Verdeseo

Los lunes sin carne


 

“Los animales son mis amigos… y no me como a mis amigos.”

George Bernard Shaw

El día de mi cumpleaños número 19, sin tener muy claras las razones, pero absolutamente segura de mi decisión, me hice vegetariana. Por esos días estaba estudiando en Escocia, y en el hall estudiantil donde vivía ya entonces se ofrecían siempre dos opciones a la hora de la comida: con carne y sin carne.

Puntarenense como soy, la idea de cambiar el cordero con papas dominical por un pudding de soya con verduras al comienzo me parecía impensable. Partí pidiendo la opción vegetariana primero un día, luego dos, y no me di ni cuenta de cómo llegué a la semana entera. Quizás lo hice por choreza, por ser diferente, por probarme a mí misma si tanto me gustaba el sabor de la sangre manando del bistec a medio cocer. Si me preguntaban por qué no comía carne, respondía que porque no era necesario, pero no tenía muchos argumentos más para ofrecerles a los curiosos. Así me mantuve y, al volver a Chile, persistí en un vegetarianismo medio tramposo (era, en realidad, una “pesceterian”, como se les llama en inglés a quienes comen pescado como única fuente de proteína animal).

Luego, mientras estudiaba filosofía, tuve que hacer un trabajo sobre los derechos (o no) de los animales, y leí el libro Animal Liberation, del filósofo australiano Peter Singer.

Publicado en 1975 y considerado la “biblia” del temprano movimiento animalista, en este libro Singer convertía en razones lo que hasta entonces habían sido intuiciones y tincadas. La única explicación posible de por qué nos sentimos autorizados para hacer sufrir y matar a millones de seres vivos cada año por puro placer culinario, decía, era nuestro prejucio especiecista: la idea de que los humanos somos superiores al resto de la naturaleza y que ésta se encuentra por lo tanto a nuestra disposición y fuera del ámbito moral.

Para Singer, torturar a seres sintientes es un mal moral injustificado. No necesitamos comer carne para vivir –a pesar de lo mucho que intente la industria hacernos creer lo contrario. Y, así como evolucionamos de frugívoros a omnívoros, nada hay escrito en la historia evolutiva que impida que viremos a vegetarianos.

Después de todo –y en esto sí que somos diferentes al resto de los animales– somos los únicos que podemos reflexionar sobre nuestra dieta; un poder inmenso que, hasta ahora, poco hemos ocupado para el bien de los que no tienen la suerte de ser humanos.

Por años ocupé la defensa anti-especiesista de Singer cuando, inevitablemente a la hora de sentarse a la mesa, los otros comensales inquirían mis razones para dejar el plato principal y quedarme con los acompañamientos. Todavía la ocupo, de hecho, pero para todos aquellos a quienes no le convence –ya sea porque los animales les importan poco o nada, o porque realmente sienten que estamos predeterminados a comer bistec–, creo que hay otra poderosa razón para no consumir carne, y es que las granjas industriales son una de las actividades económicas más dañinas para el medio ambiente. En Estados Unidos, son éstas y no las mineras ni las fábricas las principales contaminantes de los cursos de agua. En el mundo entero, el metano emitido por los gases de vacas y ovejas contribuye a un porcentaje mayor de las emisiones totales de carbono atmosférico que toda la industria del transporte en su conjunto.

En cuanto a los pescados, cuando se trata de buscar atún, los buques factorías siguen vaciando los océanos y sacando en sus redes kilométricas delfines, tortugas, lobos de mar y cuanto quede atrapado en ellas, para luego devolverlos muertos al mar. Las salmoneras, en tanto, dejan a su paso ecosistemas marinos arruinados, mientras los salmones prófugos se multiplican y arrasan con la fauna nativa.

“¿Y a mí qué?”, podrá decir más de uno, insensible al dolor animal y a la hecatombe ambiental, y más preocupado del beneficio directo que consumir carne les reporta a los humanos, principalmente en términos de la ingesta proteica. Pues para esta categoría de escéptico tampoco faltan los argumentos.

A pocas semanas de haber nacido nuestro habitante siete mil millones, no hay que haber aprobado Cálculo I para darse cuenta de que, si todos quisiéramos nuestro filete diario, nos harían falta un par de planetas más para criar no sólo los animales requeridos, sino también la soya para alimentarlos.

Hoy, cuando gigantes como Monsanto alaban sus creaciones transgénicas porque  acabarán con el hambre en el mundo, en realidad no mienten: simplemente omiten decir que el hambre que aliviarán será la de vacas, ovejas, pollos y pavos para consumo de los países que puedan pagarlos. Comer carne de granja industrial hoy significa, sin riesgo de exagerar, quitarles su plato de porotos a quienes realmente lo necesitan. En términos de eficiencia, por lo demás, es un negocio que brilla por su irracionalidad.

Por último, si ni siquiera se defiende el consumo de carne para suplir la deficiencia proteica de los pobres del mundo, sino que lo único que importa es proteger la libertad de quienes quieren satisfacer sus antojos de wagyu y foie gras sin remordimientos, queda todavía una razón para –si no eliminar– disminuir su consumo: la salud de cada uno. No me extenderé en este punto, porque los estudios que relacionan la ingesta de proteína animal con cánceres, infartos y colesteroles disparados son tan numerosos que no vale la pena repetirlos. Pero quienes se hacen los sordos con los males que afectan a otros generalmente escuchan atentos cuando los potencialmente dañados son ellos mismos…

Dicho esto, a quienes se sientan persuadidos por algunos de los argumentos arriba expuestos, los invitaría a partir instaurando los lunes sin carne. Este mínimo gesto, multiplicado por miles, ya haría una gran diferencia para los animales, para el medio ambiente, para los más necesitados y para  las arterias propias. En la simple decisión de qué poner al plato ejercemos un poder del que deberíamos hacernos conscientes de una vez por todas.

Alejandra Mancilla,

Periodista y licenciada en filosofía

http://alejandramancilla.wordpress.com

Un Comentario

  1. Pingback: Lunes sin carne « El ojo parcial

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