El gracioso caso de la señora Junji


Ximena Ossandón, la renunciada vicepresidenta de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (Junji), fue menos un esbirro que el indiscreto guardián de una elite avergonzada de su propio pensamiento.

En las últimas líneas de su canónica Guerra y Paz, Tolstoi anota:

“Dentro de las innumerables divisiones que se pueden hacer de los sucesos de la vida, una de ellas es dividirlos entre los que predomina el contenido y en los que predomina la forma.  Dentro de estos últimos se puede colocar la vida en San Petersburgo –en especial la de los salones— en contraposición a la vida del campo, del distrito o la provincia. Esa vida no cambiaba.”

“Esa vida no cambiaba” como tampoco los salones de la nobleza rusa, donde la vocinglera Anna Pavlovna criticaba a Bonaparte tachándolo como anticristo de Alejandro I. Los pletóricos juicios de Ximena Ossandón, la ahora ex vicepresidenta de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (Junji), me recuerdan las sentencias de Pavlovna que a más de algún varón de la elite peterburguesa hicieron sonrojar.  Cómo no asombrarse por la justificación que la señora de RN promulgó sobre de los actos del obispo Karadima, tras imputarlos a la villanía del Mandinga, a quien le interesaba hace caer al cura por ser éste nada menos que un “prócer de la Iglesia”.

Cuesta creer de buenas a primeras semejante actitud de un funcionario en curso de un gobierno laico, pero al profundizar en la historia de esta declarada partidaria del Opus Dei, se descubre que sólo se ha cumplido la lógica tolstoiana de alabar a los pares de quienes se es afín al origen y a la posición. Mal que mal, el ex párroco de El Bosque casó a esta oronda mujer hace dos décadas y, por si fuera poco, le enseñó, a los pies del crucificado, la importancia de la comida al momento de la oración: “El alimento del cuerpo es igual de importante que el del alma”, recordó la Ossandón en una conocida revista.

Aristócrata como nadie, el conde Tolstoi desdeñaba la vida de las gentes vulgares no sólo porque ésta no era hermosa, sino también porque nunca pudo comprender qué era lo que pensaba el centinela en la garita o el vendedor de corbatas, de la misma forma que “no puedo comprender qué es lo que piensa una vaca cuando la ordeñan y qué piensa un caballo cuando acarrea un tonel”, dijo el escritor.

¿Adivina esta señora qué pensarían las madres solteras al ver una virgen pétrea incrustada en un jardín estatal, esas mismas mujeres que según ella olvidan a sus hijos en los palenques de los jardines para salir a emborracharse o fugarse a la playa?

La señora Junji se convirtió en un peligro para sus jefes menos por sus disparates que por el juicio de fondo que éstos contenían. Una opinión representativa del pensamiento de quienes hoy comulgan encorvados y dolientes por los patios de La Moneda, ese Palacio que se ha vuelto la última entretención de una elite aburrida que quiere llegar al cielo adoctrinando a los incautos del evangelio de Escribá.  A muchos nos duele el adiós de esta empresaria y profesora de inglés, no tanto por las carcajadas que producían sus sentencias, sino más bien por la honestidad de las mismas, demasiado honestas para un Gobierno controlado por un oscuro hacedor.

 

 

Carlos Oliva

Periodista

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