Verdeseo

¿33 mineros o 32 + 1?


Compartimos este excelente artículo de Verónica Cano publicado en El Mostrador.

Nadie se preguntó si Carlos Mamani, el único de los mineros atrapados de origen extranjero, merecía salir de la mina. ¿Sabemos si tenía los papeles al día? ¿Si tenía los documentos necesarios para trabajar en la mina San José y en Chile? ¿Si entró por vías apropiadas al país? ¿Si tenía contrato de trabajo? Si estas preguntas tuviesen respuestas negativas, lo más probable es que él no merecía salir. No, porque los recursos que emplearon las autoridades para el rescate fueron en su mayoría del Estado, o sea, plata de todos los chilenos. Si él no ostentaba la nacionalidad ni tenía residencia no habría tenido el derecho a recibir esa ayuda fiscal para salvar su vida.

Quizás debería haber permanecido adentro y haberle pedido al presidente Evo Morales que iniciase una excavación paralela con recursos de Bolivia para salvar su vida. Quizás Mamani habría tenido que esperar más de 70 días bajo tierra, pero no importa, ese no es un tema que nos involucre como chilenos… es problema de Bolivia. Porque, claro, lo que le pase a un boliviano en Chile no es tan importante como lo que le pueda pasar a un chileno. ¿Y si la cápsula Fénix sólo hubiese tenido capacidad operativa para trasladar a 32 mineros? ¿Habríamos pensado que es mejor que salgan los chilenos y que del boliviano se preocupe Evo?

Afortunadamente, ninguna de estas preguntas fue una disyuntiva real, nada de lo anterior sucedió y nadie lo pensó (o al menos se atrevió a decirlo). Habría sido muy mal visto por la comunidad internacional. Habría sido la noticia central de estos días por lo discriminatorio e inhumano.

Sin embargo, aunque sorprenda, esto sucede cada día en nuestro país. Muchos migrantes son discriminados por lógicas tan absurdas como las expuestas anteriormente. No son recibidos en los establecimientos de salud si no poseen el Rut, si no ostentan un contrato de trabajo o si su Visa está vencida. Lo mismo pasa en educación: muchos “mamanis” tienen dificultades para matricular a sus hijos en escuelas y colegios porque no tienen regularizada su situación administrativa. Quedan enterrados y sin ser atendidos. Estas privaciones básicas para el desarrollo de una vida digna son el pan diario para muchos de nuestros hermanos migrantes. Ellos no están enterrados en una mina, pero viven un infierno de privaciones por no contar con una Política Migratoria que acoja, respete los derechos y defienda a quienes se mueven por el mundo en busca de oportunidades.

La cotidianidad de los migrantes más vulnerables no es visible para la sociedad porque está oculto por los medios, es algo que no queremos ver ni de lo que queremos hacernos cargo. Los minutos y palabras destinados en estos días a contarnos la vida de Carlos Mamani y su familia sobrepasan con creces toda la información que hemos recibido sobre los migrantes en los últimos años.

Queremos que los migrantes nos ayuden en múltiples labores que ya no queremos hacer por lo mal pagadas o el esfuerzo que implican, porque para eso son necesarios, pero no queremos que compitan por nuestras fuentes de trabajo. Queremos disfrutar de sus riquezas gastronómicas y artísticas pero no queremos estar con ellos, no queremos que invadan nuestros barrios y plazas con su modo de vivir tan “distinto”. Les pedimos mucho y les ofrecemos muy poco a cambio, no nos preguntamos cómo podemos ayudarlos, qué es lo que quieren, qué les hace falta para encontrarnos, para entablar una relación de solidaridad, igualdad y respeto.

La mina San José pone de manifiesto lo absurdo de cualquier discriminación, incluso entre los mismos chilenos. Cuando esta se hace tan evidente, nos parece inhumana la exclusión. Sin embargo sucede y no nos sentimos responsables.

Durante 70 días, gracias a la historia de 33 mineros, muchos comenzamos a conocer lo que sucede bajo tierra. Conocimos las precarias condiciones laborales, la irresponsabilidad de algunos empresarios, pero también conocimos los nombres y rostros de quienes protagonizaron esta epopeya. Nos involucramos con sus familias, vibramos con sus historias y nos conmovimos con su esperanza. Nadie puede decir que no se sintió parte de lo que sucedió en la mina San José. Fue un hecho que abrió los ojos a una realidad que permanecía oculta bajo tierra. Nos involucramos y escogimos hacernos cargo, nos hicimos responsables. Este rescate nos representó como pueblo e hizo vibrar los valores más universales de la condición humana: solidaridad, fraternidad, heroísmo e igualdad.

Esta no fue la historia de 32 más uno. Fueron los 33 mineros que hablaban y se entendían como una hermandad, que representaban la esperanza, la unidad y el esfuerzo. Los protagonistas eran chilenos, bolivianos, latinoamericanos, mineros, trabajadores, hijos, hermanos, marinos y padres, deportistas, amantes, soñadores… iguales en derechos y dignidad, distintos en historias, gustos y carácter. Todos en el fondo de una mina.

Pero aquí, en la superficie, resaltamos lo que nos distingue. No somos 33, sino 17 millones de chilenos y 350 mil extranjeros. Miles de “mamani” que luchan por sobrevivir sin que nosotros los queramos ver, sin que nadie haga ni diga algo. Eso hace falta en nuestros días: que abramos los ojos ante esa realidad que grita porque la cambien, que nos involucremos con las historias de vulnerabilidad y esperanza que abundan en nuestro Chile y que nos hagamos responsables y exijamos un cambio, partiendo por nosotros. Nadie sobra sobre en esta tierra.

  1. Garf

    A mi no me agrada Bolivia, pero esto me parece algo irracional que no responde a la naturaleza en la que se construye una sociedad. Ayudar desinteresadamente promete más beneficio que la tacañería ¿Se imaginan los padres desampararan a sus hijos porque ellos no aportan recursos? Debemos ver el contento y fortalecimiento general como un valor y entender su beneficio, si pretendemos hablar de sociedad.

  2. Denis urbano

    Lo unico que digo es que cando hables de los pobres ilegales piensa en tu pais como lo que es, una gran familia, con muchas diferencias, pero que viven en una misma casa, bien delineada con claros limites. Ahora si piensas asi, dime que dirias si entra a tu casa una persona extrana y se queda a vivir en el patio o en la cocina y que como respaldo el dice que tu tienes suficiente espacio para vivir ahi sin molestarte, luego pasa el tiempo y comeiza a reclamar por la comida y luego el dice que no le respetas sus derechos humanos porque no le dejas ver sus programas favoritos en la TV, eso sin contar que tu te vas a trabajar y dejasa tu esposa de 35 anos y tus hijas quinceaneras cerca de este tipo, por loq ue ellas ya no se atreven a ir a la cocina o al baio tranquilas, con los problemas que tenian con los sobrinos y parientes ahora le agregas un extrano. Ahora te pregunto, son pobres personas a los cuales pides respetar su derechos humanos? Como si entran ilegalmente a tu casa? No lllamarias a los pacos tal vez? Y si es asi, porque opinas diferentes cuando entran a Chile ilegalmente? porque?

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