Distinguirse


Los dejamos con una columna de Alejandra Mancilla en El Ojo Parcial.

Un par de columnas atrás hablaba sobre las repúblicas bicenteañeras de América Latina, jóvenes y  bullantes, pero faltas de experiencia y a veces irreflexivas en la toma de decisiones, análogas a un humano adolescente. Vuelvo sobre la misma idea, pero esta vez pensando en un aspecto específico en que Chile podría hacer las cosas de otra manera (mejor a mi juicio)… si dejara de ser tan bicenteañero.

En el último tiempo, me ha tocado encontrarme con distintos extranjeros relativamente bien informados sobre nuestro país y nuestra geografía, y cada vez que hemos llegado al tema de los recursos energéticos, ha surgido un comentario similar a éstos: “¡Ustedes sí que aprovecharán la energía solar con ese tremendo desierto!”, “Con esa larga línea costera, ¿son pioneros en el tema de la energía maremotriz?”, “¿Tienen muchas plantas geotérmicas cerca de los volcanes, como Italia e Islandia?” Y entonces me toca responder: “No, la verdad es que no.” Ante la contrapregunta de dónde sacamos la energía, simplemente me sonrojo: “Centrales a carbón e hidroelectricidad, pero nos estamos quedando cortos, así que uno de los proyectos que hoy se discuten es hacer cinco represas en Patagonia, y transportar la energía dos mil kilómetros al norte, que es donde se necesita.”

Para esos oídos extranjeros –y para cualquiera que revise la información disponible–, la sola sugerencia de inundar no importa si una o mil hectáreas en Patagonia para crear hidroelectricidad está en las antípodas de lo que se entiende por energía renovable. La Patagonia es uno de los escasos lugares en el Planeta (no en Chile, entiéndase, en el Planeta) que todavía evoca imágenes de tierra virgen y naturaleza viva, tesoro de biodiversidad y paisaje prístino. “¡En Patagonia!” me reclaman mis interlocutores. “Sí, en Patagonia”, respondo cada vez más avergonzada, aunque sin todavía perder completamente la esperanza de que quienes hoy dirigen mi país recapaciten y entiendan de una vez por todas lo que tanto les cuesta entender a los políticos: que el mundo continúa cuando ellos terminan su período, pero que la decisiones que toman en ese período no se terminan con ellos y son irreversibles.

¿Qué tiene que ver esto con el síndrome bicenteañero? Pues lo siguiente. Antes de hacernos adultos, pasamos por un período de imitación, donde queremos ser como el resto, pertenecer a la masa, pasar indiferenciados. Es un período donde hacemos caso omiso de nuestros potenciales particulares y optamos simplemente por copiar: en este caso, optando por lo más conocido y –engañosamente– más barato (entendiendo por “barato” lo que cuesta menos a cortísimo plazo).

En lugar de seguir fórmulas de otros (de las que muchos ya vienen de vuelta con la cola entre las piernas), debemos atrevernos a distinguirnos, a llevar la delantera, a aprovechar nuestras ventajas comparativas. En la práctica, eso se traduciría en la Plataforma Solar Atacama, en exploración geotérmica maremotriz todo a lo largo del país, en granjas eólicas en Magallanes, Chiloé y Aysén. Tenemos todo para marcar la diferencia y ser pioneros mundiales en energía renovable. La única excusa posible si no lo hacemos son los intereses egoístas de quienes tienen el efímero poder, o pura y simple tontera. Ambas opciones son impresentables.

Esta columna puede leerse también en la edición online de El Magallanes.

Más información sobre los graves problemas del proyecto Hidroaysén puede encontrarse en…

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