El barrio y la educación


El día en que las pizarras brillen más que la culata un revólver para el delincuente común, será el primer indicio de una educación de verdad.

En la esquina entre Pedro Alarcón y Santa Rosa, un amplio mural muestra a un chico de gafas oscuras y un arma entre sus manos. Una docena de manchas rojas perlan sus costados como una aureola falaz.

Es una de las tantas entradas a La Legua y una de las tantas muestras de ese arte orillero que blinda el perímetro de esta población y sus homólogas de Santiago Sur. Son murales intensos. Pinturas cargadas al rojo, imágenes de jóvenes comunes enfrentados  a carismáticas calaveras como símbolos mortales. Y es que el crimen permea cada esquina de esta y otras poblaciones acaloradas de la capital.

Vendetas y mexicanas, secuestros y matanzas encumbran la historia de estos reductos.

En Lo Ermita acaban de encontrar dos cadáveres de presuntos hinchas futboleros; “la pistolera de Puente Alto”, Caroleyn Alarcón, acaba de ser formalizada por secuestro tras enfrentarse a balazos con la PDI (en 2007 fue investigada por la muerte de dos pandilleros en su jardín); y hace unos días “El Rucio” Arancibia, con quien hice mi primera comunión, confesó ser el autor material del homicidio de uno de sus vecinos, muerto de 19 balazos en un parque de entretención.

La constante lucha contra la delincuencia que abanderó la campaña del actual Mandatario es menos una promesa que el remozado cariz de una política comatosa de los gobiernos precedentes. Mientras más se castiga con el fin de acabar con el delito, éste renace con mayor desenfado.

El problema de fondo radica en la convicción. Y es que el castigo y la vigilancia a la Foucault ya no convence ni a los hacedores del delito ni a los guardianes del orden público.

Para los delincuentes cotidianos de La Legua, por ejemplo, con quienes jugué más de una pichanga en los albores de mi adolescencia, la seguridad que entrega un arma, los réditos de un asalto o el beneficio de una traición, consolidan el orden del lugar en donde nacieron. De alguna manera, otorgan la certeza—por muy malévola que sea en términos morales— de que en el engranaje de este sistema, las tuercas se mueven sin tanto rechinar.

Es el problema. El camino correcto que sería el de la educación y que las políticas públicas majaderamente enseñan en aulas de mala muerte, se reduce a una mera utopía o una simple promesa para estos ghettos sin prospecto.

El que no haya respeto por el sistema se explica simplemente porque éste no funciona para las expectativas de estos soldados. Aquí valen las armas, la violencia y el insulto por ser instrumentos válidos, que movilizan y persuaden a las castas de la élite vulgar.

Y el asunto llega a ser romántico. Conquistado por la convicción del matrero Martín Fierro, quien peleaba en solitario contra una turba de oficiales, el sargento Isidoro Cruz renuncia a su insignia policial para llevar el poncho y el cuchillo de este gaucho arrabalero. Fierro lo explica luego, pues

El que maneja las bolas,

El que sabe echar un pial

O sentarse en un bagual

Sin miedo de que lo baje,

Entre los mesmos salvajes

No puede pasarlo mal

El día en que el sistema convenza, en que el castigo disuada y las pizarras brillen más que la culata de una Glock.40 para el ghetto que las porta, será el primer indicio de una educación de calidad.

Carlos Oliva

Periodista

  1. Ignacia

    Hola Carlos. Entiendo y comparto a lo que apuntas, pero no comparto el modo.

    Si bien sé que te criaron en ese barrio y que lo conoces muchísimo mejor que yo, me da la impresión que esencializas el asunto de la violencia.
    Es decir, que tomas como algo más o menos fijo y estable que el modus operandi de los jóvenes (y no sólo algunos, pareciera) fuera por la vía alternativa. Con esto se estaría obviando que las fuerzas sociales son históricas y cada persona negocia su identidad considerando esto, no sólo una vez sino continuamente a lo largo de su vida.

    Entonces, si comprendemos que no es sólo educación sino un contexto sociopolítico y económico general que ayuda a construir alternativas de convivencia y movilidad, entonces nos damos cuenta que la lógica alternativa puede ser una resistencia.
    De esta forma y de múltiples otras, los pobladores de muchos barrios marginales construyen “agencias”, que de alguna forma socavan esa suerte de determinismo social que se plantea al decir que La Legua ES así.

    Quizás mi comprensión de tu columna difiere de la interpretación que tú le quisiste dar, pero me parece provechoso poder reflexionar sobre esto porque de lo contrario, sin quererlo, contribuimos más a estigmatizar a ciertos barrios.

    Espero tus comentarios, saludos.

    • Colombina

      Super interesante el punto Nacha, ya que no lo había mirado desde esa perspectiva. Si entiendo bien, entonces, a tu juicio, la lógica señalada por Carlos sería UNA alternativa de “resistencia”, ¿pudiendo haber muchas otras?

      ¿Qué opinas Carlos? Me gustaría saber en qué estabas pensando tú a la hora de plantear de esta forma el argumento y qué querías transmitir.

      Saludos!

  2. Sinceramente creo que hay un determinismo como lo señala Nacha, pero también creo que muchos de los pobladores pueden optar (supongo que a eso te refieres con alternativa, ¿no?) por qué camino escoger. Creo que el punto es muy simple (para mí quien vivió más de 20 años en ese lugar): en el caso de los delincuentes, narcos o simples vándalos, estos gallos optaron por este camino simplemente porque les resulta más fácil y cómodo que hacerlo por el de la educación y sus oportunidades. Para esta gente es más fácil de esta forma. ¿Por qué? Porque hay réditos inmediatos que la educación que no logra opacar. Obvio, para quienes fuimos y otros que aún son pobladores, el mentado “salir adelante” suele ser más difícil partiendo por la desventaja de los recursos, pero también es cierto que muchos hemos podido optar por romper el círculo o seguir en la caneca. No sé si eso responde a tu pregunta.

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