II Vivir con menos energía, ¿es posible?


Pensemos en nuestra rutina diaria. Desde que nos levantamos consumimos energía. Cuando calentamos el agua de la ducha, tomamos desayuno, nos transportamos a las actividades que cada uno/a de nosotros/as hacemos y cuando vamos de compras, comemos algo, paseamos y volvemos a nuestras casas. Así, la base de nuestra experiencia en el mundo se sustenta en el consumo, emergiendo este como un eje clave al pensar cómo queremos vivir. Además, y dado que nuestro consumo se basa en la explotación de la Tierra y en la captura de oportunidades que ella nos ofrece, lo anterior se relaciona con problemas relacionados con el bien común, la justicia y la equidad.

El conflicto que aquí se nos presenta podría resumirse en una sola frase: nuestro consumo diario tiene reales implicancias para los otros y para el planeta en general. Percibir esta tensión permite adentrarse en la compleja trama de relaciones interdependientes que existen entre el ser humano, los otros humanos, la naturaleza y el medio ambiente en general. Si bien el tema aquí discutido se fundamenta en las opciones de consumo individual, este deviene tema público, apareciendo así en la discusión una dimensión política central que se evidencia en los discursos y valoraciones que cada uno de nosotros tenemos, y en especial, que nuestras autoridades afirman.

Ahora bien, la interrogante que nos convoca es algo mucho más concreta y menos teórica que el argumento explicado arriba. Si nos damos cuenta que nuestras opciones de consumo de energía impactan en la disponibilidad de recursos para nosotros y los demás, entonces, ¿por qué no reducirlo, o en las palabras que se están usando ahora, ser más eficientes energéticamente? Esta pregunta no se basa en un valor altruista o puramente ecológico, sino que es la condición de posibilidad de gozar todos y todas de las mismas oportunidades de desarrollo y crecimiento en el futuro.

Frente a esta simple idea de sustentabilidad en Chile se está haciendo una fuerte campaña mediática sobre la necesidad de construir grandes embalses e inundar parte de nuestros ecosistemas nacionales para así poder “crecer” y llegar a los ansiados estándares de los países desarrollados. Pero aquí hay una cuestión patente acerca de los medios que utilizamos, y que trasciende el hecho de la falta de precisión en los diagnósticos y las estimaciones futuras que estos mismos organismos nacionales y estatales realizan para su propio beneficio[1]. Por esto, y dada la cantidad de proyectos energéticos aprobados que suma y sigue -ahora con el carbón en Isla Riesco, en Magallanes, y la aprobación del proyecto Castilla en Punta de Choros, en la Región de Coquimbo- no necesitamos HidroAysén ni plantas nucleares para que el país “crezca”, necesitamos vivir con menos energía.

Muchas veces el consumo energético se justifica en términos del confort. Sin embargo, ocurre que nuestras decisiones de consumo han sido naturalizadas, es decir, aparecen ante nosotros como transparentes e invisibles, como hechos sobre los cuales no se reflexiona a pesar de que sean construcciones sociales, las cuales se han convenido en un momento del tiempo y pueden ser redefinidas. De esta forma, día a día aparecen nuevos estándares que rigen nuestra manera de relacionarnos con el mundo material y sus recursos. En este sentido, conviene recordar una sutil diferencia conceptual entre lo que se conoce como “Estándar de Vida” y “Calidad de Vida”. Podríamos comprender la diferencia si pensamos que el estándar de vida es un tipo de norma o modelo de vida que fija una determinada relación de aprovechamiento de los recursos naturales y productivos en general. Frecuentemente el estándar de vida se asocia al poder adquisitivo de una persona, una comunidad o un país, midiéndolo como el PIB per cápita, por lo que también se consideran otras mediciones objetivas de bienestar como las políticas de seguridad social y la redistribución de ingresos realizadas por vías de focalización del gasto público. En este marco se fija una decisión de consumo dentro de la cual no sólo intervienen las preferencias individuales, sino también la valoración social de ciertas opciones de consumo de bienes y servicios, que si bien influyen en la decisión que cada uno toma, no son del todo visibles; por eso hablamos de construcción social de las opciones de consumo.

Por otra parte, la calidad de vida es un concepto difícil de definir y medir dada la multiplicidad de dimensiones y la naturaleza cualitativa -y no cuantitativa- de éstas. Sin embargo, podríamos decir que este concepto abarca también aspectos subjetivos como la felicidad y el bienestar que se asocia a una relación de armonía con el entorno, el cual también es natural.  En este contexto y considerando la diferencia conceptual, varios países europeos y también otros países desarrollados han comenzado a medir la calidad de vida de su población con índices de felicidad y no sólo mediante la capacidad de producción per cápita como medida de poder adquisitivo.

Así, el “imperativo” chileno que versa sobre la necesidad creciente de aumentar la provisión y consumo de energía se relaciona más con un estándar de vida del cual no reflexionamos con frecuencia que con lo que aquí hemos definido como calidad de vida. Ambos modelos conceptuales pueden ajustarse para que de ese modo consumamos lo necesario para ser felices y sentirnos confortables sin necesidad de destruir nuestro ecosistema con nuevas, más grandes y más nocivas inversiones para la generación energética; porque con las que ya tenemos nos basta.

A la vez, tenemos que considerar la innovación y transferencia de tecnologías, como las que usamos en nuestros hogares o en los procesos productivos de las empresas, las cuales ya vienen diseñadas con ciertos estándares de consumo y uso, para nosotros también invisibles. Por estos dos motivos, podemos decir que la noción que cada sociedad o país tiene acerca del confort o de “una vida agradable” no es una cualidad en sí misma de las cosas o las situaciones, sino que es un logro adaptativo. En otras palabras, no es un atributo sino un producto de un proceso, el cual varía culturalmente en términos de su significado, la experiencia que se le asocia y las expectativas que se tienen al respecto. Esta confusión nos ha llevado, por ejemplo, a crear climas artificiales como el que se produce con el uso constante de aire acondicionado o calefacción, generando grandes repercusiones para el medio ambiente en términos de emisión de gases con efecto invernadero (GEI).

Por lo tanto, si tenemos en cuenta que mayor crecimiento económico no necesariamente implica mayor consumo de energía, y además consideramos las repercusiones que están detrás de nuestras opciones de consumo energético, y la posibilidad clara de cambiar nuestros hábitos por difícil que parezca; como VerDeseo los invitamos a ahorrar: energía y recursos naturales de los cuales proviene la primera; esto además le traerá ventajas económicas en sus cuentas mensuales de servicios básicos. ¿Cómo hacerlo? Revise los sitios de interés que se exponen en esta columna, en los cuales se sugieren algunas alternativas sustentables para el consumo de agua, energía, bienes y servicios de transporte.

por María Ignacia Arteaga

Estudiante de Sociología

Sitios de interés:

Agencia Chilena de Eficiencia Energética: http://www.ppee.cl

Fundación Ciudadano Responsable: http://www.ciudadanoresponsable.cl/

Carboneutral: http://www.carboneutral.cl/eco_tips_huella.php#

Notas

[1] Revise en internet ¿Cuál es el País que deseamos? Un análisis del futuro energético Chileno”, una clara presentación al respecto del ingeniero y experto en energías renovables, Roberto Román.

  1. Hola Margarita Fonseca Vaca

    El tema del ahorro de energía es de gran importancia para pensar en el futuro que queremos vivir

    Alrededor del mundo se están viendo cambios climáticos severos como el derretimiento de los polos y destrucción de ecosistemas, sufrimos temperaturas extremas. Sin embargo, no tenemos que esperar hasta ese momento para tomar medidas al respecto

    cuidemos de la energía que consumimos

    Su amiga Margarita Fonseca Vaca

  2. Hola nuevamente Margarita Fonseca Vaca

    Para unos tips de como ahorrar energía

    Como ahorrar energía en casa

    La mayor parte de la energía que se usa en las viviendas se dedica al uso de la calefacción y a la producción de agua caliente sanitaria. De hecho, ambas partidas suman el 66% del gasto energético familiar, mientras que el 34% restante se invierte en el uso de los electrodomésticos (16%) de la cocina (10%) la iluminación (7%) y el aire acondicionado (1%).

    ¿Cómo ahorrar energía en casa?

    Calefacción:

    No abras las ventanas con la calefacción encendida.
    Para ventilar la casa son suficientes 10 ó 15 minutos.
    No tapes las fuentes de calor con cortinas, muebles o elementos similares.
    Instala un termostato en la calefacción y regúlalo para una temperatura de no más de 20º C en invierno, por cada grado adicional gastarás aproximadamente un 5% más de energía.
    Revisa periódicamente el estado de la caldera, aumentará su eficiencia y su duración.
    Cierra los radiadores que no precises y apaga completamente la calefacción si tu casa va a estar desocupada.
    Prefiere en este orden: solar, biogás, biomasa, leña, gas natural, propano o butano. Evita la electricidad.

    Aislamiento:

    A la hora de realizar reformas en tu vivienda, no dudes en colocar un aislamiento térmico en los cerramientos exteriores.
    Instala doble acristalamiento en lugar de doble ventana, ya que aunque es más costoso, también se producirá un ahorro mayor.

    Iluminación:

    Aprovecha la luz del día.
    Apaga las luces al salir de las habitaciones.
    Utiliza luces próximas para trabajos como leer, estudiar… y elimina las luces indirectas que suponen gran consumo al tener que ser de mayor potencia.
    Sustituye las bombillas “normales” por otras de bajo consumo. El precio de compra es mayor pero amortizarás pronto la inversión pues consumen un 80% menos y duran 8 veces más.
    Si tienes instalados tubos fluorescentes, continua utilizándolos, consumen mucho menos que las bombillas tradicionales.
    Utiliza balastos electrónicos en vez de magnéticos en los tubos fluorescentes, y no los dejes encendidos si no los vas a usar. Ya no consumen mucho al encenderse.
    Mantén limpias las bombillas, tubos fluorescentes y reflectores.

    Aire acondicionado:

    Antes de comprar un aparato de aire acondicionado, plantéate si realmente lo necesitas. Existen posibilidades de refrigeración más baratas y ecológicas (toldos, ventiladores, etc.).
    Cierra las ventanas y baja las persianas en las horas de más calor y ábrelas cuando refresque.
    Colocar el aparato de aire acondicionado en una parte sombreada. Si lo colocas al sol su consumo será mucho mayor.
    Utilizarlo siempre a una temperatura razonable, el frío excesivo aumenta considerablemente el consumo de energía.
    Mantén limpios los filtros del aire acondicionado y no lo uses con las ventanas abiertas.
    Cocina y horno:

    Cocinar con olla a presión y con poca agua supone un ahorro del 50% de energía.
    Tapando las ollas, cazuelas y sartenes conseguiremos ahorrar un 25% de energía.
    La mejor opción para cocinar es el gas natural o butano, pero debemos mantener en buen estado los quemadores y evitar que la llama sobrepase el fondo de los recipientes.
    No abrir la puerta del horno si no es imprescindible
    No usar el horno para cocinar pequeñas cantidades de alimentos, ni para recalentar o descongelar.

    entre otros

    Los saluda su amiga Margarita Fonseca Vaca

    • Ignacia

      Gracias Margarita
      La idea es justamente cambiar nuestros estilos de vida por medio de la práctica de pequeños detalles (aunque estoy de acuerdo con aquellos que comentarion por Facebook que el sector industrial gasta más energía). Sólo así cambiaremos la manera de entender la idea de consumo como uno responsable, no sólo con el medio ambiente sino también con los demás.

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