El “Día internacional del derecho de autor” (y, sí, también del libro)



La canción “Todos juntos” en un spot televisivo sin que Los Jaivas se enteren, ilustra el estado actual de nuestra legislación sobre derechos de propiedad intelectual. Pero existen otras alternativas, incluso en Chile: el país donde más se criminaliza a los consumidores por violar los derechos de autor.

Durante los últimos días ha emergido en la discusión pública la cuestión respecto a los derechos de autor y la propiedad intelectual. Hace unas semanas presenciamos cómo una compañía (Warner-Chappell) dispuso de la obra artística de Los Jaivas sin la deferencia de avisarles que una canción muy presente en la memoria colectiva sería utilizada en un spot comercial de Almacenes París –aquí el mentado comercial por si aun no lo han visto.

Por otro lado el pasado viernes, en el marco de la celebración del “Día mundial del libro y los derechos de autor”, se promulgó la nueva ley de propiedad intelectual –ampliamente discutida hace algunos meses- que pretende ponernos en línea con los cambios tecnológicos y los desafíos que éstos presentan al ordenamiento legal sobre la producción de bienes culturales.

Ambas cuestiones han sido discutidas, sobre todo en blogs, con bastante intensidad.

Claudio Ruiz, abogado y presidente de la ONG Derechos Digitales, explicó con claridad qué es lo que efectivamente sucede en relación a Los Jaivas. Del mismo modo los medios, aunque con menos entusiasmo, informaron respecto al nuevo estatuto legal que pretende poner a Chile en línea, a este respecto, con lo que debiera esperarse de un país desarrollado y orgullosamente parte de la OCDE (por sus siglas en inglés).

La cuestión, sin embargo, es de más largo alcance. En efecto, las tecnologías nos han abierto nuevos horizontes y con ello, han reestructurado el mundo en el que vivimos. Esto, de todas formas, no es nuevo. Ya se vivió con la imprenta y la posibilidad de masificar la escritura, cuestión de suma importancia para, por ejemplo, el aumento de la población protestante de Europa que pudo conocer la Biblia en la traducción de Lutero. Más cercano a nuestra generación observamos el videocasete y la posibilidad de “congelar”, a través de la grabación los programas de la televisión, la instantaneidad de la transmisión y volver a lo grabado cuándo y cuantas veces quisiéramos, e igualmente el recordado casete (y la “magia” que sobre él ejercía una vulgar cinta de scotch).

Día a día la tecnología reconfigura nuestra forma de vincularnos con el mundo y, en directa vinculación, cada nuevo desarrollo conlleva la problemática de responder a cuáles serán las herramientas con las que contarán los autores para tener algún grado de control sobre sus obras.

El mayor desafío que hoy enfrentamos es el hecho de que las distinciones productor/consumidor o artista/audiencia aparecen cada vez más difuminadas. Hoy en día podemos compartir sin perder; esto es, cada vez que en el mundo digital compartimos algo con alguien, una canción o un texto por ejemplo, quien lo cede no lo pierde sino que mediante la realización de una copia digital tanto el donante como el donatario pueden tener acceso al bien simultáneamente (¡cuánto hubiésemos querido que eso pasara con las colaciones en el colegio cuando éramos niños!). En efecto, ya cada vez más personas señalan que, de hecho, mantener aquellas diferencias ya no tiene ningún sentido y que lo mejor sería hablar de “prosumers” -un concepto instaurado en los 80’s que cada vez parece tener más sentido.

Lo relevante de estos nuevos conceptos es que, de la misma forma en que la tecnología aparece cada vez más “empoderada” respecto a las consecuencias de la misma en la sociedad, todos nosotros podemos tener mayor capacidad de decidir sobre estas cuestiones. No sólo somos continuamente productores (y consumidores) de nuevos contenidos, tenemos también la chance de elegir sobre cuáles queremos sean los alcances de nuestras obras.

Hoy por hoy, y gracias al desarrollo de las licencias Creative Commons, creadas por Lawrence Lessig -el profesor de Stanford autor de “Cultura Libre”-, ya existe la posibilidad de elegir respecto a cuáles deseamos que sean los usos que se le pueden dar a las obras que generamos.

Son estos temas los que debemos comenzar a discutir en el contexto nacional con mayor ahínco. Hace pocos días “Consumers International” dio cuenta de la compleja realidad nacional en estos temas. En Chile no existe un equilibrio entre los derechos de los consumidores y de los autores, sobretodo en lo que refiere al acceso a bienes y la penalización por quebrantar la ley en nuestro país -que usualmente es conocido por estar en las “listas rojas” de piratería. Siguiendo el informe de “Consumers International”, Chile lidera la criminalización de los consumidores frente a la propiedad intelectual (ver más aquí en inglés, o la cobertura de “El Ciudadano”)1.

El desarrollo sustentable de un país, y de la sociedad en general más allá de las fronteras nacionales, pasa tanto por resguardar los bienes naturales y culturales como por la promoción de lógicas inclusivas en la producción y el acceso de bienes -de cualquier naturaleza- entre quienes vivimos juntos. A la fecha nuestro país se ha mantenido extremadamente al margen de aquellas políticas de inclusión, sin sacar provecho de las potencialidades otorgadas por la tecnología y, antes bien, intentando responder a los cambios tecnológicos y sociales con un resquemor que, muy pronto, nos puede dejar (nuevamente) bajo el carro del siempre ansiado mejoramiento de las condiciones de vida.

Las herramientas tecnológicas, así como las legales (licencias Creative Commons mediante) y las redes –físicas y virtuales- de las que todos somos parte permiten comenzar a configurar un nuevo horizonte.

Sólo resta señalar que, a diferencia de lo sucedido en otros momentos, hoy no es requerido que exista un Estado o una gran agencia que gestione este desarrollo –sí debe, al menos, no prohibirlo, y es ahí donde tenemos el problema- pero es necesario destacar que cada uno, junto al otro, podemos ya comenzar a estructurar esta nueva forma de ordenamiento. Un orden en el que se reconoce la valía del trabajo del otro, resguardando los intereses de su creador y pudiendo acceder a lo que todos creamos; favoreciendo la reunión de intereses comunes y la generación de nuevas redes que traspasen fronteras. Un lugar, el mundo, en el que estemos “Todos Juntos” pero de verdad (y, por cierto, sin Warner-Chappell).

Patricio Velasco

Sociólogo UC


[1]  Ha sido la propia gente de “Consumers International” quienes han dado cuenta de lo nefasto que puede resultar para un país el desequilibrio en la ley de propiedad intelectual, pueden verlo en este mini-documental de 15 minutos disponible aquí.

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