Verdeseo

La madre de todas las reformas


Los estudiantes patearon el tablero político, qué duda cabe; de representar demandas puntuales pasaron a convocar a muchos que sintiéndose marginados vieron más cercano el esperado recambio. En un artículo reciente, Rodríguez Elizondo señala que el problema central de la “politicidad emergente” es su filiación. Esta cuestión, lejos de estar resuelta, tiene nerviosa o ansiosa a gran parte del país.

Más allá de un despertar político y de observarse líderes con un inmenso futuro, pienso que hay muchas resistencias que superar si se busca alcanzar cambios más profundos. La primera dificultad proviene de la hondura de la desconfianza. Si acaso el desencanto progresivo desembocó en rabia, la sospecha común a ambos estados demorará en pasar. Quien quiera conducir una causa mayor es probable que sea visto de reojo. Cuesta imaginar que políticos tradicionales, más o menos convertidos, terminen aglutinando o capitalizando a los nuevos ciudadanos. ¿Será que los políticos tradicionales darán un paso al costado, o esperarán con paciencia recoger las piezas para volver a jugar según sus reglas?

El orden vertical ejercido por políticos totipotenciales es parte sustancial del cuestionamiento civil, de ahí que no se siga una lógica de reemplazo. ¿Es la emergencia de nuevos partidos o conglomerados una condición para que los nuevos ciudadanos viabilicen su expresión? Tal vez estamos en presencia de una complicidad horizontal que no llegue a cuajar en una estructura tradicional, quizás tampoco requiera de una para lograr sus objetivos. Lo interesante es que por más nebuloso que sea el cuadro, por más desarticulada que parezca la “politicidad emergente”, por acción u omisión hace sentir su presencia. Su contundencia es imposible de soslayar por aquellos “intérpretes” que suelen moderar las demandas populares. Sin necesitar de vasos comunicantes formales, sin decidirse a participar de la opereta eleccionaria, su peso específico crece a medida que aumenta la incertidumbre sobre cómo va a actuar llegado el momento.

Pero volviendo a las preguntas apremiantes: ¿Cambiar qué?, ¿Cómo?

Se ha hablado mucho acerca de que los nuevos medios de comunicación son una suerte de canal esotérico que logra cosas increíbles. A mi juicio, el problema no se resuelve con la transferencia del medio-mensaje: no es la instantaneidad ni la rapidez de reacción de las autoridades políticas lo que puede traer cambios mayores. Por cierto influyen, tanto así que en Chile fue el mismo Presidente el que sentó un precedente al frenar Barrancones. Por miedo al tándem twitter-marcha y a su compulsión por caer bien, abrió una esclusa que sentó jurisprudencia. Pero insisto, el éxito de las redes sociales está lejos de convertirse en mecanismo. ¿Alguien puede imaginar una política pública by Twiter, un referéndum “me gusta” a través de Facebook, una revolución desde la cama?

Las marchas han demostrado ser un medio de presión potente, pero tienen la limitante impuesta por su propia dinámica y acotados objetivos. La tensión que logran es insostenible en el tiempo: a menos que se pretenda acabar con todo; una suerte de borrón y cuenta nueva como ocurrió en Argentina con los piqueteros. Si bien las movilizaciones han logrado sensibilizar a la población con el problema estudiantil y antes energético, su poder histórico proviene del efecto desestabilizador que alcancen. En Chile han probado ser un mecanismo de reforma; lo novedoso es que nunca antes un gobierno se había atrincherado apostando a un fracaso que lo perjudica más que a nadie.

Sorprendentemente, el gobierno juzga mejor mantener su posición con pies de plomo. Si se analizan las repetidas intervenciones de Hinzpeter y de Piñera (ya no hay discurso en que no mencione a las bombas molotoovss) parecen destinadas a entorpecer cualquier atisbo de solución. Ya nadie cree que estas sean producto de la precipitación o de la casualidad. La estrategia que busca desgastar y criminalizar al movimiento estudiantil sólo ha logrado que éste se intensifique y se agudice. De acuerdo a la visión maniquea del gobierno, la gente les dará la espalda a los saqueadores subversivos para abrazar a su gobierno de mano dura.

La prensa mundial comprende la raíz del problema y entiende que la violencia que se ha producido tiene dos caras. Es tan claro para todos excepto para los ministerios políticos que creen estar librando una nueva “guerra fría”. La falta de prolijidad, de visión política y de comprensión del medio de este gobierno resulta abrumadora, ni siquiera se afligen ante las posibles repercusiones económicas que puede desencadenar una lógica tan primitiva (si hasta el The Economist habla de ingobernabilidad).

Muchos analistas concuerdan que el gobierno, para no ser percibido como débil o cobarde, ha elegido golpear bajo el cinturón. Sabe que nada de lo que haga podrá satisfacer a los indignados ni le dará réditos políticos. Y para no quedarse aislado, en vez de actuar con grandeza, vuelve al último reducto de la derecha anquilosada. Un gobierno sin nada más que perder es ciertamente peligroso.

El Presidente erra continuamente al ver en sus interlocutores a clientes o accionistas de una empresa llamada gobierno, se equivoca al juzgar más relevante las percepciones que la sinceridad; la gente capta eso (el ampuloso presupuesto de educación -con el menor porcentaje de crecimiento en 5 años- es una muestra más de una lista eterna). Las percepciones resultan en la bolsa, la gente compra y vende rápido siguiendo su olfato; pero ese modus operandi llevado a la política es absurdo. Hemos visto cómo a días o semanas de haber hecho un gran anuncio, los porfiados hechos revientan en la dignidad de las personas. Los informes optimistas de un gerente pueden llevar a ganar millones en horas, pero el balance final es lo que cuenta y muchas de las acciones políticas de Piñera no distan hoy de los bonos basura.

A pesar de todas las externalidades que ha generado el movimiento estudiantil sigue contando con un apoyo popular incontrastable. El genuino interés de muchos jóvenes, sacudidos de dogmas momificadores, y su reacción ante un estado político excluyente, auguran un escenario más diverso y ético ante las necesidades apremiantes que enfrenta este país. Más allá de los logros y fracasos que obtenga el movimiento estudiantil hoy, sin duda alguna su paso por el escenario político chileno ha dejado una huella indeleble. Hay un antes y un después de esta primavera chilena; en qué desemboque este después puede aplazarse por un momento. A qué precipitarse cuando se puede seguir creciendo, madurando. La nueva avalancha de ciudadanos comprometidos con su realidad constituye el primer paso de muchos que hay que dar, si se quiere lograr un país más digno y más justo.

Nesko Kuzmicic A.

Biólogo Marino

Un Comentario

  1. marciana :)

    queremos que los jovenes se inscriban y voten. aunque sea para anular su voto, o dejarlo en blanco, como en el ensayo sobre la lucidez de saramago. ta buena la columna…

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