La mente corpórea: Un motivo más para la humildad


Aquellos que han hablado de una diferencia de tipo entre los homo sapiens y el resto del reino animal han justificado dicha postura en las grandes capacidades de la mente y la racionalidad humanas. No obstante, se ha descubierto que otros animales también poseen muchas de las características que normalmente se asocian a estas. Más allá de esto, la mente humana no trasciende el cuerpo de donde surge, y es en muchos aspectos corporal.

El alma, la mente o la facultad racional humana, ha sido tomada por dos milenios como aquello que nos hace radicalmente distintos y especiales como especie. De esta facultad emerge no sólo el lenguaje, sino también la autoconciencia, el conocimiento, la capacidad de proyectarse en el futuro, de comportarse éticamente, de vivir en sociedad, de ser responsables y libres.

La mente, se piensa, es la base para una diferenciación de tipo (y no de grado) entre los homo sapiens y el resto de los animales no humanos. Esta manera de pensar, o al menos parte de ella, está presente en el pensamiento de una masa gigantesca de filósofos y pensadores desde Platón en adelante. La mente es vista por muchos como una facultad que trasciende nuestra parte animal, es decir nos permite distanciarnos de nuestro cuerpo y los impulsos instintivos y emocionales que de él surgen. A la vez nos permite abstraernos de lo inmediatamente presente a la percepción. Si somos la única especie poseedora de una mente y ésta logra separarse en importantes aspectos de nuestra parte animal-corporal, entonces claramente somos, además de animales, algo distinto.

Esta concepción, sumada a ciertos aspectos de las ideología judeo-cristiana (por ejemplo los que ponen al hombre como amo y rey de la naturaleza), genera la idea de que además de humanos somos personas, merecemos un cuidado y un respeto especial; o por lo menos así va el argumento. Por esta vía se justifica el especieismo (la idea de que la raza humana tiene un mayor valor moral que el resto de las especies en igualdad de condiciones), del cual derivan los innumerables abusos al reino animal que hoy en día seguimos aceptando, financiando y promocionando, a través de distintas actividades como el consumo de productos animales y de cosméticos y fármacos que son probados en animales, por mencionar algunos. Aunque nuestras actitudes frente a los animales reflejen este comportamiento especieista, esta manera de pensar no está racionalmente justificada.

En primer lugar, la Teoría de la Evolución pone en duda que pueda haber tal cosa como una diferencia de tipo entre el reino animal (no humano) y los humanos. Esta teoría es un primer llamado a la humildad, nos ubica como especie en un continuo con otras, nos recuerda que nosotros también somos, después de todo, animales.

La Teoría de la Evolución también habla de una alternativa a la historia de la creación del hombre donde éste surge como dueño y señor de la naturaleza; como aquél a quien le corresponde responder al mandato divino: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread a los peces del mar, a las aves de los cielos, y a todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gen.1.27).

De acuerdo a La Teoría de la Evolución, nuestro origen parece estar en las mismas bestias y, lo queramos aceptar o no, somos extremadamente parecidos a algunas de ellas. De hecho, hay evidencia de comportamientos que generalmente se asocian a la mente y al pensamiento humano en mamíferos como los delfines y los grandes simios, entre otros. Nos gustaría destacar sobre todo el valioso trabajo de Jane Goodall, quien descubrió a lo largo de sus más de cuarenta años observando a chimpancés en Tanzania que estos animales no son tan diferentes a los seres humanos como creíamos. Los chimpancés, explica Goodall, tienen personalidades complejas y distintas, pelean guerras entre ellos y tienen formas de cooperación grupal. Goodall incluso llega a afirmar que los chimpancés son capaces de verdadera compasión y altruismo. Al mismo tiempo, en cautiverio, estos animales han demostrado poder comunicarse mediante el lenguaje de señas, de reconocerse a sí mismos (en contraste con otros) en espejos y de realizar complejas tareas usando computadores (Jane Goodall en TED). Hay muchos otros descubrimientos que se suman a estos, pero lo que nos importa aquí es que ese conjunto de facultades inteligentes que llamamos “mente” o “razón” no es del todo exclusivo a la especie humana. He aquí un segundo llamado a la humildad.

Los defensores de la diferencia de tipo podrían todavía argumentar que incluso si los chimpancés u otros mamíferos inteligentes tienen mente, ésta sigue siendo radicalmente distinta (e inferior) a la humana, pues sólo la mente humana trasciende el cuerpo. Sólo ésta puede operar a un nivel abstracto y conceptual, a través de un lenguaje que se refiere de forma objetiva al mundo circundante e interno.

Los humanos podemos, a través de nuestro lenguaje y pensamiento, ir más allá de nuestra experiencia corporal directa y tener una vida mental (ajena al cuerpo) de la cual los animales carecen. Pero incluso este argumento, que parece ser el más firme de todos, falla. La mente no es lo que por tantos siglos hemos pensado.

Los últimos avances en psicología y lingüística cognitiva, y en particular el trabajo de George Lakoff y Mark Johnson, muestran que la mente no trasciende el cuerpo: la mente es corpórea. Ahora, esto no quiere decir simplemente que nuestras facultades mentales dependen de un músculo en nuestro cuerpo llamado cerebro, lo que, por lo demás, ya sabíamos hace mucho tiempo, sino que “la misma estructura de la razón surge de los detalles de nuestra corporalidad. Los mismos mecanismos neuronales y cognitivos que nos permiten percibir y movernos también crean nuestro sistema conceptual y modos de razonamiento” (Lakoff y Johnson, 1999, p. 4).

Si esto último lo lleva a ladear la cabeza y fruncir el seño en señal de duda o alarma, no se preocupe, trataremos de explicar el centro de este nuevo paradigma sobre la mente humana sin entrar en demasiados tecnicismos ni complicaciones. Esperamos poder introducir el tema de una manera suficientemente simple y clara como para ser comprendida por aquellos que no son expertos en neurociencia, ni lingüística, ni psicología cognitiva. Esto obviamente nos obligará a simplificar y recortar.

Volviendo al asunto, lo que Lakoff y Johnson postulan es que el hecho mismo de ser animales con ciertas características corporales nos condiciona y nos afecta, incluso al nivel del pensamiento abstracto. Los detalles de nuestra corporalidad tienen una importante influencia en nuestra vida mental. En particular nuestros conceptos no son un simple reflejo del mundo exterior, sino en gran medida dan cuenta de los detalles de nuestra corporalidad. Por ejemplo, tomemos los conceptos que tenemos de los colores. El color no es algo que existe en las cosas mismas, sino que el resultado de la interacción de factores externos y de las características de nuestro aparato sensitivo.

Nuestra percepción de color depende de las condiciones de iluminación, la longitud de onda de la luz reflejada por el o los objetos percibidos, los tipos de conos de color en nuestra retina y del procesamiento neuronal (cf. 1999, p. 23s). Incluso conceptos tan abstractos como tiempo, causalidad y control son entendidos a través de aspectos de nuestra experiencia corporal sensitiva (véanse más detalles sobre esto en Lakoff y Johnson, 1999, p. 52s). Lamentablemente no tenemos el espacio aquí para ahondar mucho más en estos asuntos. El punto que nos interesa hacer aquí es que ha surgido en el ámbito de la lingüística y la psicología contemporánea un tercer motivo para la humildad: la racionalidad humana no trasciende nuestra naturaleza corporal, la racionalidad humana misma es corporal.

Históricamente, aquellos que han hablado de una diferencia de tipo entre los homo sapiens y el resto del reino animal han justificado dicha postura en las grandes capacidades de la mente y la racionalidad humanas. No obstante, se ha descubierto que otros animales también poseen muchas de las características que normalmente se asocian a éstas. Más allá de esto, la mente humana no trasciende el cuerpo de donde surge, y es en muchos aspectos corporal. Si además sumamos a esto la Teoría de la Evolución, entonces no queda más que admitir que entre animales y personas hay una diferencia de grado y no de tipo. Después de todo no somos tan especiales. ¿Cómo justificaremos ahora nuestros constantes abusos al mundo animal? La única alternativa es la ceguera, el negarse a ver el hondo parecido con otras especies y las limitaciones de nuestras propias capacidades. La única alternativa es el ego y el egoísmo que por tanto tiempo nos ha llevado a sentirnos (y actuar como) superiores sin serlo realmente.

Xaviera Ringeling

Filosofía UC

 

Referencias

Lakoff, G. & Johnson, M. (1999). Philosophy in the Flesh, The Embodied Mind and its Challenge to Western Thought, New York, USA: Basic Books.

  1. Ignacia Arteaga

    Xavi. Si lo pensamos desde la ética ambiental, estás en lo correcto: de no existir una diferencia sustancial entre la especie humana y otras especies, dado es continuo evolutivo y fisiológico que compartimos con algunos, la idea de superioridad del hombre está construida sobre una premisa sin fundamento. Ahora bien, más allá (o acá) que el lenguaje sea corporeizado como lo exponen en lingüística cognitiva (sí!, yo también leí a Lakoff y pensadores similares), podríamos decir que lo que nos queda de superiores es que seríamos capaces como especie de tener un “sentido de responsabilidad”, lo que se traduciría en un comportamiento ético no sólo entre pares sino extra-especies. Dime qué opinas de eso. Un beso y felicitaciones por el artículo.

  2. Xaviera Ringeling

    Estimada Nacha:

    Gracias por tu comentario. Mi opinión sobre lo que propones es la siguiente. Si bien estoy de acuerdo en cuanto a que una de las diferencias que todavía podemos marcar entre animales no humanos y humanos es el “sentido de responsabilidad” de los últimos, no creo que esta diferencia nos haga superiores de una manera que sea éticamente relevante. En otras palabras, pienso que el hecho de ser capaces de tener un comportamiento ético no nos hace más merecedores de valor y respeto moral. Los niños y los enfermos mentales, como los animales, tampoco son capaces de un comportamiento ético y no por ello merecen menos respeto y consideración que los adultos. Nuestro sentido ético puede ser visto como superior desde otras perspectivas, pero no desde la perspectiva del respeto y la consideración que merecemos.
    Espero haber captado la dirección de tu pregunta, cuéntame si no fue así.
    Un abrazo,

    Xaviera

    • Ignacia Arteaga

      Jajaja.
      En ningún momento pensé que merecíamos más respeto al hablar de nuestra capacidad de comportamiento ético (sabiendo que existen formas de comportamiento cooperativo en especies animales). Probablemente fue porque no me expresé bien. Pensaba más bien que la capacidad de reflexionar acerca de la cagada que estamos dejando es un “valor” que debiésemos aprovechar, no para justificarnos sino para actuar. Pero estoy de acuerdo, eso no nos hace superiores en el sentido que tú mencionas. Mejor es no hablar de superioridad.

      Un beso

  3. Xaviera Ringeling

    Aaaaaaaaaaaa ya entiendo a lo que ibas… Claro esas capacidades “superiores” o al menos más desarrolladas nos debieran llevar a un comportamiento más cuidadoso con los animales y el medioambiente en general, no a justificar nuestras conductas destructivas. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Disculpa que no haya captado el punto de tu primer comentario, en verdad no creía que pensaras así, pero pensé que querías que ahondara un poco más en el argumento.

    Un beso

    Xaviera

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