Patagonia (I)limitada


Por Alejandra Mancilla,

Periodista y licenciada en filosofía

http://alejandramancilla.wordpress.com

 “No convenía al país, que aún salía de una guerra cruenta y costosa, y que se había echado encima el odio de dos naciones en el Pacífico, entrar en disputas y agregar un tercer enemigo al Atlántico. En términos generales, la pérdida de la Patagonia se debió a la orientación de la actividad nacional hacia el norte”.

Sergio Villalobos, La aventura chilena de Darwin

Si se omite la referencia a la guerra del Pacífico, esta cita del historiador Sergio Villalobos bien podría aplicarse a la realidad de Chile hoy, cuando las autoridades del Norte nuevamente amenazan con perder la Patagonia, aunque esta vez no cediéndola a los vecinos allende Los Andes, sino traicionando su espíritu de tierra remota, salvaje y prístina para convertirla en un recurso natural más… y del que ni siquiera se verán beneficiados sus escasos habitantes.

Como puntarenense a mucha honra, cada vez que me preguntan de dónde provengo, no digo que soy de Chile, sino Patagonia, y las reacciones que recibo son siempre de admiración. Patagonia, más que Chile, es marca registrada (no por nada Sernatur vende nuestro país al mundo con la imagen de los majestuosos cuernos del Paine). Patagonia, y no Chile, ocupa un lugar distintivo en la conciencia colectiva, quizás sólo comparable con la Antártica, el Amazonas, el Sahara o Siberia. Patagonia se llama una de las marcas de ropa outdoors más populares del mundo… y no por nada es que su ex directora ejecutiva, Kristine McDivitt Tompkins, vive y protege hoy la tierra en la que se inspiró su negocio millonario.

Hoy, sin embargo, la Patagonia chilena se encuentra amenazada por varios flancos, de los cuales HidroAysén es sólo el más urgente. Tras la cuestionadísima aprobación para construir cinco represas que inundarán cinco mil hectáreas en dos de los ríos más bellos de Chile, lo que se viene ahora es la discusión por la línea de transmisión de 2.300 kilómetros, cuyo impacto –de aprobarse– sería tanto o más invasivo que el de las represas.

Dice el filósofo estadounidense Holmes Rolston III en su ensayo “De la belleza al deber”, que la apreciación estética ha sido en el mundo occidental uno de los puntos de partida más habituales para defender ecosistemas y paisajes que se consideran únicos e irrecuperables. Lo bello impone un deber de protección y éste es el motivo por el cual tenemos parques nacionales, reservas naturales y áreas protegidas. Rolston advierte, sin embargo, la importancia de ir más allá: cuando al juicio estético se suma el conocimiento científico y cultural del área en cuestión, suele suceder que nuestras convicciones para proteger ciertas áreas naturales salen aún más fortalecidas.

En el caso de HidroAysén, más allá de la belleza indiscutible de las áreas que se verían irreversiblemente afectadas, está la disrupción en las formas de vida de las pocas comunidades de huemules que van quedando, el daño a ciertos peces nativos que apenas fueron tomados en cuenta en el EIA y la tala de que serán objeto miles de hectáreas de bosque nativo para abrir paso a la línea de transmisión continua más larga del mundo. Eso, sin contar los impactos sociales y culturales, al cambiar dramáticamente el perfil productivo de dicha región. Estos motivos deberían bastar para poner nuevamente en la balanza el costo de generar 3.750 megawatts de energía contra el costo de destruir un lugar único en el mundo al que sólo una estrábica mirada economicista se atreve a ponerle precio.

Pero HidroAysén es sólo la amenaza más inmediata y obvia al futuro de la Patagonia.

Tras el desastre ecológico y social que dejó la industria salmonera en Chiloé, por la crisis del virus ISA, hoy es Aysén y mañana quizás sea Magallanes la región con más siembra y producción de salmones. Si en 2009 operaban en los fiordos de Aysén 60 centros de cultivo, a comienzos de 2011 ya eran 123 y esperaban ascender a 150. Mientras tanto, tras completarse el proceso de consulta para zonificar el borde costero de las provincias magallánicas, la Secretaría Regional de Economía espera que en 2014 la industria genere 400 millones de dólares y produzca 40 mil toneladas. ¿A qué costo? Nadie lo dice o, mejor dicho, nadie se atreve a decirlo. Si lo que se quiere es convertir los fiordos patagónicos en un nuevo Chiloé, debería desde ya ponérsele coto a la idea. Tras 20 años de salmonicultura intensiva, hoy los chilotes no están gozando de las utilidades millonarias del negocio, sino pagando sus externalidades incalculables: contaminación de las aguas, pérdida de peces nativos, cesantía y disrupción de las familias. Repetir el mismo capítulo en los fiordos patagónicos sería –por decirlo suavemente– necedad culpable.

Por último, la aprobación del megaproyecto carbonífero Mina Invierno, en Isla Riesco, es la prueba viviente de que la Patagonia se ve desde el Norte como una colonia, fuente de materias primas y a cuyos habitantes se apacigua con promesas de prosperidad que nunca se concretan. Para extraer este carbón de baja ley, se proyecta cavar a rajo abierto una extensión de 500 hectáreas hasta 180 metros de profundidad, en una zona donde las fuertes rachas de viento arrastrarán los polvillos contaminantes en quién sabe qué radio a la redonda. Aunque un puñado de patagónicos ha salido a oponerse, en este caso se ha usado la táctica de “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Lejos de la experiencia cotidiana incluso de los puntarenenses, la riqueza natural de Isla Riesco permanece oculta para la mayoría… pero aquello debería ser un argumento para protegerla, y no al contrario. Tal como en HidroAysén, donde represas y líneas de transmisión se presentaron como proyectos con EIA independientes, se dio aquí la irracionalidad de presentar el proyecto de puerto desde donde saldrá el mineral y la mina de manera separada.

Podría seguir, pero creo que el mensaje es claro: querer convertir estas tierras en ‘Patagonia Limitada’ responde a la pobreza del cálculo económico a corto plazo. Apenas se deja de ponerle precio a todo, se revela su valor. Y entonces surge el de la Patagonia… ilimitada.

¿Cómo se vería ésta? Saber lo que se quiere siempre es más riesgoso y difícil que descartar lo que no se quiere, pero si se me permite echar a volar la imaginación por un par de líneas, esto es lo que veo: quitándose esa mala costumbre humana de no convencerse del error de otros hasta cometerlo uno mismo, los patagónicos –y sus simpatizantes­– se organizan y defienden lo que esta tierra evoca, territorio inconquistado, tesoro de aventuras, patrimonio de la humanidad. La industria principal, asumiendo que tiene que haber alguna ­–premisa cuestionable que aquí no da el tiempo de discutir­­– es el turismo aventura bien hecho: avistamiento de ballenas (y no del hollín del carbón) alrededor de Isla Riesco, una gran red de rutas de trekking que sean el orgullo del Sendero de Chile (sin avistamiento de cables); rafting y kayaking en ríos vertiginosos sin represas que los frenen y esquí de fondo por paisajes prístinos que hoy permanecen ocultos hasta para los locales. La apreciación de esa belleza, en tanto, conduce a un círculo virtuoso de mayor protección y conservación… a la Rolston.

Además de esto, Patagonia Ilimitada es también un centro para las ciencias del medio ambiente y de la sustentabilidad, y un puente para las ciencias antárticas (en gran medida, esto ya ocurre en la actualidad, con la sede puntarenense del Instituto Chileno Antártico, y con la Fundación Omora y su parque etnobotánico en Isla Navarino).

Por último, Patagonia Ilimitada es una apuesta por otro camino de desarrollo, fundada en la convicción de que las cosas se pueden hacer de otra manera, más inteligente y mejor.

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