Verdeseo

Teatro y energía


El Festival de Teatro Santiago a Mil es, en mi opinión, el panorama más entretenido que tiene el verano santiaguino. Además de democratizar el acceso al teatro desarrollándolo en el espacio público, en sus años de trayectoria se ha transformado en una importante vitrina para los artistas nacionales. Para este año 2012, en su décimo séptima versión, me entusiasmé con su obra estelar: Los Náufragos de la Loca Esperanza, producción del Théâtre du Soleil de París (Francia), dirigida por Ariane Mnouchkine.

En breve, Los Náufragos de la Loca Esperanza relata una historia que mezcla el desarrollo de la cinematografía en Europa con los deseos de construir una sociedad fraterna, justa y equitativa en la Francia de 1915. La película, que con efectos mágicos filman los personajes durante la obra, trata sobre el colonialismo y un naufragio en Tierra del Fuego; así como sobre la constatación de que la sociedad que desean construir debe serlo en un lugar donde sea posible empezar desde cero. He ahí la importancia de hacer tábula rasa con el objeto de encontrar un lugar que no esté corrupto por el poder y la ambición humanas.

Es en este punto en donde comienza la reflexión que la obra de teatro francesa nos invita a realizar a partir de la situación que estamos viviendo en Chile en términos institucionales y ambientales. En primer lugar, el tema de la tabula rasa es un argumento conocido aquí en Chile para socavar los intentos de modificar ostensiblemente las amarras institucionales que tenemos. Así pareciera que instituciones como el binominal o el sistema de educación, son acuerdos heredados de gobiernos anteriores, ante los cuales “nadie hizo nada antes”. Por lo tanto, lo ideal para la comodidad de algunos políticos sería decir “nadie ha sido capaz de cambiarlo en todos estos años y por lo mismo difícil es modificarlo en el contexto actual”. En un reportaje actual a Joaquín Lavín en el diario El Mercurio, el actual Ministro de Desarrollo Social sostiene: “El binominal tiene el gran punto de la estabilidad. El Chile de las grandes coaliciones, moderadas, que tienden hacia el centro y que le dan estabilidad al país. Ése ha sido el sello del Chile de los últimos 20 años y ese sello no se puede perder. Volver a un sistema totalmente proporcional no sería deseable, pero por supuesto que dentro de eso siempre hay opciones y alternativas”. Siento que con este pensamiento se tiende a terminar en la responsabilización de los actores o gobiernos pasados, más que en un cambio profundo que asuma los costos económicos y también políticos de hacerlo. Esto se traduce, por ejemplo, en que muchos políticos se sienten satisfechos realizando solo cambios cosméticos ante las demandas ciudadanas, ya que sería necesario estar en otra sociedad, con otros partidos y nuevos actores políticos para que los cambios reales fueran posibles; pero claro, empezando desde cero.

Sin embargo, no solo la educación y el sistema electoral están siendo superficialmente remodelados; arreglos cosméticos también está sufriendo la negociación de la matriz eléctrica chilena. Luego de que miles de personas hayan salido a la calle a manifestarse contra las decisiones que se tomaron el 2011 en materia energética, y se articulara una comisión de investigación y proposición paralela a la designada por el gobierno –que dicho sea de paso tenía sobrerrepresentados los intereses empresariales–, hace un par de días el Presidente Sebastián Piñera declaró cuáles son los lineamientos del plan estratégico de energía para los próximos veinte años. Entre ellos se encuentra el apoyo a los mega proyectos hidroeléctricos en la Patagonia y la agilización de la construcción de la “carretera eléctrica”, la apertura a la energía nuclear y la utilización del carbón como materia prima para la generación eléctrica –guardando ciertos estándares ambientales. Pero no todo es negro, se mencionan además otros proyectos más esperanzadores (aunque un poco contradictorios con las primeras propuestas), tales como la mayor eficiencia energética, más apoyo a la generación de ERNC y una mejor institucionalidad ambiental.

Así, grosso modo, esta declaración reafirmó el apoyo a los proyectos hidroeléctricos en la Patagonia pese a las irregularidades investigadas por una comisión en la Cámara de Diputados en el Congreso y los atrasos del proyecto. Con esto, las repercusiones que algunos medios de prensa escrita cubrieron respecto a la declaración presidencial enfatizan la confianza empresarial hacia nuestro Presidente, quien al igual que un naufragio, está a punto de tirar por la borda el sentir ciudadano. Como lo dijo el Mandatario, la idea es aprovechar los “dones” que se le dieron a Chile para la generación eléctrica, aumentando el aporte de las fuentes hídricas a la matriz, pero realizando las medidas compensatorias y las mitigaciones necesarias para seguir desarrollando turísticamente la Patagonia. Sin embargo, pareciera que una Patagonia turística y la vez hidroeléctrica así como se presentó no es del todo compatible; a raíz del desastre de los cisnes de cuello negro en Ralco, ya sabemos que los planes de mitigación nunca son suficientes para preservar nuestro patrimonio natural.

Las declaraciones y repercusiones mediáticas que ha tenido la temática eléctrica este comienzo de año, junto con el argumento de la inamovilidad institucional de la tabula rasa, me hacen pensar que seguimos situados en una época previa a las guerras mundiales, al igual que los personajes de la obra, como si la historia y la interconexión mundial de los avances y reflexiones transatlánticas a lo largo del siglo no nos tocaran ni si quiera tangencialmente en este rincón del mundo.

Para ilustrar esta idea, quiero servirme de dos analogías que retratan Los Náufragos de la Loca Esperanza acerca de la época en que viven. Primero, seguimos siendo un país deslumbrado con la idea de progreso científico e industrial, que es capaz de conseguirlo todo a toda costa, transformando en este caso un interés empresarial en un objetivo país. De otra manera, ¿cómo es posible entender que será el Gobierno quien buscará “agilizar” la construcción de la carretera eléctrica facilitando las expropiaciones de terrenos, principal impedimento para el desarrollo de las hidroeléctricas en la Patagonia?

Segundo, tenemos una política de crecimiento que se fundamenta en la idea de dominación de una naturaleza aparentemente salvaje y distante. La naturaleza ahora está en la Patagonia, como también lo ha estado en el desierto mineral; en el fin del mundo, o donde nadie la ve. Inclusive desde una perspectiva conservadora, la naturaleza no es ajena al hombre, sino que es condición de su existencia. ¿Por qué entonces intentar “dominar” nuestros ríos como si fueran un don supernatural entregado a Chile para explotarlo económicamente con absoluta discreción y socavar la fuente que permite la existencia y desarrollo de una proporción importante de compatriotas?

A la luz de los tiempos actuales, y con los avances que se están logrando en materia de Tribunales Ambientales y generación eléctrica distribuida, es innecesario atentar con nuestro patrimonio natural para el logro de mayores niveles de bienestar y desarrollo de los habitantes chilenos. Esta reflexión no pretende defender las ideas conservacionistas de algunos, según las cuales lo mejor es “no tocar nada” y de paso tampoco crecer. El argumento es que es posible compatibilizar crecimiento, desarrollo y conservación del patrimonio natural, si es que las estrategias que se desarrollan son armónicas, localmente fundadas, y sobre todo, si es que se opta primero por la prevención de consecuencias y no la mitigación de éstas.

En un país como el nuestro en donde constantemente aspiramos a ser como los “países desarrollados”, quizás un buen comienzo para lograrlo sea considerar los avances y tecnologías que han construido en materia ambiental el último siglo, imitando las buenas prácticas y aumentando la transferencia tecnológica, en vez de quedarnos pegados en la época que retratan Los Náufagos de la Loca Esperanza y sufrir las mismas consecuencias. Como en la obra de teatro, no nos vaya a pasar que nuestra inexplicable ambición por el crecimiento económico (o el oro en su caso) nos  quedemos sin lo que en realidad queremos.

                                                                                                                                                             M. Ignacia Arteaga

                                                                                                                                                             Socióloga UC

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