Adicciones Renovables


Actualmente, existen distintos proyectos que buscan solucionar el problema de la falta de energía. Uno de aquellos proyectos es el reactor de ondas en movimiento, el cual fue presentado el año pasado en las conferencias TED por nada más ni nada menos que Bill Gates.

En su charla, Gates expone la siguiente tesis: señala, irrevocablemente, que es imposible considerar una reducción sustancial en el uso de energía promedio por persona. Para que los países en vías de desarrollo puedan alcanzar los niveles de Europa y los Estados Unidos, es necesario que aumenten, y no que disminuyan, su consumo de energía. Según el presidente no ejecutivo de Microsoft, todos los avances en energía eficiente no lograrían los niveles de ahorro necesarios para permitir el crecimiento de los países más pobres sin afectar al medio ambiente mediante la emisión de CO2. Al final de su charla, afirma que la meta no puede ser una simple disminución en los niveles de CO2: es necesario llegar a cero para detener el calentamiento global; cualquier número superior es un fracaso.

Gates nos indica que la mejor opción, que es además la que él apoya y en la cual ha invertido sumas de dinero aún no reveladas, es el reactor de ondas en movimiento. Este reactor quemaría los actuales desechos nucleares, en conjunto con uranio no enriquecido, lo que podría proporcionar décadas de energía al mundo. Los troncos (“logs”) que se utilizarían en este proceso, y que se enterrarían en la tierra, servirían de pilas globales para mantener e impulsar nuestro actual estado de avance y desarrollo. A diferencia de los reactores actuales, el reactor de ondas quemaría más del 3% por ciento del uranio; Gates defiende el 100%.

El primer supuesto sobre el cual descansa el argumento de Gates es que la vida futura del ser humano, sea este pobre o rico, debe considerar grandes usos de energía. No existe otra opción. El supuesto de Gates es sólido: la mayoría de nosotros nos hemos vueltos adictos al uso constante de energía, por lo que es muy difícil concebirnos en ambientes desconectados del suministro: la educación y la salud cada día buscan integrar más y más energía; las industrias ya desde hace tiempo vienen reemplazando al hombre con la máquina; computadores y electrodomésticos componen el paisaje actual de nuestras casas y oficinas; y hasta nuestras formas modernas de entretención, tales como el cine, los videojuegos, la mayor parte de la música y todo el Internet, necesitan de energía para funcionar.

Sin embargo, suponer que el ser humano no puede cambiar su dependencia de la energía es igual a suponer que nunca solucionaremos realmente el problema: hemos abusado de la mayor parte del ecosistema y de nosotros mismos; no hay razón para que no sigamos abusando de él en busca de más y más energía. Sin embargo, tampoco no hay razón para pensar que encontraremos una energía mágica que esté a la altura de nuestras ambiciones. Excepto a que descubramos fuentes de energía abundantes y completamente renovables, o que se propongan nuevos rumbos de desarrollo y nuevas formas de vida, cualquier otro tipo de combustible, sea el uranio, el sol o el viento, será consumido hasta el fin en aras de nuestras “supuestas” necesidades básicas, con consecuencias, por lo general, negativas en el ecosistema y para la humanidad en su conjunto, como lo han sido la mayoría de las consecuencias de la tecnología hasta el día de hoy. Encontrar nuevas formas de energía que mantengan el mismo tipo de vida y civilización es postular la continuación del mismo ciclo de uso y consumo que tanto ha afectado a nuestro ecosistema y puesto en riesgo la misma supervivencia de la humanidad.

El segundo supuesto es el hecho de que la energía es el componente clave para sacar a los países pobres de tal condición. Según Gates, si no se invierte en energía los países pobres no podrán salir de tal situación, aunque no es seguro que salgan de ella aún teniendo esta gran fuente de energía. Por lo general, la deplorable condición de gran parte de África y de otros países en vías de desarrollo ha sido en menos medida la consecuencia de la escasez de energía que la amplitud de las ambiciones monetarias de los países más poderosos. Probablemente una de esas pilas de energía gigante, de hacer algo, agrandaría la brecha entre los países de menos y los de más recursos. Pensar que una nueva fuente de energía puede resolver el problema de África y de otros lugares aislados por la civilización moderna como si no hubiesen implicancias políticas, económicas y hasta morales de por medio, es absurdo.

Supongamos que Gates logra su proyecto: a medida que avancen las naciones, se necesitará más y más energía, porque se seguirá creyendo que la energía es seudo-infinita y que la ciencia siempre encontrará una respuesta a nuestros problemas energéticos; la energía seguirá siendo una gran inversión, subirán las cuentas de luz de muchos hogares y los bonos de pocos ejecutivos; probablemente gran parte de África y Sudamérica y otros países en vías de desarrollo seguirán donde están, enfrascados en los sueños y las exigencias que les impone el mundo occidental; y lo único que se renovará será la cuenta corriente de Bill Gates, quien diseñaría (y comercializaría) el software del reactor (tal vez la inversión más inteligente en este momento), y nuestra dependencia de la energía. El reactor de Gates es, básicamente, una forma de perpetuar el actual orden, de continuar, con nuestra terrible y siempre renovable adicción a la energía.

 

Pablo Saavedra

Estudiante del Magíster en Traducción UC

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