La puerta chica al costado de La Moneda


El grado de desnutrición de nuestra democracia se ha vuelto insostenible. Los partidos, que en teoría debieran encarnar y conducir las demandas ciudadanas, están recluidos y se devanan infructuosamente en reestablecer el vínculo. La idea de que nuestra institucionalidad no permite mucha varianza y al final todos estamos obligados a volver al redil de las elecciones. A “elegir” entre “elegibles”, lo que ha convertido uno de los pocos actos de deliberación popular disponible en una ritualidad estéril.

Pero esta certeza no debiera dar tranquilidad a quienes, merced a este atajo, se sienten en la testera; carecerán a fin de cuentas del respaldo que les permita hablar por alguien más que ellos mismos. Pero, ¿qué se busca? ¿Será que queremos un Chile sin partidos?¿Representantes elegidos entre un ramillete de independientes carismáticos?

No creo que eso ocurra ni sea la principal preocupación todavía. Hoy, después de mucho tiempo donde primó la indolencia política, los ciudadanos están exigiendo mayor autonomía en las decisiones. La búsqueda de ejercicios democráticos más plenos, sea por vías institucionales o no, se hará sentir cada vez con mayor fuerza. 

Resulta curioso que recién ahora el país haya descubierto que los partidos, los representantes y el gobierno no tienen el patrimonio de la política. De acuerdo a Rodríguez Elizondo, el germen que desencadenó el descontento actual “nace a partir de una negación cuádruple: contra los partidos clientelares, los dirigentes vitalicios, los militantes decorativos y la prensa que reproducía sus juegos”. Así, para los disconformes “el sistema existente representa la negación de la democracia real”. A mi juicio, lo que motiva ese rechazo comienza un poco antes, precisamente con una “prórroga democrática” que terminó por marginar a gran parte de la población. Hoy, los ciudadanos postergados se han vuelto contra quienes, por el “bien del país”, se arrogaron el derecho de preservar su poder, gibarizando el de sus electores.

De acuerdo a Bedham, el problema de legitimidad de los políticos en una democracia representativa como la nuestra no se resuelve con reformas menores al sistema de votación –representación proporcional, votos transferibles y otros. La solución es una cura radical conocida como democracia directa, donde ésta alcanza su máxima expresión deliberativa. Básicamente, a través de  elecciones y referéndum vinculantes el gobierno consulta sobre los más variados temas que afectan a los ciudadanos. Suiza es el caso más exitoso y emblemático, mientras California es el cuco más representativo.

Habiendo soportado tanto tiempo una democracia desnutrida y de baja intensidad, es legítimo que la gran mayoría en Chile quiera votar en forma directa. ¿Quién no espera incidir en la corrección a problemas mayores como la educación, la energía, los recursos naturales, etc? Dejando a un lado la aprensión de nuestros “escoltas” respecto a lo manipulable que puede resultar un referéndum si no está bien institucionalizado, preocupa la urgencia que éstas reformas merecen a ojos de nuestros representantes. Habiendo pasado más de 20 años sin que se derogue el binominal, ¿cuánto puede tardar un cambio constitucional que permita plebiscitos vinculantes, máxime si en un régimen presidencialista significa un menoscabo al poder del parlamento?

Siendo insostenible el grado de marginación de la ciudadanía en las decisiones que les competen, y ante el riesgo de que la presión popular amenace con desbordarse, el gobierno ha entendido que la legitimidad ya no se sostiene por obra y gracia de elecciones cada vez más cuestionadas. Si no están dispuestos todavía a generar espacios deliberativos, al menos han convenido abrir  espacios de participación ciudadana dentro de cauces institucionales.

En Chile, muchas de las políticas de transparencia y participación ciudadana tienen su origen en las pautas del sistema internacional. Dejando a un lado estas sutilezas, aproximarnos una democracia más participativa, donde la capacidad de asociarse y organizarse pueda ejercer una influencia directa en las decisiones públicas, constituye un avance a ser seguido y ejercido en toda su expresión.

De acuerdo a un temprano diagnóstico a la crisis de las democracias publicado en 1983 por El País de España, “a la democracia representativa hay que inyectarle la levadura de la participación popular, porque cuando existe participación real del pueblo en las tareas públicas, la democracia como sistema de convivencia está garantizada”.

La Ley N°20.500 sobre Participación Ciudadana, promulgada en abril del año 2011, tiene alcances insospechados para la mayoría. Además de modificar la Ley Orgánica Constitucional de Bases Generales de la Administración del Estado agregando nuevos artículos, establece que el Estado reconoce a las personas el derecho de participar en sus políticas, planes, programas y acciones. También establece que los órganos de la Administración del Estado deberán establecer consejos de la sociedad civil, de carácter consultivo, conformados de manera diversa, representativa y pluralista.

Este resabio del gobierno ciudadano de Bachelet, que por alguna razón no prosperó el año 2008 (pese a firmarse un instructivo al respecto), vuelve ahora silenciosamente. Mediante un nuevo instructivo presidencial (N°002) se obliga a todos los Ministerios y Servicios Públicos a generar mecanismos de participación ciudadana, a saber: Cuentas Públicas Participativas, Consejos de la Sociedad Civil, Consultas Ciudadanas, Cabildos Ciudadanos, Plataformas Digitales Participativas, Diálogos Participativos, Escuelas de Gestión Pública para Dirigentes Sociales y un Sistema Integral de Información y Atención Ciudadana. Cumpliendo con lo dispuesto, hace unos pocos meses atrás, Ministerios y Servicios Públicos comenzaron a publicar en el diario oficial las resoluciones que ratifican estos mecanismos.

Esta importante ley debe ser ahora refrendada por la acción de los ciudadanos. Oportunidades como estas no se dan tan seguido en nuestro país, y por lo mismo, hay que exigir su total cumplimiento. Mientras esperamos que la posibilidad de una democracia directa despierte del sueño paternalista, no sería malo comenzar a usar la llave que nos permita entrar a Palacio por la puerta que nadie usa ni avisó que estaba abierta.

Nesko Kuzmicic A.

Biólogo Marino

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