Con Larraín Gana el Odio


Carlos Larraín será el presidente de Renovación por otro período, tras lograr un triunfo avasallador. Sin embargo, este triunfo siembra ciertas dudas, puesto que es este mismo personaje el que ha despotricado permanentemente y con toda impunidad en contra de grupos que no son de su agrado, a través de frases denigrantes y odiosas. Renovación Nacional, que se hace llamar un partido liberal, contra este principio está simplemente dando un espectáculo triste de conservaduría y anacronismo idiota. Afortunadamente, la democracia nos da herramientas para hacer algo respecto a las consecuencias de esta clase de grupos.

Renovación Nacional es un partido que nace a fines de los ochenta bajo los liderazgos de personajes como el recién renunciado Miguel Otero, además de otros personajes sumamente cercanos a la dictadura como el ex ministro de Pinochet, Sergio Onofre Jarpa. Renovación de algún modo surge de las cenizas del Partido Nacional, del cual Jarpa llegó a ser su último presidente antes del golpe militar. El Partido Nacional nació en 1966 como una grupo político de reacción contra la Reforma Agraria y los movimientos sociales que estaban surgiendo en el país en esos años, en demanda de condiciones económicas y políticas más justas. El Partido Nacional fue uno de los principales agitadores durante la Unidad Popular y llega a su fin el 14 de septiembre del 73, a pocos días del golpe militar, cuando Jarpa decreta su disolución al haber perdido éste su razón de ser, gracias a que sus demandas se veían así resueltas de la noche a la mañana. Carlos Larraín es uno de los tantos que se cultiva políticamente en esos círculos.

Carlos Larraín es uno de esos ejemplares que han vivido prácticamente toda la Guerra Fría, lo cual ha generado consecuencias notorias en su juicio. Para Larraín sólo existe un nosotros y los otros; buenos y malos; gente decente y comunistas; machos y maricones. Lógicamente, en la mente de Larraín también existe la verdad eterna e inmutable, la cual obviamente está de un sólo lado de la distinción.

La mente de Larraín me parece que muy dificilmente podría ser identificada como la mente de un liberal, de hecho, creo que muy poco ha hecho RN por ser un partido liberal, lo cual se podría justificar plenamente en sus orígenes. Incluso cuando ganó Piñera, aludiendo a una supuesta identidad liberal, también se afirmaba por otro lado una identidad confesional excluyente. Hoy, cuando la expectativa estaba puesta en un paso hacia un liderazgo más liberal, a pesar de que no creo que Monckeberg represente de modo satisfactorio eso, RN apuesta por aquello que está en su ADN: un conservadurismo crudo y violento.

Ese conservadurismo que yo llamaría más bien providencialismo, por la tendencia de quienes lo encarnan a apostar por justificaciones extraterrenales para sus juicios, es la cara radicalmente opuesta al liberalismo. Cuando Larraín realiza el acto de ordenar el mundo entre hombres viriles versus homosexuales, pedófilos y zoófilos, recurre, como fundamento de su distinción, a un orden normal, a algo naturalmente dado, un orden que a su vez se justifica en las páginas de algún libro religioso mezclado con un poco de ciencia mal comprendida. Ni ciencia ni religión son argumentos que obliguen en sí mismos, sino que más bien son vehiculizados por odiosidades personales, una suerte de pasión por la exclusión.

Las expresiones odiosas caen en un saco vacío cuando no hay herramientas judiciales o democráticas que permitan exigir reparación de modo explícito frente al atropello que realiza un fanático como Larraín. Creo que ya es tiempo en este país para que nos decidamos a poner límites al odio y los abusos cotidianos de los que nos hacemos cómplices. A mi juicio, una ley contra el odio que sancione de manera inmediata cualquier forma de discriminación basada en género, raza, origen o religión, es un paso de gran relevancia para que posteriormente podamos discutir sin agresiones de esa índole una legislación que efectivamente deje tales agresiones de lado en la práctica concreta.

Una ley de ese tipo sería un gesto auténticamente liberal, pero muy probablemente tal gesto no vendrá de quienes juegan a hacer política con esas banderas. Espero que a través de esa clase de iniciativas, sectores que comulgan más cercanamente con el liberalismo pongan un freno al cinismo pechoño de esos liberales-conservadores de RN. Si la democracia de los partidos no es capaz de ser fiel a lo que dicen promover, entonces tendrá que ser la democracia de todos, a través de todos los poderes disponibles, la encargada de devolver a sus tumbas a toda esa legión de momias que siguen sembrando la indignidad en la política chilena.

Leonardo Valenzuela, Sociólogo UC


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