Verdeseo

Con o sin Obama, el mundo sigue siendo oscuro


Con Obama en el poder, la política imperialista de Bush cambió de uniforme pero no de vanguardia. Y el ataque a Libia es la mejor prueba.

Así sea por la influencia de los cables de prensa o por las opiniones de diversos expertos, es difícil negar la alegría que tuve al saber de la invasión militar en los cielos libios.

En cierto modo, la dictadura de Gaddafi me recuerda a los folclóricos gobiernos militares de Latinoamérica. Con un desparpajo caribeño y una retórica de panfleto, el coronel islámico me remonta a esos audaces dictadores del tipo Trujillo o Somoza, cuyo grado de excentricidad coincidía con el peligro de su propia influencia. Sin Gaddafi, pensé, el mundo se libraría de un dictador más.

Liviana conclusión que arrastran los vientos de la realidad.

Las oscuras coincidencias entre esta y la pasada arremetida norteamericana contra Irak;  las alianzas implícitas de EE.UU. y las dictaduras islámicas como las de Pervez Musharraf en Pakistán o Hosni Mubarak en Egipto (a las cuales les dio con el mazo cuando el beneficio mutó en amenaza); o el valor mismo de Libia como sexto productor de petróleo en el mundo, comprometen en demasía la vapuleada dignidad de la ONU y la Potencia del Norte, como para aplaudir la salida de Gaddafi, el otrora amigo de Occidente.

Uno deseó que hubiera existido el mismo compromiso aquí en Latinoamérica durante los ’70. Pero el costo de intervenir dictaduras de derecha implicaba un alto precio para EE.UU. en la carrera de buscar aliados en detrimento de la URSS.

Además del petróleo, Libia seduce por su posición estratégica en el peligroso mapa de los estados islámicos. Aliados implícitos de EE.UU., tanto Libia como Egipto, países vecinos, por lo demás, suponen una barrera de contención al radicalismo islámico del Medio Oriente y del Cuerno africano. De ahí al interés de la diplomacia norteamericana por poner un freno a la recientes revueltas en esos territorios.

Resulta elocuente la respuesta de este golpe armado, y por qué no, también irónico. Quienes hoy persiguen a Gaddafi son los mismos que ayer lo abrazaron. Recordemos a Tony Blair llegando a Libia en 2004 y la secuela de negocios petroleros que siguió entre éste y el país británico; o al mismo Berlusconi recibiendo amistosamente al jerarca en Italia, país donde hoy despegan aviones en busca del horizonte africano.

Con Obama en el poder, la política imperialista de Bush cambió de uniforme pero no de vanguardia. Ni el color ni la impronta demócrata con que ha llegado a Santiago el mandatario afroamericano han sido suficientes para cambiar el tono y las promesas que en su momento hiciera el mismo Bush.

Pudo haber existido otra solución al descalabro del León de Libia. Incluso este ataque armado hasta podría resultar decoroso tras las palabras pronunciadas por el correcto Barack Obama en La Moneda; pero más que una acción bona fide hacia los civiles libios, el ataque aéreo de las fuerzas aliadas ha sido una mera defensa a la política yankie y, en sí misma, una respuesta a la amenaza islámica que acecha desde el Oriente.

Carlos Oliva

Periodista

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