La ideología del museo: El esencialismo como síndrome de la inanición Mapuche


El día jueves 5 de Enero, en las cercanías de Carahue, el fuego ardía incansablemente. Se quemaban grandes sectores de bosques nativos y de pinos, terrenos agrícolas y viviendas rurales, generando atroces impactos tanto en la biodiversidad como en las comunidades que  allí habitan.

No voy a discutir el espinoso tema de la responsabilidad institucional y personal, ya mencionado en la columna de Patricio Velasco. Pero me gustaría observar, desde el punto de vista de un wingka, aquella conflictiva relación Mapuche/no Mapuche, que viven en el territorio llamado Chile. Me gustaría observar al “otro”, y la necesidad de asumirlo como tal, sin condenas, sin resentimientos, sin odio y sin prejuicios.

Desde este punto de vista, parecería ilógico inculpar a un grupo social particular y mucho menos a toda una etnia. Menos aun si es que no se ha elaborado una investigación del caso. Cualquiera podría ser culpable: un turista que viajó a la zona y prendió una fogata, un agricultor que practicó una quema de hojas, una empresa forestal que quería cobrar algún seguro, un trabajador que dejó una colilla encendida.

Pero hablemos de lo que nos convoca. Miremos los simbolismos presentes en el incendio forestal de la localidad de Carahue. Inevitablemente, la historia se nos sube a los hombros y se hace patente como un hecho ineludible. Recordamos al Mapuche belicoso y salvaje, lejano e incomprensible. Inevitablemente, los asociamos con un impedimento para el progreso y para llenar aquellas tierras “vacías” del sur. Por eso, cuando la palabra Mapuche asoma en las noticias, el tiempo se detiene, la historia vuelve. El Mapuche se nos muestra, entonces, como una fotografía; una imagen detenida en el tiempo que se vuelve a repetir.

El Mapuche es, por esencia, un concepto fuertemente arraigado en el ADN de cualquier chileno o chilena. Una palabra que, tomada fríamente desde el diccionario, es definida así: “un individuo de un pueblo amerindio, que en la época de la conquista española, habitaba la región central y sur de Chile”[1].Sin embargo, si le damos cuerpo a este concepto,  podemos entenderlo como cargado de una multiplicidad de sensaciones, sentimiento y simbolismos, que vienen anclados en el pasado. Hablamos de una comprensión del otro diferente, de una organización social diferente, que no puede adaptarse e integrarse en nuestra sociedad, porque se ha quedado perdida en la evolución.

Por eso, lo Mapuche debe ser relegado a un segundo plano, ya que se manifiesta como un pensamiento inferior o incompleto, que sólo puede ser respetado, pero jamás integrado. Aquellas formas de organización, aquella comprensión, aquella forma de actuar, no es más que un eslabón del pasado que debiera ser objeto del museo. Es algo que se entiende como un proceso que dejamos atrás en nuestra evolución darwinista.

Entonces, la imagen del Mapuche, más que enorgullecernos en su rol en la sociedad actual, nos enorgullece por lo que fue en el pasado. Por ejemplo, podemos mirar la moneda de 100 pesos, donde aparece una de las imágenes más reveladora, la machi. También podemos mirar otra imagen esclarecedora, la misma machi sentada atrás de un candidato presidencial. La machi, al igual que personajes como Gabriela Mistral o Arturo Prat, o al igual que los afiches donde aparecen figuras como Allende o Guzmán, nos representan un presente simbólico. Generan las bases de un mito; muestran algo extinto y estereotipado, que construimos históricamente a partir de lo que unilateralmente entendemos que son.

Entonces, el pueblo Mapuche se convierte en prisionero de su historia. Para ellos el paso del tiempo se detiene, metiéndose en una sección aislada del museo. Para los wingka, sólo queda representarlos como un otro común. Entregarles una identidad opuesta, dentro de nuestros supuestos. De esta manera, el Mapuche no puede ser comprendido más allá del individuo que vive en comunidad, en zonas rurales, vestido de su traje típico, haciendo sus actividades típicas, pobre y sin educación, hablando sólo Mapudungún y luchando ferozmente por conservar una cultura inamovible y estática. Es por esto que el pueblo Mapuche se extingue. Porque no existe otra posibilidad.

Visto desde otro punto de vista, podemos entender simbólicamente a la realidad Mapuche como absolutamente dinámica. Un documento del Observatorio de Derechos Indígenas, menciona que un 70 u 80% de los Mapuche viven en zonas urbanas, principalmente en la ciudad de Santiago[2]. Además, se ha visto un importante crecimiento de la participación política a través de destacados personajes desde varios puntos de vista, como han sido los casos de Venancio Coñoepan y Aucán Huilcamán, o bien la conformación del partido Wallmapu. También se han desarrollado prósperos comerciantes y empresarios, que incluso han llegado a formar un gremio empresarial. Finalmente, se han creado múltiples medios de comunicación y organizaciones sociales como el MapuExpress que generan opinión y demuestran un dinamismo creciente de la cultura.

Todo lo anterior nos muestra que estamos muy lejos de la visión esencialista del pueblo Mapuche. Como cualquier grupo social, los Mapuche dan para todo. No viven necesariamente en el campo y no tienen que regirse estrictamente por sus tradiciones y su cultura. Más bien, habría que entender que los aspectos culturales y tradicionales son más que nada una base, una forma de partir diferente a la occidental. Y que desde allí puede optar por su propio modelo de desarrollo. Son como dos barcos que navegan hasta un mismo punto fijo, pero que zarpan desde dos puertos distintos. Nadie sabe que puerto está más cerca. Nadie sabe que ruta realmente llegará a destino. Pero si los dos se complementan, tendrán más posibilidades de llegar.

Entender al pueblo Mapuche de forma esencialista los encierra en un círculo sin fin, ya que no podemos comprender la identidad del otro en nuestra sociedad. El Mapuche sólo debe juntarse con otros Mapuche y hacer cosas de Mapuche. Y si quieres llegar a influir en la sociedad, debes ser y comportarte como no Mapuche, olvidarte de tu pasado. No hay cabida para integrar ese relato a los modos y comportamientos de la sociedad occidental, y no hay forma de entender la sociedad occidental dentro de la sociedad Mapuche.

Entonces el rol de nosotros, los wingka se hace más fácil por un lado, y más difícil por otro. Alejarnos de la mirada paternalista y criminalizadora depende en gran medida de que deconstruyamos o redefinamos nuestras categorías, nuestros conceptos. Que abramos nuestra manera de entender el “otro”. Con darle un aire a la evolución distinta de una sociedad, que permita un intercambio entre los elementos positivos de la sociedad chilena/cristiana/occidental/capitalista y la sociedad Mapuche, con el fin de construir una sociedad de diálogo, respeto, autonomía, y fomentar una relación intercultural nueva para el bien de todos y la construcción de una nueva sociedad, más humana y más justa.

Por Francisco Nómez

[1] Definición extraída de página web de la RAE.
[2] Bello, A. 2002. Migración, identidad y comunidad Mapuche en Chile: entre utopismos y realidades. Asuntos Indígenas, Nº 3-4, (2002),Copenhague, IWGIA, pp. 40-47.

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