Verdeseo

De Honecker a Schäfer


Como una aguda metáfora podríamos decir que a Chile vienen a podrirse las ideologías, siendo lo más preocupante de tal aseveración la resistencia ideológica con la que se pretende avalar que tales desperdicios sean depositados en estas tierras. Las coaliciones que han detentado el poder en los últimos años en Chile han guardado cada una sendos fiambres debajo de sus alfombras y en ocasión de la muerte del Tío Permanente Paul Schäfer, bien vale la pena refrescar la memoria.

Casi cuatro años después de la caída del Muro de Berlín se produjo uno de los más duros golpes a la credibilidad moral de la recientemente entrante coalición de gobierno denominada Concertación. Erich Honecker, el responsable político de más de un centenar de asesinatos de personas que trataron de cruzar el Muro, hacía su ingreso a Chile.

Tal acto no habrá sido probablemente tan impactante de no ser porque Chile apenas estaba recobrando el aire luego de casi dos décadas de abusos y crueldad. La derecha chilena criticó profusamente, pero con poca energía lo que en ese momento ocurría en el país, puesto que claramente se configuraba de ese modo una garantía para la inmunidad del abusador que aún se encontraba para la vergüenza nacional, en las más altas esferas del poder. Uno de los íconos más crueles del socialismo totalitario venía a morir de una cruel enfermedad a Chile, amparado en la vista gorda y gruesa frente a los derechos humanos de quienes buscaron posteriormente, en las siguientes dos décadas, sacar el mayor provecho político posible de la defensa de ellos.

En 1977 se dio inicio a la persecución por parte de los tribunales de justicia de un nazi que había venido a Chile a implantar un parque temático basado en la Baviera de principios de siglo, en las afueras de Parral. El parque denominado Villa Baviera se caracterizaba por sus notables atracciones, basadas en técnicas de tortura psicológica, abuso sexual de menores y como guinda de la torta campo de exterminio para opositores políticos a la Dictadura de Pinochet. La persecución iniciada a finales de la década de los 70s en tribunales se convirtió en uno de los episodios más deleznables de la historia política y judicial de Chile. De pronto todos andaban cazando a un zorro que se escabullía entre los esfuerzos de sus cazadores por no encontrarlo.

Los protagonistas de este absurdo, quienes por largos años protegieron a este personaje, los podemos localizar en el partido que hoy en día es mayoría en el Congreso Nacional. Personajes connotados de la Unión Demócrata Independiente dejaron toda decencia y dignidad bajo suelo, protegiendo y justificando las acciones de este criminal. Hace pocas semanas este episodio fue reflotado con la frustrada nominación por parte de la nueva administración de un gobernador que había cooperado con las acciones del Tío Permanente. Sin lugar a dudas no resulta tan complejo entender lo que ocurría en este caso, puesto que estos personajes también dieron una lucha histérica por evitar el procesamiento de uno de los más violentos tiranos de la historia de Chile.

Aun teniendo esto en consideración, no podemos dejar pasar el hecho de que a los chiquillos de la Concertación el zorro también se les perdió por cerca de 15 años. Casi el mismo tiempo que Pinochet se paseó a sus anchas por el espacio público del país sin ser jamás tocado, excepto por los rasguños de Londres, por la justicia chilena. Hoy 24 de abril Paul Schäfer ha muerto bañado en su propia miseria, tal cual le ocurriera al Dictador, mientras que sus colaboradores de ayer guardan riguroso silencio.

Peter Sloterdijk, en su “Crítica de la Razón Cínica”, caracterizaba a los cínicos como aquellos que “saben lo que hacen, pero lo hacen porque las presiones de las cosas y el instinto de autoconservación, a corto plazo, hablan el mismo lenguaje y les dicen que así tiene que ser. De lo contrario, otros lo harían en su lugar y, quizá, peor”. Tal parece que el razonamiento de los políticos chilenos es similar, asumen trincheras de defensa y ataque absolutamente inconsistentes de un modo in fraganti.

Chile es un país a donde las ideologías vienen a morir y podrirse, sin embargo los políticos las siguen promoviendo aunque sepan que están hediendo miseria y anacronismo. Estos personajes conservan y muestran el lado disecado de su proyecto, pero las entrañas siguen percolando sobre sus aparentemente inexistentes conciencias.

Leonardo Valenzuela, Sociólogo UC

  1. Marcelo Araya

    POr favor, un poco de criterio, no se puede comparar al dictador sanguinario y frio, ideologo del Muro de Berlin que separó a miles de INOCENTES, como Erich Honecker, con el Presidente Pinochet, que evitó en Chile una inminente dictadura marxista que habria sido 100 veces más “abusadora y cruel”, como caricaturiza el autor de este post al Regimen Militar, el mismo que evitó una guerra con Argentina, el mismo que devolvió a Chile convertido en un pais pujante y pleno de oportunidades, y el mismo que se sometió a la decisión popular para continuar en el poder y aceptó su derrota.
    No hay punto de comparación alguno.

  2. prifuix

    Supongo que cuando dices INOCENTES nos encontramos frente a la aplicación concienzuda de tu criterio para definir que las más de 3000 personas asesinadas por la Dictadura eran culpables de algo (si es por cosa de números a Honecker lo enjuiciaron por 119 muertes, no me cabe duda que ambos casos son de una horrorosa brutalidad). Además, también debe ser fruto de ese agudo criterio asegurar con semejante convicción que a Chile se lo habrían comido los comunistas de no mediar la intervención del dudoso super héroe. Chile se destaca por ser un país con una desigualdad de acceso a las oportunidades bastante maloliente y por tener especialmente desde los años 70, una base productiva basada en el exterminio de los recursos naturales.

    El supuesto modelo del éxito es una apuesta por el fracaso, mientras que la inmoral justificación moral que muchos de los nostálgicos de la Dictadura (acá hay nostálgicos tal como siguen habiendo “ostalgia” entre quienes habitaron la DDR) han realizado, intercambiando abusos por éxitos -me suena mucho tal cosa al exitismo ridículo que por estos lados abunda-, sólo se cae a pedazos cada día que pasa.

    Por último, siempre me ha resultado chocante que se pretenda como un acto de grandeza someterse a un plebiscito luego de haber secuestrado el poder por medios violentos. Aún más con la inmensa cantidad de garantías antidemocráticas que se regalaron en la Constitución estos personajes, como mínimo me parece de mal gusto suponer que se le adscriban aires democráticos al sujeto aquel.

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