Verdeseo

Ecología del Odio


Foto: Reuters

Durante los primeros funerales de las víctimas del atentado de Utoya, el Primer Ministro de Noruega, Jen Stoltenberg, llamó a los noruegos a mantenerse firmes en los valores de la libertad y la democracia, a diferencia de la actitud que hace 10 años tomó George W. Bush. Éste último, frente al terror de los atentados, hizo un llamado instantáneo a la guerra paranoide.

El miedo ha sido utilizado siempre como un antídoto frente a los cambios. Suele ser el argumento favorito de los conservadores, quienes siempre ven en tal recurso un refugio frente a los desafíos intelectuales que impone el tener que hacer política. Los conservadores han sido por décadas los empresarios morales de la política, generando peligrosos episodios de pánico moral que terminan por corroer toda posible base de confianza para un proyecto político amplio. Este pánico moral se caracteriza por la explotación de ciertos temores que han alcanzado algún grado de consenso importante en algún grupo de la población. En el caso del atentado de Utoya, su perpetrador estaba profundamente convencido del supuesto peligro que representa la población musulmana europea para la sobrevivencia del cristianismo y los valores occidentales, de los cuales quiere convertirse en un mártir.

Si bien es cierto que Behring Breivik puede ser un caso más o menos aislado, y muchos dirán que estamos frente a un psicótico, los argumentos que busca explotar son muy similares a los que la derecha anti inmigración en el mundo ha exaltado cada vez con más fuerza durante la última década.

El discurso incendiario de los guardianes de Occidente tiene un eco aumentado en las acciones de sujetos como Breivik, quien apoyado en esa comunidad imaginaria compuesta por los valores del cristianismo occidental sale a hacer carne de aquellas atrocidades que otros murmullan en privado. Cuánta vergüenza y responsabilidad deberían sentir los fundamentalistas que hacen su fama en los medios y la política encendiendo el odio y la violencia en nombre de la tradición y las buenas formas.

Mike Davis, conocido académico de la Universidad de California, Riverside, hablaba a fines de los noventa de una “Ecologia del Miedo”, para referirse a cómo esa emoción había dado forma a una particular geografía en Los Ángeles. Barrios segregados, condominios cerrados, calles hipervigiladas, autos blindados en carreteras infinitas, armas por doquier y otros delirios ultratecnológicos, pero no menos concretos. Lo que marca fundamentalmente a esa Ecologia del Miedo es la paranoia permanente, una diferencia estricta entre el adentro y el afuera, la traducción física de esa estructura de personalidad que ha reemplazado la duda por la creencia. En tal escenario ya no queda espacio para las oportunidades, el estigma recae según te localices físicamente entre los buenos o los malos. Y de aquella localización específica se derivara con mucha seguridad tu biografía entera.

En tal aspecto, qué parecido es Santiago y una buena parte de Chile a ese modelo de la desconfianza, del miedo al otro y la creación de estereotipos. Al “buen cristiano y hombre respetable” le han enseñado siempre a humillar al “sodomita” que amenaza a la familia, al “comunista” flojo que amenaza los valores más puros de la patria profunda, al extranjero que viene a quitarle la comida de la boca a algún buen hombre de la nación, o al “ecologista” fanático que pone a los árboles por delante del viril emprendimiento.

No son pocos los que quisieran borrar a estos personajes del mapa y desentenderse de cualquier responsabilidad ética respecto a las personas y sus historias detrás de las caricaturas.

Un ejemplo activo por intentar borrar la lacra está presente en la memoria de prácticamente cualquier chileno con el bombardeo de La Moneda: el atentado terrorista más impresionante de la historia de Chile. Una acción guiada por el pánico moral frente al comunismo, inauguro décadas de odio y violencia en el país. Los protagonistas principales de la atrocidad nunca han tenido un castigo formal ni han tenido que rendir cuentas por sus acciones. Esa impunidad ha sido llevada al nivel de una burla cuando hace un par de semanas se integraron al gabinete del actual gobierno otro par de los llamados jóvenes promesas de Pinochet.

Las señales de impunidad cotidiana que hoy se ve en Chile y que muestran cómo se pretende meter lo feo debajo de la alfombra (porque finalmente para estos fanáticos esto es una cuestión más estética que ética), son el caldo de cultivo para los delirantes que a la primera amenaza son capaces de salir a repartir golpes o balazos.

A Chile le hace falta acabar con el fascista que lleva dentro, con esas ganas de pisotear al diferente y censurar lo que incomoda. Afortunadamente muchas señales del último tiempo llevan a pensar que ese espíritu no goza de la mejor salud, pero más vale estar atentos y no dejarse llevar por la tentación de las odiosidades.

Para un proyecto político que funcione en Chile hace falta una reforma constitucional y una reforma tributaria, pero quizás como dice Stoltenberg, hace falta una adhesión decidida a la democracia y la libertad, un esfuerzo por confiar antes de ajustar a todo el mundo bajo nuestras mezquinas categorías. El paso fundamental consiste en suprimir prohibiciones absurdas y hablar a la cara sobre las cosas que importan, no sea cosa que nos escape un penoso tiro que nos deje sin aliento.

Leonardo Valenzuela

Sociólogo

Un Comentario

  1. Cris

    Las decadas de odio en Chile fueron inauguradas por la siguiente declaracion oficial del Congreso de Chillan del Partido Socialista en 1967, 6 años antes de 1973, y han sido alimentadas por las llamadas organizaciones de derechos humanos

    :“La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y, a su ulterior defensa y fortalecimiento.
    Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del estado burgués, puede consolidarse la revolución socialista.

    Las formas pacíficas o legales de lucha (reivindicativas, ideológicas, electorales, etc.) no conducen por sí mismas al poder. El Partido Socialista las considera como instrumentos limitados de acción, incorporados al proceso político que nos lleva a la lucha armada. ”

    Declaración Oficial del Congreso del Partido Socialista de Chile, Chillán, 1967.

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