Garrote y zanahoria, nada nuevo bajo el sol


Doscientos años han pasado, algunos dicen, desde que alcanzamos la “Independencia”. Imprecisiones históricas que nos han revelado la tónica de las celebraciones del Bicentenario: mucho espectáculo de luces, corte de cintas, días del patrimonio y reediciones de la Aurora de Chile. Ante todo este espectáculo sólo me parecería sensato señalar “… y mientras tanto, en Chile”, en el Chile que nos hemos permitido habitar, en el país en el que realmente vivimos, aquí donde un grupo de personas señala que no hay nada que celebrar, otros deben recurrir a huelgas de hambre en vistas de ser juzgados por la justicia civil (mientras se aplican con ellos prácticas “importadas”) y las fuerzas de orden “marcan” a quienes protestan en las calles con balines de pintura. Pero no importa, ahí está nuestro Presidente buscando mejorar la institucionalidad ambiental –mientras tanto nos arreglamos “a lo amigo”, porque, claro, de la ministra de Medio Ambiente del “gobierno de excelencia” no se puede esperar mucho.

Evidenciamos, con escozor, cómo la vieja política del “garrote y la zanahoria” (versión chilensis del “pan y circo” romano) se mantiene vigente y activa. Las grandes figuras políticas, de todo espectro, se pelean por aparecer ante las cámaras para luego reacomodar las piezas de la discusión normativa –respecto a la sociedad que queremos- a nuestras espaldas. Nos entregan la zanahoria para la efímera sonrisa en televisión y los albores de movilización se aplacan; los ejemplos van desde las famosas “comisiones” de la Concertación hasta el recientemente publicitado “acuerdo” con Suez Energy. Pero cuando la cosa comienza a ponerse “color de hormiga”, no se duda en argumentar en pos de la defensa del orden público y las justificaciones que dimanan del aparato de la coacción física aparecen cada vez más risibles. Al final del día todo aquello que se nos presenta como “gracia” de habitar estas tierras encuentra, en la mayoría de los casos, un punto final en el que se nos recuerda que lo obtenido no ha sido sino obra de la buena voluntad de nuestros gobernantes y que, en nuestro demandado agradecimiento no tenemos espacio a problematizar aquello que nos favorece; no hay que “morder la mano que nos da de comer” nos dicen, pero pocas veces somos capaces de darnos cuenta que, en efecto, la relación es inversa. Que es la clase política, y la elite en general, la que ostenta su posición gracias al trabajo cotidiano que cada uno de nosotros emprende.

¿Por qué somos presa de tales males? ¿Será que, como se dijo hace poco más de un siglo, parece que no somos felices? La valía de los juicios de Mac-Iver, en el contexto de la discusión de las condiciones del país en los albores del siglo XX, aparece asombrosa a nuestros ojos, incluso a ciento diez años de haber sido pronunciadas. Nos hemos abarrotado de semánticas positivas sobre nuestro terruño: si en los noventas fuimos los “jaguares”, hoy somos el flamante nuevo socio de la OCDE. Y los mineros sepultados, antes que obligarnos a reflexionar sobre las condiciones de trabajo en el país, son hoy muestra de nuestra fortaleza y astucia para sobrellevar la adversidad, ese sino invisible que se yergue sobre nosotros y que padecemos en silencio. ¿Efectivamente es condición pseudo-natural de habitar aquí el tener que vivir con aquella sensación?

Desde hace bastante tiempo he sostenido la tesis de que en Chile somos muy eficaces a la hora de evitar el desastre, pero un cero a la izquierda a la hora de promover nuestro propio bienestar: nuestra forma de subsanar el problema del abandono a los discapacitados se soluciona con una Teletón que, de cuando en vez, muestra a las mineras haciendo donaciones millonarias y, con ello, pone bajo cuerda la continua explotación de los recursos naturales no renovables; ahora que nos ponemos a discutir sobre matriz energética nos dicen que no se puede, que somos aún un país muy pobre, pero muy pocos ponen el acento en quiénes son los que demandan tanta energía (a saber, y en el mayor porcentaje, las propias mineras); cuando hablamos de educación los adalides de la libertad de enseñanza enarbolan las banderas de la importancia de que exista un mercado educativo, sin hacerse cargo de las inconmensurables asimetrías de información (y ni hablar del capital social) con la que cada familia hace frente a la decisión de dónde educar a sus hijos.

Muchas instancias parecen aquí tener la impronta de aquel movimiento mediante el cual nos entregan, casi por “gracia Divina”, una zanahoria: la imagen del Presidente en los barcos acercándose a Punta de Choros con banderas de fondo mientras las manifestaciones en Santiago en razón del mismo motivo fueron reprimidas con fuerza. Claramente hoy observamos cómo es que funcionan las cosas. Pero no importa, en estos días estamos de fiesta y todo tendrá un gusto medio extraño a chicha y empanada. La cuestión es qué pasará tras la fiesta. Qué haremos una vez que se haya pasado la resaca nacional por las festividades de los 200 años. Considero que una forma orientada de revertir la sensación que explica el que mucha gente crea que no hay nada que celebrar, dice relación con la forma en que nos vinculamos con la autoridad (principalmente política). Un ejemplo: desde la Concertación mucho se habló tras la derrota de la “necesidad de renovación” de la clase política: tras las elecciones de los partidos de la Coalición vemos que la cosa no ha girado medio milímetro en aquella dirección.

Las coaliciones existentes parecen no ser suficientes mientras que, por otro lado, la ciudadanía es capaz de organizar una manifestación en dos horas (¡dos horas, menos incluso de lo que los senadores se pueden demorar en discutir un aumento en sus dietas!) en el contexto de las denominadas “redes sociales”, tal como aconteció hace unos días en las manifestaciones nacionales contra la aprobación del proyecto de Suez Energy a 25 km. de Punta de Choros en el COREMA de la cuarta región. No hay que ser, sin embargo, naive al respecto: una marcha convocada sobre Twitter no es signo de nada en sí. Sin embargo, puede ser un germen para comenzar a dar vuelta la torta y pensar sobre unan nueva forma de hacer las cosas: una en la que la ciudadanía esté en el centro y “la política” no sea sino un eco de la misma.

Debemos superar las lógicas de una acción paternalista del Estado. En la medida que comprendamos al Estado como aquel gran padre, dadivoso y castigador, seguimos en la tónica con visos monárquicos (con la que Hermógenes Pérez de Arce caracterizaba a la figura de Ricardo Lagos, o Ricardo III). No se trata aquí de que exista más, menos, mejor o peor Estado, sino de un Estado distinto, de un nuevo acuerdo en que las instituciones emergen como respuesta a las lógicas de articulación sociales –donde éstas no son “coordinadas” por institucionalidad alguna.

La condición necesaria para que nos sigan tratando con el garrote y la zanahoria es que todos nosotros permitimos que exista una figura que esté en esa posición, alguien que cuente con el poder suficiente para poder hacerlo. Por el contrario, si cada uno de nosotros toma razón de su lugar y que la democracia no es únicamente ir a dejar un papelito en una urna cada tantos años podríamos ser capaces de articular algo más. Un espacio donde el hecho de que vivimos juntos sea lo central, que vivimos juntos en este lugar y ahora: no más pero tampoco menos. Quizás eso sí sea más digno de celebración.

Patricio Velasco F.

Sociólogo

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