Avatar contra Mononoke


Si tuviera que dictar un curso de introducción a la ética ambiental, partiría con dos sesiones de cine: una dedicada a ‘Avatar’, el blockbuster en tres-D del hollywoodense James Cameron, y la japonesa ‘Princesa Mononoke’, del famoso director de animé, Hayao Miyazaki. Mientras la primera pinta un retrato en blanco y negro de la relación del hombre con la naturaleza, la segunda ofrece una perspectiva mucho menos eufórica, pero más creíble de lo que puede llegar a ser un trato amistoso entre seres humanos y todo lo demás.

Desgraciadamente, no hay espacio aquí para resumir las tramas de Avatar y Mononoke, pero intentaré condensarlas en un par de líneas, para luego apuntar a por qué me parece mucho más justa la mirada de Miyazaki que la de Cameron.

En ‘Avatar’, los humanos llegan a invadir Pandora, un planeta rico en un mineral valiosísimo, y lo hacen a través de avatares, humanos encarnados en cuerpos idénticos a los nativos Na’vi, con el objeto de mezclarse con ellos y convencerlos de que se rindan. Uno de los avatares, sin embargo, se enamora de la Na’vi más bonita, y descubre que la verdadera felicidad está en la vida de estos ‘buenos salvajes’ Rousseaunianos, y no en el ideal de conquista y explotación de los recursos naturales de su raza. El precio es abandonar su cuerpo humano para siempre y convertirse en un nativo más… si la tribu lo acepta.

‘Mononoke’, en cambio, es el nombre de una princesa mitad humana, mitad lobo, que protege el bosque de la destrucción de los humanos. Su enemiga, la empresarial y pragmática Eboshi, dirige la Ciudad del Hierro, un sucio complejo industrial que amenaza con su crecimiento a los animales y a los árboles circundantes. Ashitaka, un príncipe humano, es el puente entre ambas. Pero la lucha es inevitable y ambas partes se enfrentan, sin un claro bando ganador. Los espíritus del bosque casi se han extinguido y la Ciudad de Hierro está en ruinas. Mientras Eboshi promete partir desde cero haciendo las cosas mejor, Mononoke sigue como protectora del bosque, reacia al contacto con los humanos, pero amiga de Ashitaka, que continúa en su rol conciliador.

Si se quiere poner ambas películas en jerga filosófica, podría decirse que ‘Avatar’ reduce las opciones a dos: o se retrocede a los tiempos de los cazadores-recolectores y se instaura la ecología profunda in extremis como credo oficial, o se continúa en el tren de destrucción de la naturaleza que asume que los ‘recursos’ son infinitos y que todo es reducible a un estrecho cálculo utilitarista-hedonista. Al contrario, lo que subyace a Mononoke es una dialéctica hegeliana, donde la tesis y la antítesis llevan a una nueva síntesis: si al comienzo de la historia los hombres vivían en armonía con su ambiente, esto se rompe con Ciudad de Hierro. Tras el conflicto, los hombres se dan cuenta de que destruir la naturaleza es destruirse a sí mismos, mientras el bosque y los animales siguen siendo no sólo el entorno indispensable para que la vida humana florezca y se desarrolle, sino también seres con sus propias vidas y sus propias maneras de florecer.

Por estos días de conflictos ambientales varios, donde se suele caricaturizar a las partes ­en ecologistas extremos y utilitaristas inclementes (a la Cameron), serviría a los contendores agregar un poco más de sutileza (a la Miyazaki) a la discusión. Entre volver a las cavernas y quemar todas las naves por el crecimiento económico, hay una amplia gama de opciones más deseables.

Por Alejandra Mancilla Drpic,

Periodista y licenciada en filosofía

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