V Las Libertades de la Propiedad


Propiedad y libertad son conceptos que muchas veces se cruzan y oponen. Ser dueño de algo se asocia a disponer y usar aquello que se posee, de forma que el “ser propietario” se halla en las antípodas del libre acceso y disfrute de bienes. Así, por ejemplo, si soy dueño de mi casa puedo argumentar –y tanto los usos sociales como la ley me darán la razón en la mayoría de los casos– que soy libre de pintarla del color que guste sin miramientos. Podemos ser propietarios de un bien en la medida en que éste se encuentra disponible y, las más de las veces, el móvil de la propiedad se vincula con tal disposición: el querer poseer algo se vincula con el provecho que podemos sacar de ello, provecho que supone la singularidad de la propiedad privada. Lo que es mío no puede ser utilizado por otros sin mi consentimiento. La propiedad, puede decirse, reafirma la libertad de quien es poseedor y limita las libertades de las demás personas.

Lo anterior, que cotidianamente nos parece bastante sensato, no es de tan fácil asimilación cuando lo que está sobre la mesa son los recursos naturales con los que, como sociedad y especialmente como país, contamos. ¿Nos parece adecuado que el agua sea vista como un bien apropiable? ¿Podemos disponer sin mayores miramientos de los recursos naturales con los que cuenta un determinado territorio? Estas son cuestiones que, necesariamente, emergen al pensar con mayor detención sobre lo que el proyecto HidroAysén comporta.

Las problemáticas asociadas a los derechos de agua, considerando la génesis de los mismos en un contexto histórico alejado de la deliberación de mayorías, y los criterios de disposición sobre los recursos naturales son dos puntos que han de ser puestos sobre la mesa.

En primer término es necesario que nos preguntemos hasta dónde podemos disponer, y por ende transformar en bienes susceptibles de potencial apropiación los recursos naturales. Gran parte de lo que se reconoce como el “pensamiento verde” -sostenido tanto política como éticamente en diversas latitudes- se asienta sobre principios que buscan situar las actividades humanas en el contexto de un sistema del cual el propio ser humano es parte, esto es, hacernos conscientes que vivimos en un mundo que en primer término cuenta con recursos limitados, por lo que no podemos mantener una lógica de disposición continua y permanente sobre él. Hemos de actuar precautoriamente en vistas de la promoción de un desarrollo que sea sustentable y que permita la mantención del propio ecosistema general que tanto seres humanos como naturaleza conformamos.

Desde este punto de vista es necesario ir “contra la corriente” (haciendo eco de las campañas masivas del proyecto) atendiendo más allá del supuesto estatuto de renovable de las energías hidroeléctricas: la destrucción del entorno, asociada a la propia represa y las líneas de transmisión, no es precisamente renovable.

Además es necesario hacernos cargo de otra cuestión: La conveniencia de adjudicar a capitales privados, y foráneos, los derechos de uso de los recursos naturales con los que cuenta el país. Igualmente resulta relevante considerar las transformaciones en el mercado energético que comportaría la instalación de HidroAysén. De materializarse el proyecto –como ya ha sido señalado por Juan Pablo Orrego en “El Mostrador”– se establecerían las bases de un claro monopolio de la generación y distribución de energía en el territorio nacional que estaría, además, en manos de capitales extranjeros. Lo anterior es relevante si atendemos a que, como es lógico, la inversión privada busca una rentabilidad que no necesariamente se encuentra alineada con el mejor interés de la población ni, tampoco, con el resguardo del entorno -valga en este punto recordar como ejemplo el caso de Celco en Valdivia.

Hemos de ocuparnos de las incidencias de un proyecto como el de HidroAysén fijándonos no sólo en el proyecto particular sino poniendo en perspectiva qué dice respecto a nuestro modelo de desarrollo energético o, al menos, poniendo sobre la mesa la pregunta por la existencia de aquel modelo. Considerando lo anterior HydroAysén emerge como una clara señal de un modo de habitar el mundo no sólo irresponsable sino igualmente vetusto. Esto pues el proyecto es clara muestra de una percepción exacerbada del mundo como un espacio disponible, puesto ante nosotros para ser rentabilizado de la manera más conveniente a los intereses privados, que exaltan su riqueza amparados en el fundamento de lo que todo Estado moderno se enorgullece en resguardar: la propiedad.

La propiedad, sin embargo, parece ser una cuestión que puede quedar puesta en entredicho cuando de recursos naturales se trata. Baste aquí sólo recordar la imagen de lo sucedido en Cochabamba, Bolivia, donde hasta las aguas lluvias fueron cedida a capitales privados, y nos sorprendíamos con imágenes de fuerzas policiales impidiendo a los ciudadanos bolivianos recolectar aguas lluvias pues éstas eran de propiedad del consorcio extranjero. La denominada “Guerra del agua” puede ser un horrible antecedente de lo que podemos llegar a enfrentar cuando la adjudicación de derechos de propiedad traspasa todo límite. ¿Puede ser este el caso de HydroAysén? Ya hemos visto bastantes movimientos sociales en contra el proyecto, principalmente en defensa y apuntando a la puesta en valor de la Patagonia. Estos movimientos dan cuenta no sólo de un cuestionamiento al proyecto como tal, igualmente, de lo que puede suceder cuando decisiones estratégicas -como las relativas a energía- no cuentan con la suficiente legitimidad social.

El rechazo al proyecto puede explicarse, igualmente, como respuesta a la inexcusable señal que HidroAysén entrega a Chile: con un proyecto de tal magnitud se reafirma el precedente respecto a la pésima forma en que estamos lidiando con recursos estratégicos del país. Teniendo en mente no sólo las consecuencias ecológicas del mismo, además muestra cómo seguimos entregando casi sin criterio nuestras riquezas al afán de unos pocos. La equidad y la justicia social que tanto se ansían en diversos ámbitos de la política debe, igualmente, tener un correlato en cómo afrontamos este tipo de proyectos. Eso es lo que se debe promover. Eso es lo que debemos exigir.

por Patricio Velasco

Sociólogo

Nota: La referida columna de Juan Pablo Orrego se publicó en el diario electrónico “El Mostrador” el 20 de Noviembre de 2010 y se encuentra disponible en este sitio web: http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/11/20/de-barrancones-a-hidroaysen-a-un-paso/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: