Verdeseo

La muerte de la poesía


Como la novela, la ironía y el humor conforman la presente nomenclatura de la poesía: un arte que en su apogeo  construyó la identidad de poetas y de pueblos y que hoy agoniza de la mano de la naturaleza.

Me dicen que un musulmán astuto visitó Inglaterra a fines del siglo XVII y que entre sus impresiones, figura la imagen de un país extasiado por el progreso y la perfección occidental.

Me dicen que la realidad china y su aparatosa revolución económica no distan de ese pasado inglés, cuyos desgarros sociales movieron la pluma de Dickens, así como la gris Beijing lo ha hecho con el censurado Yu Jie.

El novelista por excelencia tienda a recrear un mundo. “Épica de una sociedad  que se funda en la crítica, la novela es un juicio implícito sobre esa misma sociedad”, según Octavio Paz. Desde finales del siglo XVIII la novela se ha levantado como el arte de Occidente, el espejo de la modernidad. Balzac o Laclois en el XIX, Joyce o Pasternak en el XX, han trazado a sus personajes en función de una crisis privada arraigada en una social.

Me dicen que la identidad perdida movilizó a Don Quijote y que la duda de Madame Bovary acabó con su sueño de amor. En cierto sentido, Ema no expira cuando el veneno detiene su pecho, ni el Quijote lo hace con los rezos del cura Pérez. La caída de estos poetas en ciernes es sólo la manifestación de una muerte anterior producida por un ideal que nunca prospera. La realidad pudo más que el romanticismo de Quijano y el pudor burgués, más que el instinto de la Bovary.

Resulta paradójico, pero a partir de la modernidad, la poesía deja de ser bella. Mientras Baudelaire le canta a Satán como “un libertino que besa y muerde el seno maltratado de una vieja ramera”, Eliot entraña juicios a la orilla de un Támesis ardiente de ratas.

Me dicen que el furor de Whitman y las cabriolas épicas de Neruda refutan mi tesis, pero la verdad es que los bardos de América le cantaban a un mundo que recién despertaba y cuya desnuda identidad requería una épica que cubriera sus paisajes. Los iracundos versos de Parra son la mejor prueba de la poesía de hoy. La antipoesía de Nicanor –más prosa que verso— está llena de lo que Paz llama los ingredientes de la novela moderna:  la ironía y el humor.  “(Ellos) son la gran invención del espíritu moderno. Son el equivalente del espíritu trágico y por eso nuestras grandes novelas resisten la cercanía del teatro griego. La fusión de la ironía es una síntesis provisional, que impide todo desenlace efectivo. El conflicto novelesco no puede dar nacimiento a un arte trágico”, explica el ensayista en El arco y la lira.

No podemos aspirar a mucho. La alta poesía está derrotada más que por un racionalismo de suyo irracional, por la agonía de las tradiciones que el progreso ha permitido.  El fantástico proyecto de Los Dardanelos que pretende instaurar represas sobre un cementerio indio en el estado de Mato Grosso, en Brasil, ni siquiera atenta con las tradiciones de un grupo indígena. Va más allá. Amenaza con extinguir el espíritu de un pueblo bendecido por el Amazonas.

Me dicen que las capitales del mundo son todas iguales porque ellas encarnan la cara del progreso. Hace más de dos siglos Rousseau nos incitaba a recorrer las provincias de un país cualquiera, en detrimento de su capital, para conocer la sustancia que alimenta su cultura. No es trivial que en las famosas Confesiones de este autor aparezca por primera vez el llamado “sense of nature” (la sensación de la naturaleza) que daría pie a  lo que los estudiosos llaman el espíritu del romanticismo: movimiento político y cultural nacido a fines del XVII. Todos quisieron sentir lo que este autor experimentó al cruzar los Alpes en busca de su identidad. Todos en Europa quisieron ver lo que el filósofo observó, nos cuenta Jan van den Berg en The changing nature of man.

Fortalecido por su oposición a la Revolución Industrial, el romanticismo abogó por la libertad de pensamiento y la influencia de las emociones como experiencia estética. La tempestad y el empuje fue su lema (el sturm und drang de Goethe) y el nacionalismo  su proyecto más radical.

Me dicen que el gran quiebre de la tradición poética de Occidente se produce en esta época romántica, cuando el vate William Wordsworth le habla al mundo por primera vez desde una identidad, impulsando la llamada compañía visionaria de la alta poesía inglesa. Enfurecido de inspiración, Worsdworth hace de la sensación de la naturaleza el crisol de un arte capaz de dar sentido a los entuertos del presente. Ahí aparecen el famoso “Preludio”, “Resolución e Independencia” o la oda “Insinuaciones de inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia”:

Hubo un tiempo en que la pradera, el bosque y el arroyo,

La tierra, y cada avistamiento común,

Me parecieron

Como arropados en una luz celeste,

La gloria y la frescura de un sueño.

Hoy ya no es como fue;

Podría voltear hacia cualquier lugar,

Ya sea de noche o de día,

Porque las cosas que he visto no podré verlas jamás.


Me dicen que los destellos de esta oda, cuyo hablante va cerrando el poema a medida que toma conciencia de su propia mortalidad, encarnan la poderosa imagen de la realidad presente. Afanados por el progreso, por la urgencia de un futuro incierto, hemos acabado con la naturaleza, y por extensión con la poesía, que en un momento nos dotara de una insigne identidad.

Carlos Oliva

Periodista

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