Un motivo para celebrar


Podría decirse que existen dos formas de presentar un argumento. Una como un observador externo con pretensión de omnisciencia y otra como un individuo que es partícipe de algo y por tanto, tiene un juicio implicado. Quiero escribir desde mi experiencia personal acerca de lo que se ha planteado en este Bicentenario chileno como un gran rito de integración.

No sé cuántos de ustedes escucharon las solemnes palabras de nuestro Presidente durante los 12 minutos que demoró el izamiento de la gran bandera chilena del Bicentenario. La verdad es que los discursos de esa índole suelen carecer de una impronta performativa, transformándose la mayoría de las veces en un poético juego de palabras. Nos emocionamos todos al imaginar un país justo y solidario, con verdadera igualdad de oportunidades, pero poco se hace en la práctica para que eso ocurra, para que exista inclusión a las oportunidades de vida y una real integración social.

Si bien aún quedan rasgos de un “Estado de bienestar” en Chile, el grueso de la responsabilidad recae en las familias, las que se enfrentan al mercado y satisfacen aquellos requisitos mínimos para sobrevivir. Sin embargo, el sistema económico, con todas las imperfecciones que levanta y los fenómenos de empobrecimiento y reproducción de la vulnerabilidad que arrastra, no es la única fuente de exclusión de compatriotas.

Para qué hablar de la exclusión cultural Mapuche -de la cual el gobierno hace muy pocos días dio visos de intentar remediar- cuando ya el tema de los comuneros en huelga de hambre pasó a ser públicamente repudiado. Sólo el tiempo juzgará si el Plan Araucanía cumplió su cometido o si nuevamente se quedó en meras intenciones acerca del manejo del fondo del asunto. También hay un fuerte menosprecio a nuestros hermanos inmigrantes latinoamericanos, el cual se traduce en una mantención del status quo por parte de los chilenos, sin considerar en absoluto las posibilidades de desarrollo que su integración conlleva.

Pareciera que el clásico discurso de Vicuña Mackenna en el parlamento sigue vigente: “El indígena no es sino un bruto indomable, enemigo de la civilización porque sólo adora los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición y todo ese conjunto de abominaciones que constituye la vida del salvaje” (Tricot, 2010, p.36). Hoy, a raíz de la cuestión mapuche, Tito Tricot señala: “Porque ayer al mapuche lo transformaron en  salvaje y ahora lo convierten en terrorista, cuando no es –ni ha sido- ni lo uno ni lo otro” (2010, p.36).

El mosaico cultural del cual descendemos no sólo se compone de la herencia Mapuche, sino también de comunidades como la Aymara y Diaguita, por citar algunos ejemplos. Por eso, negarles su autenticidad e intentar imponerles la homogeneidad de la “cultura dominante” sólo se traduce en una pérdida de valores y costumbres, una anulación de un “otro” que también es parte y que aporta cosmovisiones que enriquecen nuestro imaginario de nación en tanto se reconozca también su historia.

Por último, también hay formas de marginación a las oportunidades de vida que entrega Chile, las cuales se observan a nivel agregado. Como dice Margarita Iglesias (2010), “las mujeres seguimos siendo más, trabajamos más, y aún ganamos menos” (p.39). Pues más allá de la fuerte discriminación laboral, aún no existe paridad de género respecto al trabajo doméstico, lo que sigue implicando una doble carga no remunerada para las mujeres. Lo mismo acontece en las regiones. Da vergüenza recorrer el Norte de Chile y observar su precaria infraestructura, la incompetencia de algunos de sus gobernantes y el abuso de sus recursos. En definitiva, es patente la falta de voluntad del poder central para que el 60% del país se desarrolle de acuerdo a un modelo íntegro que respete su riqueza. No vamos a decir que la inversión en las regiones –de la gran minería, la industria energética o las actividades silvoagropecuarias, por ejemplo- sean un esfuerzo  chileno, pues la mayoría de las veces es un asunto gobernado por capitales extranjeros.

Esto nos lleva a una conclusión que Sergio Grez (2010) sintetiza con claridad: “A pesar del discurso oficial del éxito económico y de la modernización, aún no se encuentran las bases materiales, culturales, institucionales y políticas para lograr una nación más inclusiva” (p.20).

Pero, y a pesar de este desolador panorama, la mayoría de los chilenos celebra con pomposidad y jolgorio los 200 años de la Independencia de Chile. Los más escépticos dirán que esto ocurre en la clase dominante (gobierno inclusive) que pretende mantener el poder y los beneficios aparejados a ello. Por ende, esto requeriría la utilización de símbolos y actos rituales para asegurar ese sentido de pertenencia a la nación que permitiría mantener el orden y la organización en pos de un objetivo afín a sus intereses. Dentro de esta estrategia se concebiría el refrán del “pan y circo”, que refiere a esa forma de entretenimiento de la población, organizada por la elite, para que el pueblo no disienta del orden propuesto, comprendiéndose de este modo la solemnidad de la Gran Bandera, los espectáculos callejeros que se están realizando en La Moneda, y muchas otras iniciativas que buscan asegurar esta estabilidad, a la vez que en la práctica excluyen a chilenos de múltiples formas.

Sin embargo, encontré un motivo para celebrar este bicentenario el día 19 de septiembre sin remordimientos. Una iniciativa que sobrepasa el binario político “elite que organiza / pueblo que disfruta”. Lo viví este domingo desde el comienzo, a las 13:00 horas. Una fiesta de la inclusión inigualable, con una crítica a la ritualización del Día de la Independencia bastante fundamentada y ciudadanos empoderados que, en su mayoría, viven o trabajan en el Barrio Yungay, un espacio de la ciudad considerado “Zona Típica” por decisión del Consejo de Monumentos Nacionales.

Un evento inclusivo, masivo y gratuito en el Parque Portales, con una propuesta de sentido potente en donde convergieron las más distintas aristas y vacíos de nuestro imaginario en una plataforma impecablemente coordinada de actividades familiares y artísticas para casi todos los gustos. Lo mejor de todo: organizado por ciudadanos, universidades y organizaciones comunitarias para todos los chilenos, ante lo cual adhirieron 151 organizaciones ciudadanas. En palabras de los organizadores: (…) Hemos tomado iniciativa para autoconvocarnos e impulsar y organizar una Conmemoración del Bicentenario desde la perspectiva de la diversidad de nuestros pueblos; que provoque una profunda reflexión de nuestras realidades y desafíos, y que deje huella en la memoria nacional de nuestros sueños y utopías en un  contexto de fiesta que sea celebrada por todos”.

¡Felicitaciones al Bicentenario Ciudadano Popular del Barrio Yungay y felicitaciones al Comité Organizador! Esperemos que este tipo de iniciativas no siga siendo la excepción sino la regla de decisión y participación organizada en nuestro país, y que se avance hacia la inclusión de todos los chilenos e inmigrantes que viven en Chile, para reconstruir así una sociedad que se encuentra con sus raíces multiculturales, reconoce su historia y se proyecta con una visión de futuro más allá de las determinantes cortoplacistas que impone la agenda del crecimiento económico.

María Ignacia Arteaga

Estudiante de Sociología UC

Referencias

Sitio Web: http://www.bicentenariociudadano.org/

Grez, S. (2010). Bicentenario en Chile: La celebración de una laboriosa Constitución Política. En Le Monde Diplomatique (Eds.), ¿Qué Bicentenario? (1a ed., pp. 7-26). Santiago, Chile.: Aún Creemos en los Sueños.

Tricot, T. (2010). Los mapuche y el bicentenario. En Le Monde Diplomatique (Eds.), ¿Qué Bicentenario? (1a ed., pp. 35-38). Santiago, Chile.: Aún Creemos en los Sueños.

Iglesias, M. (2010). Bicentenario en Chile: La celebración de una laboriosa Constitución Política. En Le Monde Diplomatique (Eds.), ¿Qué Bicentenario? (1a ed., pp. 39-42). Santiago, Chile.: Aún Creemos en los Sueños.

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