Verdeseo

Chile Sin Represas


No podría de ningún modo negar la profunda emoción que, a la distancia, me evoca que decenas de miles de chilenas y chilenos estén saliendo a las calles a manifestar su descontento frente a la reciente aprobación del aberrante proyecto HidroAysén. Sin embargo, para hacer justicia a este movimiento ciudadano, difícilmente podríamos definirlos como simplemente ambientalistas o encerrarlos en categorías añejas. Y es que esa emoción, a ratos visceral, pero no por ello menos lúcida, que ha desatado todo este nivel de movilización, es la expresión de un descontento  y una indignación acumulada por demasiado tiempo. HidroAysén puedes parecer simplemente un proyecto de generación eléctrica, pero hace bastante tiempo  que ha traspasado esa categoría para pasar a encarnar de forma cruda y horrorosa las peores prácticas de una elite política y empresarial para la que la democracia es un problema y el gobierno un botín bucanero.

Extraños días se han vivido en Chile desde la irregular aprobación ambiental de HidroAysén. Miles de personas se han congregado en las calles para manifestar su rechazo a la monumental aberración que un par de funcionarios públicos cometieron bajo instrucción de sus superiores jerárquicos. Las autoridades pretenden hacer oídos sordos y envían a carabineros a destruir lo que no son capaces de entender. Pero los dados están tirados, la indignación es grande y aunque pretendan barrer de las calles a quienes buscan manifestar pacíficamente su posición, no podrán cambiar el hecho de que es una gran y consistente mayoría de chilenas y chilenos la que se opone a este absurdo proyecto.

Le dieron duro a la cantinela de la institucionalidad, insistiendo en que las formalidades superan cualquier cuestionamiento de fondo. Ese ha sido un largo fetichismo de la elite chilena, las instituciones permanentes, argumento que sirve para poner dique a la innovación y a las alternativas.Ese fue el fundamento de la dictadura de Pinochet: rescatar a las instituciones permanentes de la nación, que en términos simples no significa otra cosa que conservar los privilegios tal y como están. Porque las instituciones no son en este contexto otra cosa que las reglas y procedimientos que regulan la toma de decisiones en asuntos públicos, es decir, establecen quién y cómo se corta el queque. Mucha de la institucionalidad vigente sigue siendo fruto de la legislación de la dictadura, leyes que se zanjaron entre cuatro pelagatos en beneficio de otros cuatro, mientras que otro tanto de esta institucionalidad es fruto del trabajo legislativo de un Congreso que se constituye, debido el régimen electoral chileno, prácticamente mediante elección a dedo.

También le han dado duro al cuento de la técnica, como si existiera una sola forma de entender la técnica y una sola forma de hacer ciencia. No es novedad que haya una importante dosis de “afinidad electiva” entre específicas formas de entender la ciencia y de entender la política, por lo que no es para nada extraño que la ciencia que nos quieren hacer ver los ministros no sea más que un recorte antojadizo adecuado a lo que quieren probar. Aunque en el caso de HidroAysén, el rol de la ciencia fue harto más patético que eso, puesto que toda controversia científica que asomó durante el proceso de evaluación fue borrada de un plumazo para evitar complicaciones. Y la pega en ese sentido fue fácil.Mientras por un lado HidroAysén, como todo proyecto que se presenta a la Evaluación de Impacto Ambiental en Chile, elaboró su propio estudio, pagando a sus propios científicos, presentando sus propias conclusiones, una vez dentro del sistema de evaluación los funcionarios públicos que tenían que corregir la tarea actuaron de mala fe, borrando las preguntas que estaban mal respondidas y cambiando la pauta en el caso de las que eran menos comprometedoras.

Y qué decir de todo el cuento con el desarrollo. Piñera, en una actitud de lo más (in)civilizada, sale a meter cuco amenazando con apagones y otras fantasías de lo más improbables considerando los plazos de construcción y puesta en marcha de este proyecto. El desarrollo que según la gente del gobierno quedaría fuera de nuestras posibilidades ni siquiera para ellos tiene una forma clara. Ya hace un rato Piñera apareció con la idea de que desarrollarnos significaba llegar a ser como Portugal a fines de la década, y ya muchos sabrán la suerte que ha corrido Portugal en este último año y su derrumbe económico. Desarrollo es una cortina de humo que sirve para justificar cualquier cosa, armas, plasmas, centrales nucleares o guerras espaciales. Antes de poner ese desarrollo elusivo como justificación de todas sus acciones, Piñera debería exhibir mayores credenciales éticas, mentir menos y hacer más, a veces bien vale el adagio pobre pero honrado.

El nivel de los argumentos de las autoridades ya sin duda no convence ni conmueve a nadie. Por otro lado, la oposición ha sido de lo más tibia y con las mismas prácticas malolientes de siempre, los superhéroes de la comunicación estratégica arman un par de cuñitas de Lagos o de alguno de esos personajes que afortunadamente ya no calientan a nadie. La Concertación no ha sabido cuadrarse una vez más con la ciudadanía y se ha quedado, salvo contadas excepciones, escondida en sus trincheras sin jugársela por nadie.

Celebro que tantos mitos y figuras del pasado estén siendo jubiladas por estos días; celebro la entereza del único parlamentario que se ha mantenido firme contra este proyecto, Antonio Horvath; celebro la pasión y el compromiso de quienes han manifestado de una u otra forma su oposición a este escandaloso proyecto, y tengo grandes esperanzas sobre lo que toda esta gente unida será capaz de hacer. Patagonia Sin Represas se escucha cada día más fuerte e independiente de los resultados de este caso concreto, algo totalmente nuevo y distinto se ha gestado a partir de uno de los movimientos ciudadanos más importantes de los últimos años.

Leonardo Valenzuela

Magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente

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