La ciudad que amo no respira


Reproducimos aquí columna de Cristián Warnken aparecida hoy en El Mercurio.

Cristián Warnken

Jueves 13 de Mayo de 2010

La ciudad que amo no respira

Cristian Warnken.jpg

“Un hilo de sol nos mantiene vivos” —le oí decir a Rolando Toro, creador de la biodanza, un hombre que a los 80 años danzaba y había curado a sus pacientes psiquiátricos con bailes y abrazos.

Un hilo de sol, pero, en Santiago, también un hilo de aire: la ciudad capital, que se vanagloria de todos sus índices, carece hoy de lo más esencial: buen aire para respirar. ¿Qué pasaría si el agua que nos llega potable a nuestras casas, estuviera contaminada? Si las autoridades públicas han fracasado en hacer vivibles los otoños e inviernos, ¿habrá que privatizar el aire para poder respirar?

Miro el sol que se filtra oblicuo entre las hojas rojas, amarillas y verdes de este otoño de emergencias ambientales, y pendo de un hilo, entre clorofilas y monóxido de carbono. ¡Todavía podemos ver el horizonte a ciertas horas! ¿Hasta cuándo? ¿Llegaremos a ser como aquellos habitantes ciegos del país de los Cimerios que visitó Odiseo y que nunca veían el cielo?

Qué paradoja: nunca esta ciudad es tan hermosa y venenosa al mismo tiempo como en otoño. Las hojas caídas dignifican nuestros pasos aquí y nos hechizan con sus tonos y combinaciones infinitas. Pero estamos muriendo en vida. “Lo bello es nada más que el comienzo de lo terrible”. ¡Cómo cobra en Santiago, en otoño, un sentido inesperado ese verso de Rilke!

Barremos y hacemos desaparecer esas hojas que son oro puro (humus) en bolsas de plástico negro, maniáticos de un orden y limpieza enfermizos, ¡oh, paradoja!, en una de las ciudades con el aire más sucio del mundo. Y para colmo de los males, diligentes y fúnebres funcionarios municipales practican el aciago deporte de arrancar árboles de cuajo. Mi madre me cuenta que el roble añoso que filtraba el hilo de sol y que abrazaba la ventana de su departamento fue derribado en plena comuna de Providencia. Mi madre está de muerte. Pertenece a una generación que ama y conoce los nombres propios de los árboles. La ciudad con menos aire es también aquella con menos árboles. Respiramos muerte y matamos lo que nos da vida.

Mientras oigo el penetrante sonido de las sierras botando árboles “añosos”, pienso en los centenares de miles de niños santiaguinos obstruidos, que crecen pegados al inhalador. Niños que inhalan, pero que no respiran. En las mañanas, los niños de la comuna de Pudahuel están cubiertos por una infame nube negra, que en la tarde sube y contamina como peste fantasmal las noches de los niños de Vitacura.

¿Qué han hecho las autoridades en estas décadas? Hemos estado y seguimos estando en manos de unas especies de “Onemis del aire”. Santiago se ha convertido en una incubadora de virus que celebran un aquelarre en nuestras propias narices. Jorge Teillier, que era un exiliado del sur viviendo en Santiago, decía que sus propios poemas eran nada más que “palabras, palabras, /un poco de aire movido por los labios/ para ocultar lo único verdadero:/ que respiramos y dejamos de respirar”.

Hemos olvidado hace tiempo que lo esencial es respirar bien. El que respira mal, no puede pensar bien, sentirse bien, hacer el bien. Entiendo que está próximo a llegar a su fin un ambicioso plan para descontaminar las aguas de la Región Metropolitana. La próxima tarea épica urgente que debiéramos plantearnos es llegar a ser una ciudad respirable. Que huela a nieve de cordillera.

Para eso, partamos por exigirles a nuestros alcaldes menos edificios y más árboles. Que los tercos ediles terminen rindiéndose ante esa consigna con raíces. Que sus cabezas se llenen de árboles y pájaros y niños revoloteando y buscando aire. Que las voces de la ciudad clamen y respiren rítmicamente: “¡Aire, aire, queremos aire!”. Para respirar, para vivir. Que todos los niños santiaguinos de hoy lleguen a los 80 años con los pulmones limpios, ebrios de aire, para cantar y danzarle al sol. Como Rolando Toro.

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