VI Réquiem por Aysén


Han transcurrido casi dos siglos desde la aparición de Hojas de hierba, de Walt Whitman, pero sus versos aún vibran con la fuerza de un monzón:

¿Cuál es el saldo de los cientos de años que hay entre nosotros?

Sea lo que sea, ya no se aprovecha.

Yo también viví, y mío fue el Brooklyn de las amplias colinas,

Yo también anduve por las calles de Manhattan y en las aguas que rodean a esta isla me bañé,

Y  sentí esos curiosos cuestionamientos repentinos

El día en que la muchedumbre vino hacia mí,

(…)

No es fácil volver a Whitman. Su pincel no restituye, sino que quema y aguijonea, más aún si contrastamos ese mundo con el orbe que hoy pisamos: un planeta donde los crepúsculos son cada vez más grises y el murmullo de los ríos más lamento que armonía. Pero el tema es complejo y va más allá de la pérdida natural de los dones de la tierra con el paso de los años, o de las demandas de la poesía  o del arte en general. El problema no es el hombre y sus demandas, sino la excusa del progreso que alimenta la boca de políticos y empresarios, de  estadistas y monarcas, que disfrazan sus anhelos con la pátina del bien social.

Más allá del Cambio Climático, más allá de la crisis energética, el conflicto con HidroAysén consiste en maquillar la ambición de unos pocos como la solución mesiánica de una amenaza transversal. Me basta con leer el historial de ENDESA y Colbún para pensar como Maquiavelo sobre el caso de Hierón: “de simple particular llegó a ser príncipe de Siracusa, y no debió su fortuna sino a haber sabido aprovecharse de una ocasión”.

¿Cómo fiarse de esta noble oportunidad ofrecida por estas empresas? Lo suyo ha sido un negocio posibilitado por la resolución del Gobierno Militar de privatizar las aguas en el ’81, convirtiéndolas en un mero commodity, uno que a la vista del experto en derechos de agua de la Universidad de Arizona, Carlos Bauer, se trata de un bien harto complejo; esto, porque las características de este elemento impiden su total conversión en un bien transable: “Sin embargo, el Código de Agua chileno ha comoditizado los derechos de este elemento mucho más que en el Reino Unido, pese a las características que el agua tiene”.

La excesiva concentración económica de ENDESEA y Colbún hizo que el Tribunal de la Libre Competencia (TDLC) las obligara a reducir su poder monopólico sobre los derechos de aguas en 2007 (ENDESA cuenta con el 80% de estos derechos en el país), para poder continuar con el proyecto de HidroAysén. Un negocio que no será el único de estas compañías, pues pretenden levantar más represas en el sur del país.

Desde hace rato que la naturaleza se ha vuelto una esclava de los dictámenes del mercado, y esta vez no será la excepción. Sobre todo cuando advertimos que la mentada crisis energética es menos una amenaza nacional que un negocio de proporciones ligado a las grandes mineras del país, quienes consumen el 32% de la energía versus un 15% de consumo residencial.

¿Por qué debemos asumir el costo de las represas y aunar nuestras necesidades con las de las grandes mineras, las mismas que han contaminado y secado  el Loa, reduciendo una población como Quillagua a un mero recuerdo de tiempos whitmanianos?

Que HidroAysén es el camino que cualquier país desarrollado hubiera seguido hace 50 años para resolver estos problemas hasta podría ser verdad. Pero los países del primer mundo también cuentan con leyes como el Wilderness Act o el Wild and Scenic Rivers Act, en EE.UU.: leyes que definen y protegen 37 mil km² de tierras naturales en el caso del primero,  y blindan tanto a los ríos como a  sus alrededores del potencial desarrollo que pudiera alterarlos, en el segundo.

Ni el Pascua ni el Baker se secarán como el Loa, pero el sentido de lo natural, el espíritu de una comunidad será nuevamente pisoteado por la excusa de un progreso que progresa a medias, en un país que tasa y transa sus partes como un bien mercantil. Hace rato que el espíritu agoniza y con él la identidad de las distintas comunidades que habitan este planeta.

Si Whitman es el vate nacional de Estados Unidos por antonomasia, y en cierta forma de América, lo es porque su canto aunó cierta necesidad de un continente por su identidad: una que la tierra proponía y que el rito definía con los vocablos del chamán, el profeta o el poeta quien, en palabras de Alfonso Reyes, “ve, al reverberar de la luna en la nieve de los volcanes, recortarse sobre el cielo el espectro de Doña Marina, acosada por la sombra del Flechador de estrellas; o sueña con el hacha de cobre en cuyo filo descansa  el cielo; piensa que escucha, en el descampado, el llanto funesto de los mellizos que la diosa vestida de blanco lleva a las espaldas: no le neguemos la evocación, no desperdiciemos la leyenda”.

por Carlos Oliva

Periodista

Bibliografía

Bauer, Carlos, Dams and Markets: Rivers and Electric Power in Chile, 2009.

Maquiavelo, Nicolás, El príncipe, Capítulo IV.

Reyes, Alfonso, Antología de Alfonso Reyes, “Visión de Anáhuac”, 1990, Fondo de Cultura Económica.

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