Más allá de van Rysselberghe


En los últimos días se ha mantenido constante en la discusión pública el actuar y, finalmente, la dimisión de la ahora ex-Intendenta de la región del Bío-Bío, Jacqueline van Rysselberghe. Lo cierto es que más allá de la personalidad de la señora van Rysselberghe -capítulo que creo merece más que una mera mención pero que, a la vez, excede los objetivos de esta columna- estaba sobre la mesa una discusión que parece mantenerse en la cotidianidad del “gobierno de excelencia”. La cuestión no es compleja: van Rysselberghe representa no sólo la terquedad de los políticos sin escrúpulos, aquellos para los que el único límite a la acción es la ley y donde el sentido común o el buen juicio pasan a último lugar; además, en ella se asienta la figura de un tipo de política (y de políticos) que sólo justifica su accionar ante las cúpulas gubernamentales y partidarias y no ante la ciudadanía.

¿Qué capacidad de dar cuenta de sus acciones tiene la ex–Intendenta ante los habitantes de la Octava Región? En medio de toda la polémica por su actuar sólo soy capaz de recordar las pugnas internas entre los políticos de la Alianza y una que otra opinión (desarticulada) de la Concertación. Sin embargo, ante las cámaras no aparecen los habitantes del Bío-Bío, quienes sí tienen expectativas cifradas sobre sus autoridades regionales y que, con justa razón, esperan superar los problemas que aquejan a una región que, como es sabido, fue de las más afectadas por el terremoto pasado. ¿Cómo se está llevando el proceso de reconstrucción? ¿Cuál ha sido la participación de las comunidades locales y cómo ha actuado el gobierno para promover su inclusión? Considero que todas estas preguntas son mucho más relevantes que los desvaríos de la señora van Rysselberghe, aun desde mi perspectiva que reconozco como metropolitana.

No es novedad en el contexto nacional que las regiones demanden una mayor autonomía en la elección de sus autoridades. La elección de intendentes y gobernadores aparece tarde, mal y nunca en las discusiones políticas y con suerte se mencionó un par de veces en las últimas elecciones presidenciales. Debemos hacernos cargo de esta demanda. La desconcentración del poder político no pasa por llevar ministerios o poderes políticos fuera de Santiago; pasa porque existan autoridades y presupuestos que sean visados por la ciudadanía o que, de otra forma, las decisiones tomadas regionalmente puedan soportar las exigencias de una ciudadanía local que demanda una rendición de cuentas sobre el accionar de sus autoridades. Siguiendo el anglicismo, que permita mayor accountability de las políticas regionales en toda materia.

¿Por qué es relevante plantear ahora esto? La legitimidad con la que una autoridad cuenta puede comprenderse a partir de la mentada sabiduría del gobierno -que no abunda- o desde la elección democrática que, en último lugar, tornaría mucho más competitivo el ejercicio del poder en tanto que no existirían “incentivos perversos” a la mala gestión –valga aquí reseñar la tan manoseada “confianza del Presidente”. La cuestión, de esta forma, va más allá de lo afortunado o desafortunado de las acciones de una autoridad y recae, sin más, en la capacidad de erigir aquella autoridad a partir de la voluntad de los habitantes de aquella afectada zona. Mal que mal, si algo de esperanza tenemos en la democracia, no sería extraño pensar que un carácter destemplado como el de la señora van Rysselberghe no habría llegado a tal posición.

Patricio Velasco F.

Sociólogo UC

Un Comentario

  1. Gonzalo Chávez

    Urge una nueva Constitución que resulte de una Asamblea Constituyente, con analisis fino de lo que hemos vivido como país con la actual Constitución. Urge un nuevo sistema electoral y político, toda vez que el binominal es un burdo sistema antidemocrático destinado a perpetuar en cargos de elección popular a una pequeña elite adinerada y dueña del país. Urge una reforma tributaria que ataque de frenton la desilgualdad en la repartición de la riqueza. Urge una reforma educacional de verdad ( lo de Lavín es un pesimo chiste como reforma). Es decir, falta DEMOCRACIA de verdad, no protegida, no censitaria, no para los poderosos.
    Cualquiera que pretenda dirigir los destinos del país debe contener en su programa, las anteriores y otras propuestas. Ese si, sería un CAMBIO.

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