con los aires de embobamiento y adoración a favor de esa entidad sobrenatural que idealizamos como naturaleza, sin embargo por nuestro bien y el de todas las formas de vida debemos aumentar nuestras aspiraciones: para superar este estado de tiranía ¡Contrato Natural ahora!

Aquello para lo que no encontramos palabras es algo ya muerto en nuestros corazones. Hay siempre una especie de desprecio en el acto de hablar. (Nietzsche, El Crepúsculo de los ídolos)

Hace tan solo un par de siglos una serie de pensadores salió a defender una idea tan “ilusa” como la del contrato social, un modelo de organización de las comunidades humanas en torno a ciertas garantías de reciprocidad. Los órdenes conocidos se veían amenazados por el creciente número de humanos, que difícilmente podían ser contenidos bajo los dispositivos de fuerza conocidos hasta ese entonces. Es en ese punto que surge la idea del contrato como la tecnología para garantizar la seguridad de las personas a través de mecanismos de representación y represión complejos. Las personas debían dejar de lado esa animalidad que diagnosticaba Hobbes y devenir sujetos calculadores que fueran capaces de medir las consecuencias de sus actos, consecuencias que provendrían de la serie de reglas generales producidas por el contrato social. De este modo, el temor ya no provendría de otros por separado, sino del poder y la rabia de todos juntos representados en el cuerpo político del estado u otra ficción afín.

De pronto ese humano del Humanismo ya no era una aspiración de un par de dirigentes, sino que debía pasar a ser un fin de todos los hombres para sacarlos de su animalidad y garantizar la paz. La pregunta que cabe hacerse es de dónde sale ese hombre que todos querían ser, porque el contrato social no es un contrato orgánico, una suerte de conexión física. El contrato social es una ficción que requiere de otras ficciones y una de ellas es la ficción del animal humanizado, el ser humano capaz de domar sus instintos y deseos para adquirir una identidad más o menos estable y predecible. Pero tal aspiración requeriría modelos o reglas que fuese útiles para domar el propio cuerpo del mismo modo que el contrato social quería domar la interacción entre los cuerpos.

Harold Bloom nos habla en “Shakespeare: La invención de lo humano” de cómo en la literatura del autor inglés se fue delineando gran parte de lo que conocemos como humanidad, como ser humano tanto en sus consecuencias elevadas, como en las más bajas y viles. Shakespeare en una suerte de inspección psicológica describió a través de las pasiones de humanos de diferentes mundos, los límites aceptables de cómo podemos ser humanos. Pero a mi juicio no fue tan sólo Shakespeare, sino que múltiples generaciones de artistas y científicos han ido dando forma a lo humano acompañados del texto escrito. Los cánones de lectura han sido por muchos años un método importantísimo para llevar la humanidad a las humanidades. En los colegios, la universidades e incluso a través de las colecciones de libros que distribuyen los periódicos se nos dice lo que debemos leer y en esa selección de lo que debemos leer se encuentran múltiples recetas para cómo debemos ser.

Una vez que la humanidad ha sido creada aparecen representantes capaces de hablar en su nombre, representantes de la humanidad que hacen como que han leído todos los libros y pretenden ser mediadores de las voces de las multitudes. Lo interesante es que esas representaciones, puesto que no llegan a instalarse en un vacío, han logrado cierto éxito sobre la base de compartir algo con aquellos a los que representa. Sin embargo, con el correr de los años cada vez estos representantes han ido necesitando más y más aliados y asesores que les comuniquen lo que las gentes quieren o puesto de otro modo, que les traduzcan las necesidades sociales.

La política de hoy es una política con asesores en un sinfín de áreas, en gran medida esa es la razón para la improbabilidad de una política personal, puesto que un solo hombre puede representar aspiraciones, pero difícilmente podrá traducir la multiplicidad de variables con las que funciona un gobierno. Estos asesores de comunicaciones, economía, finanzas, deporte, salud, vivienda y otra infinidad de áreas, son interpelados por la sociedad y a su vez ellos hablan con la sociedad. Sin embargo, la forma en que la sociedad le habla a estos mediadores y representantes las menos de las veces es a través de interpelaciones directas, como en las triquiñuelas comunicacionales en que un político se refiere a una conversación informal que tuvo con un poblador de esfuerzo mientras estaba en terreno. La sociedad les habla a los mediadores por medio de cifras, datos y señales complejas y no por medio de encuentros cara a cara o por conexiones emocionales.

Aun teniendo esto en mente nos encontramos con que cuando nos desplazamos hacia el plano de aquello a lo que llamamos naturaleza, simplemente no estamos dispuestos a asumir su agencia o representación política, puesto que según nuestros políticos la naturaleza no habla. Sin embargo, creo que ya queda bastante claro que la sociedad tampoco habla, y que incluso cuando “las personas” hablan con un científico social para darle una entrevista, este pasará todo el material por la trituradora de métodos cualitativos que convertirán lo dicho en un dato. Los científicos que tradicionalmente han hablado en nombre de la naturaleza, muchas veces se muestran reacios a dejar que la política entre en sus feudos, puesto que temen que se pierda esa dictadura que ellos poseen sobre el mundo natural. Cuando el científico realiza semejante movimiento termina raptando a los objetos, y valiéndose de este acto cobran rescates periódicos para seguir cuidando de ellos con cargo a los programas públicos de financiamiento científico.

Hasta el momento ha primado la impotencia para el mundo de la naturaleza, si bien los científicos están ahí y pueden hacerlos hablar, éstos se han dedicado a hacerlos hablar sólo dentro de un grupo reducido de iguales. Cuando por otro lado los científicos han pretendido llevar a los objetos a las cámaras políticas, son castigados por contaminar su ciencia con algo que le es totalmente ajeno. Las voces de los objetos de la naturaleza de este modo parecería que fueran siendo apagadas, pero nos damos cuenta cada cierto tiempo que la naturaleza nos puede hablar aún más directamente, y aunque los políticos no la quieran escuchar, puede hacer sentir su voz en las vidas de millones como ocurrió con el terremoto y el tsunami del 27F en Chile.

La naturaleza, tal como lo señala Michel Serres en su “Contrato Natural,  nos habla con fuerzas e interacciones. Cuando entramos en una relación más cotidiana con la naturaleza, más allá de nuestras oficinas, laboratorios o bibliotecas, podemos entender  y sentir cómo estamos siendo constantemente bombardeados por señales. Antes de la lluvia los sonidos se amplifican, al finalizar la primavera aumenta el torrente de los ríos a causa de los deshielos en la cordillera, luego de un terremoto de gran intensidad es prácticamente seguro que el mar avanzará por la tierra en la forma de un maremoto, mientras que allí donde hay aguas poco profundas los impactos de un maremoto serán aún más devastadores para un asentamiento humano costero. Las ciencias nos pueden entregar muchos antecedentes como estos, y además cuando nos apoyamos en ciencias como la historia podemos hacer uso de la tecnología de la memoria, para evitar dentro de lo posible errores absurdos como construir ciudades junto a zonas de inundación o adoptar políticas tecnológicas como sistemas de monitoreo más eficientes. Lo que podríamos decir entonces que es distintivo del ser humano es su capacidad de escuchar reflexionar y reaccionar frente a lo escuchado, más que la de hablar.

La Tierra nos habla y con la ayuda de los científicos nos suele alertar frecuentemente de sus posibilidades y condiciones, advirtiéndonos de las consecuencias que nuestros actos pueden tener. Pretender dominar a la tierra es en gran medida hacer el loco, dado que muchos de nuestros afanes por dominar a la tierra se vuelven contra nosotros mismos. Entender que si perdemos nuestros recursos hídricos simplemente para sacar oro le dará mucho dinero a un par de personas, pero que ese dinero no será útil para volver a instalar un glaciar allí dónde fueron derretidos por una compañía minera, es un ejemplo de cómo el dominio se traduce en dominio. Cambiar la velocidad del río más caudaloso de Chile afectando a los sistemas asociados a la regularidad de esta condición, afectando a la economía de toda una región, e inundar bosques cuya fauna está al borde de desaparecer de la faz de la tierra,  con el fin de producir energía eléctrica es otro ejemplo de ese dominio que se hace ridículo.

Hoy en día, cuando el volumen de la humanidad y el alcance de su colonización, por medio de su presencia biológica inmediata o de su tecnología, ha alcanzado magnitudes capaces de alterar el funcionamiento de sistemas básicos para la vida como el clima, se hace más que evidente la necesidad de firmar una tregua. Pacto para el cual la apelación al humanitarismo del tipo “no nos podemos hacer cargo del medio ambiente con la mitad del mundo muriendo de hambre” queda obsoleta. Semejante apelación ha sido muy rentable para aquellos que siguen arrasando bosques, represando ríos y masacrando animales. Nuestra responsabilidad ética como fuerza biofísica reflexiva autodenominada humanidad, es comprender y hacer uso de alternativas, una búsqueda en la cual la retribución ocupa un lugar preponderante. Entender que si tomamos de algún sitio debemos antes pensar cómo lo devolveremos, es parte de un cambio de conciencia que podría mejorar sustancialmente nuestra calidad de vida y experiencia del mundo.

Dar derechos a la naturaleza para hacer efectivo un contrato natural es una apelación a retomar la relación con ella. Conocer nuestros alimentos y las consecuencias de nuestros estilos de vida, reducir nuestro consumo y reducir aún más nuestros deshechos, pensar en el largo plazo y desarrollar nuestra conciencia de especie. Para dar derechos a la naturaleza y hacer un contrato natural debemos realizar un cambio en las mujeres y hombres que somos, en nuestras aspiraciones y convicciones, adaptarnos más que pretender adaptar la naturaleza por medio de nuestras imposiciones. La humanidad no es ningún centro concreto y sólo ha podido llegar a ser humanidad con la ayuda de las masas de la naturaleza que hoy claman por ser reconocidas. Si no estamos dispuestos a liberar de su esclavitud a los objetos de la naturaleza, que no nos quede duda de que la Tierra cobrará venganza y su voz probablemente se escuchará tan fuerte que ni si quiera alcanzaremos a estar allí para escucharla.

Leonardo Valenzuela, Sociólogo UC

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